miércoles, 25 de febrero de 2026

El ladrón de zapatillas

 

Foto de alguna "Revista de Gimnasia", sólo como "referencia", publicada en la red.

El ladrón de las zapatillas

              No era muy fácil obtener esas zapatillas blancas de lona con una delgada estructura de  goma   que a veces se vendían junto a los zapatos de fútbol, con puentes de suela en la Asociación Social y Deportiva de María Elena o se podían adquirir también en la Pulpería, con vale de distinto “color”  sujeto al nivel laboral y social de  los distintos grupos de trabajadores, y adquirirlas al crédito, descontadas en un par de meses, y que era como lo más habitual de nuestra forma de enfrentar la vida. Incluso la alimentación se favorecía con ese sistema de crédito,  teníamos un stock o “Cta.” familiar, (Pay Roll 15833), acorde a los sueldos de nuestros padres,   para poder gozar de esa franquicia, que de todas maneras era un sistema útil,  para quienes vivían para el trabajo o trabajan para sobrevivir, sin  ninguna otra meta que no fuera educar, y mantenerse en esa lucha incansable que todos alguna vez debimos enfrentar, con mejores herramientas  educacionales o con los entusiasmos por  aprender y  crecer en  tantas áreas técnicas o de servicio en esa escuela del trabajo de la pampa que abrió puertas a  miles de trabajadores ayudándoles a construir sus propios sueños y  a cubrir  con ese bendita virtud del trabajo la sana  pero tan necesaria subsistencia.

              Sin duda que  había sectores  de muchos esfuerzos, con menos ingresos como en  todo orden social,  que trabajaban el doble,  haciendo dos o tres turnos como una forma de  trabajar un sobretiempo que les permitía un mejor pasar,  muchas veces   “vendiendo” las vacaciones, que era también algo normal en la vida de nuestra familia, pues los haberes económicos no alcanzaban y era mejor,  recibir la remuneración del merecido descanso, pero  seguir trabajando porque no recuerdo que hayamos tenido un día de la vida un paseo, un viaje, o conocer alguna ciudad cercana o  disfrutar a nuestro padre  de algunos días de merecido descanso por sus ganadas vacaciones. Si me preguntan, en nuestro caso, la figura del hombre  de la casa era el trabajo, mantener la familia, pero trabajo y trabajo como muchos pampinos que después de la jornada también hacían  sus propias ingresos extras,  peluqueros, carpinteros, y unos pocos de mejor ingresos de taxistas. Por allí teníamos también algunos fotógrafos, comerciantes y hasta “Prestamistas”.

              Quizás vimos evoluciones para entender nuestra realidad, en el caso personal de mi familia al ver de pronto pantalones de faenas y zapatos gruesos y  algún casco por allí en sus inicios  e ir evolucionando en mejores oportunidades, cambiando el buzo por la corbata, y los calamorros por zapatos, pero aun así  trabajo, trabajo y trabajo.

              Mi padre se  mandaba hasta tres  jornadas de trabajo, las 24 horas  en turnos de 8 horas en sus largos viajes de ida y vuelta o de vuelta e ida a Antofagasta, y aunque tenía la ocasión del descanso, lo hacía empleando la mitad de su tiempo y nuevamente  marchaba a  esa legión de muchos padres nuestros  que dedicaban  su vida al templo del trabajo. No es este relato un análisis social, para hablar de los que hacían menos y ganaban más, o los que tenían la suerte de trabajar en áreas de mayor comodidad y menor riesgo, es así el proceso de la industria la que  produce y vende y los trabajadores son parte del sistema no porque sean parte del equipo que lidera casi siempre estas inversiones de gran capital, todo lo contrario, deben  vender su trabajo para la subsistencia humana y ofrecer sus conocimientos y capacidades al mejor “postor”, así es desde los tiempos de la prehistoria. Cazadores con armas y buena puntería abastecían las corrientes alimenticias,  y  desolladores o faeneros diestros en el cuchillo para  cortar, otros para adquirir, otros para vender  y los más para comprar. Un círculo  que no cesa…

              Hoy pienso  los inmensos esfuerzos de  nuestros padres para obtener esos uniformes de  pantalón corto, zapatillas, medias blancas y con esa pinta concurrir a las clases de educación física en el  estadio de básquetbol, donde el profesor Luis Georgudis nos daba esas clases magistrales de  verdadero arte en  el desarrollo de habilidades  que iban en directo beneficio de nuestra salud. Nos preparaba en circuitos que se iniciaban con los pre - calentamientos, los trotes suaves alrededor de la cancha, los ejercicios en movimiento, luego se hacían  en grupos  o competencias rápidas para ver nuestras capacidades y al final nos encantaba un  juego de balones o carreras grupales, para finalizar sudorosos, y felices de  tener esa oportunidad de volcar todas esas energías que se acumulaban en nuestro frágiles cuerpos. .

