La máquina se detiene y su motor principal deja
de funcionar, y ya no tiene vuelta ni remedio. Es la vida que se acaba así, en
un segundo, en el más breve de los
instantes, en esa hora que jamás queremos “vivir”, pero que es un alto para la agitada vida que nos ha tocado
vivir, y el inicio del camino a la paz más
profunda que tiene la existencia humana, ese descanso que llamamos la
eternidad, y que ya no podremos superar, pues se nos acaban las sonrisas, las preocupaciones, las tristezas y todos los
proyectos de vida y aquello que nos consumía el día, sencillamente se acaba
y en un segundo, casi sin darnos ni
cuenta, ya no podremos seguir en este camino, porque el día y la hora, solo
Dios lo sabe, y nos sorprende en el momento menos pensado.
Hablamos con nostalgias y tristezas
contenidas en la partida de los amigos.
Recordamos a los que se fueron antes, los que se preparan en medio de sus enfermedades y nos parece que nunca nos
iremos, sobre todo cuando amamos la vida y no queremos nunca enfrentar esos
momentos, aun cuando aquello nos signifique reunirnos con nuestros seres
amados, en ese cielo prometido para los
creyentes en que veremos el rostro de Dios, y estamos inquietos, pues nunca
estamos preparados para esa partida que no nos gusta pero que es irremediable,
y cuánto tristeza produce el tener que
irnos, y dejar este paraíso llamado
vida, que a pesar de ser muchas veces
ese “valle de lágrimas” que imploramos en La Salve a María en nuestras humildes
oraciones, nos ha regalado amigos
excepcionales, familia, nietos y tanto sabor a la existencia, que no terminamos jamás de gustar de ese encanto por el día a día, sean
malos o buenos y que nos permiten la búsqueda incesante de los recursos
del trabajo para la supervivencia, matizada con el compartir con quienes han
resultado ser los amigos de toda la vida.
Y así enfrentamos hoy la partida de uno de los
nuestros, el que estaba siempre
dispuesto y presto a cooperar, de gran
generosidad y con una predisposición y alegría permanente, que
lo hacen ser el amigo inolvidable de tantos y que está en este minuto metido en nuestras almas y conciencia, pues
así de drástica es la vida, y nos cuesta tanto
entenderla y no logramos doblegarnos al
destino porque no queremos dejar eso que tanto amamos el universo de personas
que nos quieren y nos aman, nos respetan
y esos son aquellos con quienes hemos
caminado a través de la vida de estudiantes, de trabajadores y con quienes
hemos fomentado el compañerismo y la
amistad por ese casi medio siglo de tiempo y que nos hacen ser eternamente amigos e
inmortales.
Hace algunos días, despedíamos a
Arturo Basadre, el amigo , compañero y estudiante de nuestros días de
juventud, un hombre catalogado por todos
como un líder natural y servicial, con
una hermosa familia con la cual logró descubrir la mayor felicidad, junto a sus
nietos, esposa e hijas.
AllÍ estuvimos compartiendo la Santa
Misa de exequias y rezamos con la fe propia de quienes vivimos
esperanzados en una vida eterna después
de este paso por la vida, para que sea
recibido en los brazos alados de los ángeles que le llevan a la presencia del
Señor.
Y en este lunes 19 de Mayor, siendo
las 18 hrs. se produce ese fulminante malestar que detiene el compás
del corazón, y sin más ni menos, el alma
comienza a trascender y a iniciar el camino
al inicio de esta nueva y desconocida etapa, que no entendemos pero que
es parte de nuestra vida.
No nacemos libres de esa fecha final de la partida, la traemos impregnada en nuestro ser,
y ese día y esa hora, no la conocemos,
solo los que creemos en Dos sabemos que
ese día y esa hora está inscrita en el
libro personal de cada vida,
Nos
sentimos tristes, después de haber reído en nuestro último encuentro
como ex alumnos en esa inolvidable velada “estudiantil”, con gritos y recuerdos.
Estas partidas inesperadas son
tristes en esencia, y afloran a la mente todas esas cosas que juntos
compartimos: la sonrisa, la broma, la alegría, el brindis con el que se sellan los
buenos momentos de la amistad fiel y pura que nos hermana en todo lo que hacemos, el recuerdo de la
labor profesional, ejercida con tanto
interés y entusiasmo, el espíritu de
servicio en los momentos en que alguno necesitó
algún consejo o servicio propio
de su profesión, y estuvo allí presente
sin condición. La sinceridad de sus palabras, y la siempre eterna sonrisa que nos deja para el buen recuerdo de todos los días que
nos puedan quedar, antes de un nuevo reencuentro en esos espacios siderales y
cósmicos que llamamos cielo.
Así te recordamos Jorge Escobar, el “Yuyo”, que nos alegraba esas mañanas de estudiantes
con tus bromas y tu espigada figura y tus cuadernos con que anotabas todo lo que que fuera de interés en esas inolvidables clases. Supimos de tu humor,
de tu espíritu amistoso y eso no quedará en esos involuntarios olvidos.
Rezamos con fe por este paso los que
somos creyentes, y los que no lo son te
abrazan también en esta hora en que
nunca pensamos que fuera tan inmediata, aunque sabíamos de tus debilidades de salud, pero que jamás impidieron ser una gran persona,
trabajador, alegre, y lleno de proyectos
para hacer de tu profesión y vida un constante
servicio a los demás, sea inicialmente en tus labores de maestro educador, o
trabajador incansable de los proyectos propios de tu profesión.
Que
sea el abrazo sincero, o el brindis cariñoso que compartimos
en tantas ocasiones, el mejor homenaje para tu hora de partida. Estaremos
allí, Dios mediante acompañándote, pero también para agradecerte por todo lo
que significó para nosotros tu paso por esta
vida, que cada día que trascurre se aproxima irremediablemente el ciclo final
de cada cual y esperamos alguna tarde reunirnos en ese lugar que creemos y soñamos
para estrecharnos nuevamente que nos unirá para esa eterna vida que nos espera.
Descansa en paz amigo.
Tus amigos y compañeros de ayer ,
hoy y siempre.










