LA CASA
DEL GIGANTE
En esa larga calle Prat, que sube
cercana a la estación hacia la pulpería
de María Elena y se pierde allá en los lejanos páramos cercanos a la piscina,
en una vivienda desocupada, donde algunos años después vivió la familia
Ossandón - Bueno, estuvimos esa tarde de niños jugando en la vereda y tratando de
encaramarnos a las historias que se
escribían entre los fierros enrejados de esas sucias ventanas, entrelazando los dedos por
los cuadrados metálicos que nos servían de apoyo para no caernos, mientras
nuestros pies se tambaleaban desde el ruidoso
y pesado tarro de basuras, puesto al revés, que nos servía de escala para otear al interior y descubrir lo que nos habían dicho los amigos “más
grandes” de la corrida de Luis Acevedo:
Allí dormía un gigante.
Tratando
de mirar lo mejor posible en la
incomodidad de nuestro observatorio, se divisaban claramente las imágenes un
poco fantasmales por el polvo que opacaba el brillo y transparencia de los vidrios, de esas largas y voluminosas
piernas y brazos extensos, que reposaban inertes, acostados por toda esa sala y
parte de las dependencias contiguas, ocupando estrechamente casi toda esa
morada.
De verdad que descubrimos, subidos
sobre el lomo del mal oliente tambor con
orejas que arrastramos bulliciosos desde
el callejón por la vereda, para investigar
el misterioso habitante de esa casa y que era en verdad, un tremendo
gigante.
La ignorancia de encontrarnos con
algo desconocido o sorpresivo, marcaban las preocupaciones del momento y
aceleraban el ritmo de nuestra nerviosa respiración y hablando en voz muy baja, para no despertar
al fantasma dormido, lográbamos con dificultad reconocer en todos los rincones
de la dependencia, ese inmenso gigante
dormilón que permanecía desmembrado en
varias partes ocupando diversas habitaciones.
Su gigantesca cabeza acomodada en
el patio de esa vivienda nos observaba, muy atento, con esos ojos gigantescos que
nos clavaban las pupilas y ya la preocupación se transformaba en un miedo que corría
silencioso y tibio rodando en gotas que se enfriaban rápidamente por la espalda
y que humedecían nuestras frentes nerviosas y empolvadas.
Efectivamente. Allí estaba el
cuerpo y las articulaciones del gigante
que en alguna velada anterior,
miramos un tanto dormidos, tocando el inmenso y descomunal piano en ese
espectáculo único que apreciamos muy poco como niños y que nuestros padres disfrutaron en ese inolvidable clásico universitario de
los alumnos de la U.T.E., y que se desarrolló
en una calurosa noche estival de un mes de febrero del año 1960, (hace
65 años atrás), en el repleto estadio de fútbol de María Elena.
Un hombre gigante que cobraba vida,
y que se articulaba con manos humanas a través de enmarañadas cuerdas, sin tecnología, a pulso, o a “puro ñeque”, y que movía su cabeza y dejaba caer sus pesadas manos sobre el
teclado de ese inmenso piano por donde nos quedamos enredados en las cuerdas misteriosas
que sonaban armoniosas por la bocinas parlantes, en una grabación clara que nos
transportaba en esas mágicas escenas a nuestros propios sueños infantiles.
Tenía yo, seis años de corta vida.
Nunca supe cuál fue la trama
completa, pero el gigante era omnipotente y estaba “vivo”; inmenso como esos fantasmas nocturnos que se
alargaban en las noches del sueño febril permitiéndonos creer que alguna vez
alcanzaríamos su impresionante estatura.
Esa tarde de juegos, de
investigación y curiosidad de niños, subidos en el maloliente tarro basurero,
mirando embelesados por las hendijas de las ventanas y agarrados de los
cuadrados metálicos de las rejas, con nuestras manos y caras sucias de polvo y
sudor, lo sorprendimos durmiendo y cercenado por partes, en esa casa desocupada de la calle Prat y oteábamos con el Nano Gatica, temerosos de
que en cualquier momento el gigante cobrara vida y saliera tras nosotros en franca persecución sin ninguna posibilidad
de ser los vencedores en la desigual afrenta y el pánico entonces se apoderaba de nuestras inquietas e inocentes miradas y los latidos
del corazón de niños se aceleraba en un álgido ritmo involuntario.
Allí vivía el gigante, desarmado
para dormir tranquilo en esas calurosas tardes. Nunca conocimos en detalles su historia y si
bien la vivimos en esa noche de música, de “salnatrones” y de fuegos de
artificio que pintaron de colores y luz la oscuridad del nocturno escenario del
estadio, sólo recuerdo haberme quedado dormido en los brazos de mi padre mirado
las gigantescas manos que tocaban a
golpes suaves el teclado del inmenso piano.
Después de visitarlo furtivamente
y temerosos en su casa de la calle Prat donde pernoctaba esperando ser llevado
a otras oficinas, supe que se llamaba “COCOLICHE”, y nadie me ha explicado bien
hasta hoy su magnífica historia.
Esa casa de la calle Prat N° 46, y
que se perdía a lo lejos pasando por la Pulpería
de María Elena, donde vivió alguna vez el “Cachorrito” Ossandón y su hermana
María, José y Hugo, era, fue y será
siempre en mis recuerdos la “Casa del
Gigante” de la pampa.
(Carlos Garcia Banda. Verano del 2006)
.png)