              Debo decir que en esos cursos, aunque todos vestíamos igual, había también  esas lamentables diferencias que separan a las personas no por su calidad humana sino que siempre hubo esos temas de mejores situaciones económicas de los padres, que en ninguna forma  afectaban a nuestras relaciones de compañeros de curso, pero que había diferencias, las había. De hecho los grupos de amistad a veces se  formaban en torno a barrios  donde se vivía,  a lugares  asociados a las temas sociales de mucha gente, y con tristeza  teníamos también como muestra, un  par de piscinas,  para obreros y otra para empleados, en circunstancias que todos disfrutábamos de la comodidad de los estanques, con la misma agua del rio Loa  y todos  nos orinábamos indistintamente en la una o la otra,  mientras nos zambullíamos por esos mundos  submarinos a ojos abiertos y miradas turbias,  para sentir que estábamos en  un mundo de emociones y alegrías, pero que eran también un conflicto

              Si alguien sorteaba alguna hendija escondida y se pasaba a la piscina de empleados, lueguito se veía al guardián o sereno con un palo para la expulsión de los  extraños, pero no sucedía así cuando alguno de los de acá, se pasaban para allá. Al menos los de allá tenían otro sentido de  la amistad y  nadie se creía dueño del sol del otro,  el sol nos quemaba a todos por igual. Y en ese otro lado se desarrollaban los mejores eventos deportivos de natación y waterpolo y eran escenarios de grandes actividades deportivas con diestros nadadores de allá y de acá, pero siempre latente el tema  de sentirse diferentes de otros,   por situaciones  propias del trabajo. Nos quedó marcado para la vida de los pampinos “Eleninos” en  nuestra niñez el tema conocido de la “cañería”. Los de arriba de la cañería y los de debajo de la cañería. Eso es un tema que no se puede negar y  siempre existió y existirá porque era parte de nuestro ADN,  heredado de esas  situaciones laborales que, miradas desde un punto de vista de servicio, nos igualaban a todos pero que en las remuneraciones nos distanciaban. Nosotros como niños nunca entendimos eso,  no había en nosotros ese estúpido tema, pero que existía. Si.  ¡existía!

              En nuestro curso del 5to “C” ocurrió una tarde de escuela, después de la vuelta de la clase de gimnasia  desde  la cancha al lado del Salón de Baile, que una alumna o alumno, le dijo a la profesora que le habían robado las zapatillas.

              Parece que los dardos y miradas para buscar culpables, siempre apuntaban a los de menos recursos, bastaba con mirar a nuestros compañeros, algunos de extracción muy humilde pero dignos  como todos,  pero éstos eran el blanco del sospechoso favorito,  por que no tenía muy buena pinta, porque sus zapatos no estaban tan lustrados o porque  usaba la camisa más ancha heredada de sus hermanos mayores.  Era cosa de mirar y entender que el ladrón debía estar ubicado en esa clase, de los de abajo, pero más abajo, porque todo lo apuntaba a  esa especie de “bullying” de esos tiempos.

              Así que la profesora, con ese espíritu propio de maestros de vocación que nos miraba a todos  con una mirada auténtica, equilibrada  y cariñosa sin distinción,  nos pidió que por favor la persona que había sacado equivocadamente  las zapatillas del compañero,  a la vuelta del recreo las dejara por allí y nadie diría nada.

               Una especie de acuerdo común para salvar la situación  y no ser parte de algo que estaba  terminantemente prohibido.

              En mi casa, mi mamá nos revisaba los bolsones y cuadernos para las tareas. No aceptaba ni una goma que no fuera la nuestra,  y hasta los lápices se marcaban y vaya que lo pasábamos mal si llegábamos con algo que no fuera nuestro. En caso de error involuntario, teníamos la opción de devolver, en otro caso no había forma de remediar.

              De modo que los dardos apuntaron injustamente al más humilde del curso,  el que  siendo  parte de una numerosa familia, quizás el último de seis o siete hermanos, lo vestían con lo que quedaba de los otros mayores, y era muy notorio  aunque en el cariño, la limpieza y el esmero de mamá se reflejaba en su pulcra higiene y vestimenta, quizás las telas más raídas, pero limpias, y así Carlitos, el que parecía ser el más  humilde del curso,  fue sindicado como el ladrón  de las zapatillas.

              No se si deba decirlo, pero mi inclinación siempre fue el tratar de ser un hombre justo, sin ser santo,  y  supe desde un primer instante que nuestro compañero nada tenía que ver  con ese hecho delictual de robarse un par de zapatillas.

              En algunas oportunidades, después de jugar por el “Tocopilla”, habíamos ido a casa de nuestro compañero, donde su madre, abnegada y dulce,  dedicaba todos sus tiempos a dar lo mejor de sí para su familia. Tenía la virtud de tener una “mano buena” para plantar  y sembrar en el  reducido espacio exterior del callejón de su vivienda y algunos arbolitos le daban encanto y sombra a su propio vergel y bajo la sombra de los altos pimientos criaba  entusiasmada sus aves de corral,  con lo que  siempre tenía huevos frescos para sus niños y algunos para la venta, cuando las gallinas ponedoras  agradecidas cacareaban disfrutando de  las pisadas  enamoradas del “Gallo” colorado.

              Pero en esos cursos de alumnos pampinos, había también de todas las  condiciones habidas y por haber y algunos tenía esas malas costumbres,  heredadas quizás de un padre ausente o  aconsejados por otros “malandras” que siempre hay en todo orden de cosas.

              Uno de los alumnos populares, de esos que tienen liderazgo y que le decían el “Chico”, y que era famoso por amedrentarnos y aplicar violencia y/o golpes  para dar  solución rápida a los problemas o mantenernos asustados y amenazados todo el día con encontrarnos en   el ruedo del “circo romano” atrás de la escuela a combo limpio,   acusó directamente a Carlitos y dijo a la profesora   después de una larga y tediosa espera e infructuosa búsqueda de las zapatillas y transcurridos ya de un par de recreos sin que  nada ocurriera por  el tema de  que aparecieran las especies sustraídas:

-          ¡Señorita! yo “vi” al ladrón de zapatillas y se “dónde”  están escondidas.

              No quiero  sufrir nuevamente esa dolorosa sensación de injusticia  producida en ese ambiente  de acusados e inocentes, la profesora fue delicada en no apuntar a nadie en especial solo darnos la oportunidad de enmendar ese error de niño.

              Entonces la Maestra “Mechana”, dulce como una madre, comisionó al “Chico” acusador y  famoso, que  en verdad no tenía nada de chico,  y dos o tres más como ministros de fe,  para concurrir al lugar del  escondrijo de las zapatillas, siendo el supuesto culpable,   ignorante de esa maniobra  certera y segura que solo conocía el verdadero autor de los hechos.

              Abajo del escenario de la escuela, al que  llamábamos el “proscenio”, donde se hacían los mejores actos matinales o celebración de las efemérides  de los lunes, con concursos, poesías, cantos, competencias  de leguaje y  actividades artísticas, tenía esa especie de subterráneo  para las niños, muy  oscuro,  propicio para la aventura, escondite  perfecto, y  como la oscuridad reinaba en todos esos rincones, era un lugar favorito para  buscar o esconder tesoros.  

              Nos metimos entonces en esa puerta estrecha y pequeña debajo del escenario del colegio,  entre cañerías  y válvulas que  alimentaban los baños de ambos lados  atrás del escenario, donde  nunca nadie se atrevía a meterse por temor a los insectos o  quizás a las ratas y entonces el “líder” ocasional y acusador se dirigió rápidamente al lugar preciso donde estaban aun envueltas en bolsa de papel, las zapatillas, siendo  esa la mejor muestra de que el único que sabía su exacta ubicación era el mismo ladrón, pues el mismo las había escondido allí.

              Eso era tremendamente notorio,  a primera vista, por la expresión de  sentirse el  descubridor,  por el sudor, por la mirada  oscura tan propia de la mentira, y corriendo hacia la sala como un héroe vociferante el mal “chico” que lideraba la carrera donde nos esperaba la profesora, para mostrarle el resultado de su exhaustiva investigación y  hallazgo del cuerpo del delito.

              El curso guardó silencio, el  supuesto culpable, que nunca supo que era el sospechoso porque nadie lo acusó directamente y porque la profesora mantuvo los límites controlados,   se mantuvo como todos los alumnos de la sala, sereno,  con el alma en paz,  con la conciencia tranquila, pero todas las miradas que se cruzaron entre nosotros apuntaban  en ese gesto de cabeza y movimiento que él era el culpable.

              Al terminar la clase de ese día,  acompañé a Carlitos  camino a la salida de la escuela, donde cada cual tomaba sus rumbos, ambos  por las callejuelas de “abajo”, y muy pocos por las calles y avenidas de “arriba”. Conversamos del partido de fútbol del  domingo entre el “Tocopilla”,  con el DT. Carlos Navia, que se enfrentaría al poderoso “Cóndor”.         Caminábamos  normales sin tocar el tema,  y en esa demostración de confianzas propias de la amistad de niños,   me dijo secretamente:

-          “Yo vi al “Chico” robarse las zapatillas, pues me quedé en el recreo  en el depósito de tizas,  y  lo vi dirigirse hasta abajo del escenario”.

              El “Chico” era líder, matón, el choro del curso, el que lideraba esas incipientes y pequeñas “mafias” de niños que veían en él al bandolero de las películas de cowboy que nos daban en el teatro de María Elena. Atreverse a cruzar ese camino,  y llevarle la contra para enfrentarse a sus seguras palizas, era ya una muestra de cuidadosa valentía y de prudencia extrema.

              La profesora nunca supo la verdad por mi absoluta lealtad a mi amigo, pero quizás y más que ello,  por una inocente cobardía. 

                

miércoles, 11 de febrero de 2026

UN GRAN REGALO DE VIDA....


UN GRAN REGALO  DE VIDA

¡¡Que regalo de vida fue Don Ernesto Olivares para los pampinos!!

              Esta crónica sencilla, de  quien es iletrado y que no tiene ningún mérito para “creerse”  recopilador de historias, está escrita con la pluma del alma, con ese sentimiento que fluye desde los torrentes de las cansadas venas que aun irrigan sangre de vida el cuerpo, y que conectan las memorias acumuladas en la mente con los más bellos recuerdos de nuestra infancia pampina en nuestro mejor paraíso terrenal: “ María Elena”, y que solo entienden los que vivieron allí o los que fueron hijos adoptivos de esa “Madre del Salitre”, que acogió a tantos miles de personas,  pasajeras o estables, circunstanciales o momentáneas, pero que lograron, venciendo primeramente las adaptaciones naturales del cuerpo y la mente   del duro clima desértico e inhóspito de la zona, integrarse luego a esas calles eternas de veredas polvorientas y escenarios del desierto, donde el  trabajo fue la perenne preocupación de nuestros padres, y donde sus habitantes, al superar los duros obstáculos iniciales de la adaptación inicial, lograron vencerse asimismo    y  sentirse definitivamente pampinos, hijos del rigor,  del  sacrificio y de las eternas alegrías que nos acompañaron, dejando bajo esa capa de la paz, algunas inesperadas o dolorosas y hasta olvidadas tristezas.

              En mis recuerdos de niño, en esas  noches de convulsiones y altos estados febriles, cuando mi padre rezaba el Santo Rosario, aferrado como única esperanza ante la imagen de la Virgen de Lourdes de nuestra cómoda cajonera pampina fabricada en la carpintería, y porque no sabía hacer otra cosas que no fuera rezar  aparte de conducir, mi madre como todas las heroínas que fueron nuestras madres,  en medio de la cama del pequeño cuarto,  afirmaba con fuerza y entereza mis saltos y tercianas convulsivas originados por la alta fiebre que consumía mi cuerpo de niño enfermo, y entonces surgía la llamada no equivocada y esperanzadora de:

              - Hay que llamar a Don Ernesto al hospital,  y atravesando mi padre las calles aledañas, desde el pasaje Orella, conseguir el  único fono del barrio disponible y solo para emergencias, para que en  pocos minutos, llegara  el furgón blanco ambulancia del Hospital, y ya mi cuerpo que solo veía sombras alargadas y  estériles en esa oscuridad que vi en muchas noches de alta fiebre cercano a la muerte,  oía la voz lejana del “ángel de blanco” que llegaba con su cajita plateada con elementos de inyecciones,  para indicar después del tacto en la frente cubierta de papas con sal, para mitigar el calor corporal, y de inmediato recetaba escueto:

              - ¡Penicilina! urgente.

              Volteado con las nalgas al aire entregado al fondo de las sábanas tibias y húmedas de sudor, la mano ágil y silenciosa del ángel de blanco,   inoculaba el medicamento salvador con delicadeza extrema, y antes de  asegurarse la limpieza de la zona con alcohol puro, rotando en círculos alrededor del lugar de la inyección, una pequeña gaza con tela adhesiva, de esa que se pegaba  profundamente y que hasta en las semanas siguientes y ya recuperado,  aún se adhería con fuerza a la zona afectada, hablaba  entonces el ángel de blanco y recomendaba:

              -Mucho líquido, cama y reposo….

              Y se retiraba, con su serenidad de enviado de Dios, con su traje elegante y  albo de “Practicante”, con su caja y enseres brillantes con color de plata, y  sus zapatones pulcramente blancos se desplazaban con paso seguro por el piso de madera de la salita de entrada, hasta alcanzar el asiento delantero de la ambulancia y retirarse  a un nuevo llamado en esas largas y tediosas tareas diurnas y/o nocturnas de esos servidores de la salud de nuestros hospitales pampinos, en los que entregaban todo su servicio, vocación y  experiencia, no solamente nuestro querido Señor Ernesto Olivares, sino los  recordados practicantes de entonces como los Sres. Soria, Mercado, Félix Ovalle y tantos otros,  y que tenían  casi título de “médicos del pueblo”,  pues se manejaban con gran conocimiento en todos los diagnósticos que su trabajo les enseñaba en esa “Universidad de la vida”  con tantos enfermos afectados, tratados y sanados  cada día.

              Hoy fue un día de esos en que las lágrimas se acumulan en el corazón y  afloran como ríos incontenibles de tristezas, porque  esto que les cuento, ya es un rica historia de un gran tiempo  transcurrido y aproximado a más de sesenta y cinco años, y aunque la mente guardó el recuerdo, y los tiempos se fueron cabalgando en los llanos de la vida de cada cual, quizá el injusto olvido o preocupación, nos nubló  en tener la oportunidad de reconocer  esos actos heroicos de los practicantes pampinos de ayer y entre ellos el inolvidable Ernestito Olivares.

              Don Ernesto hizo una vida ejemplar de familia  junto a su esposa y sus hijos Ernesto Alejandro  y Rosita Ema,  que fueron su mayor preocupación y orgullo en esos tiempos. Siempre educados, brillantes,  acicalados y con ese amor inconfundible de padres preocupados por sus pequeños. Vimos parte de su evolución y desarrollo, siempre  respetuosos y educados. La mejor "herencia" de sus padres.

              Guardamos de él los mejores recuerdos, su caballerosidad como herramienta  de respeto, su  abnegación como resultado de su vocación de servir en su trabajo, su seriedad  en el sentido de transformar su experiencia en acertados diagnósticos, avalados siempre por ese equipo de médicos que confiaban plenamente en sus capacidades, su generosidad, ejemplo de paternidad, esposo  ejemplar; un hombre dedicado  a su familia en forma integral y  a quien fue el gran amor de su vida su amada esposa, que partió antes al encuentro con el Padre y que él acompañó en estos noventa y nueve largos años de vida, rodeado del amor de sus hijos, sus nietos, sus bisnietos y todos los que hacen  de  este excepcional grupo familiar una red que se extiende  desde un tronco único de origen y que lleva impregnado en sus propias personalidades, las bondades, generosidad y alma pampina de todos quienes surgieron de ese tronco de los Olivares – Contreras y todos quienes siguen  esa tradición de unión, hermandad unidos por esas raíces que se extienden como ramas con incontables familias, pero que todas ellas se unen en los mismos valores impregnados por el “patriarca”  honesto,  servicial y  comprometido que fue don Ernesto Olivares. No en vano la Ilustre Municipalidad de María Elena, a  través de su Alcalde Sr. Norambuena, le reconociera ese amor de todas las familias pampinas que conocieron a Don Ernesto, otorgándole el no menos preciado titulo de  “HIJO ILUSTRE DE MARIA ELENA”, lo que llena de orgullo a los cientos de hogares y miles de personas que alguna vez se vieron favorecidos por el trabajo honesto y servicial del Don Ernesto, el sencillo “Practicante”, el hombre que vestía de blanco como ángel, pulcro,  sin mancha , y que entregaba toda su bondad y sabiduría a padres e  hijos de los pampinos de ayer,  que confiaron en sus manos, en su amor y en ese  servicio  no exento de cansancios o sinsabores y de dolores que son parte de nuestra naturaleza humana pero que se superan con compromiso y decisión de servir.

              Rogamos a través de estas sencillas palabras al Señor de las Alturas, un eterno descanso por su alma, la que estará  unida desde hoy a su  amada esposa en ese lugar en que alguna vez nos estrecharemos como hermanos y amigos pampinos de toda la vida.

               Hoy en la despedida su nieta Rossina Mena, nos  calmaba las tristezas con esa canción que gustó y bailó tanta veces Don  Ernesto con su amada esposa y hasta con sus nietas y familia y que  hoy  junto a las notas inolvidables del  “Trio Los Panchos”,  se mezclaron en nuestros abrazos, en nuestra piel, en nuestras manos unidad a su espíritu,  en nuestra lágrimas salobres pero dulces del homenaje y en todo lo que logramos vivir  en su despedida tan íntima, tan sobria, sencilla, pero llena de cariño y de muestras de  agradecimiento y valor por su vida y por todo lo que nos regaló de su personalidad para con todos nosotros, por lo que solamente pudimos decirle: ¡Don Ernesto: Gracias por todo!

              Los pampinos somos  así, sencillos, llenos de sentimientos, expresamos lo que sentimos, nos hermanamos en el dolor, nos unimos en la desgracia, lloramos en las tristes y obligadas ausencias y nos alegramos en los momentos que la vida nos ofrece esta posibilidad de compartir nuestro sentir con las personas que son  la continuidad de esa verdadera elite de los “Olivares”, que seguirán brillando porque son gente de bien, de valores, de crianza sacrificada y lleno de esa herencia de amor y servicio que le legaron quienes dieron origen a esa familia pampina inolvidable y que hoy despedimos  convencidos que estará siempre en nuestros corazones y recuerdos.

 

              En el corolario final, entonamos en el silencio de nuestras almas su canción, la que fue su favorita y la que  le acompañará y nos acompañará en lo que nos queda de vida en este mundo……

 

Sin ti

No podré vivir jamás

Y pensar que nunca más

Estarás junto a mí

Sin ti

Que me puede ya importar

Si lo que me hace llorar

Está lejos de aquí

Sin ti

No hay clemencia en mi dolor

La esperanza de mi amor

Te la lleves por fin

Sin ti

Es inútil vivir

Como inútil será

El quererte olvidar

Sin ti

No podré vivir jamás

Y pensar que nunca más

Estarás junto a mí

Sin ti

Que me puede ya importar

Si lo que me hace llorar

Está lejos de aquí

Sin ti

No hay clemencia en mi dolor

La esperanza de mi amor

Te la lleves por fin

Sin ti

Es inútil vivir

Como inútil será

El quererte olvidar

 Descanse en paz Don Ernesto Olivares junto a su amada esposa Mignaloy Contreras Castillo.



 

 

viernes, 6 de febrero de 2026

LA CASA DEL GIGANTE

7

LA CASA DEL GIGANTE

              En esa larga calle Prat, que sube cercana a la estación  hacia la pulpería de María Elena y se pierde allá en los lejanos páramos cercanos a la piscina, en una vivienda desocupada, donde algunos años después vivió la familia Ossandón - Bueno,   estuvimos esa tarde  de niños jugando en la vereda y tratando de encaramarnos a las historias que se  escribían entre los fierros enrejados de esas  sucias ventanas, entrelazando los dedos por los cuadrados metálicos que nos servían de apoyo para no caernos, mientras nuestros pies se tambaleaban desde el  ruidoso y pesado tarro de basuras, puesto al revés,  que nos servía de escala para otear  al interior y descubrir  lo que nos habían dicho los amigos “más grandes”  de la corrida de Luis Acevedo: Allí dormía un gigante.

              Tratando de  mirar lo mejor posible en la incomodidad de nuestro observatorio, se divisaban claramente las imágenes un poco fantasmales por el polvo que opacaba el brillo  y transparencia  de los vidrios, de esas largas y voluminosas piernas y brazos extensos, que reposaban inertes, acostados por toda esa sala y parte de las dependencias contiguas, ocupando estrechamente casi toda esa morada.

              De verdad que descubrimos, subidos sobre el lomo del mal oliente  tambor con orejas  que arrastramos bulliciosos desde el callejón por la vereda, para investigar  el misterioso habitante de esa casa y que era en verdad, un tremendo gigante.

              La ignorancia de encontrarnos con algo desconocido o sorpresivo, marcaban las preocupaciones del momento y aceleraban el ritmo de nuestra nerviosa respiración  y hablando en voz muy baja, para no despertar al fantasma dormido, lográbamos con dificultad reconocer en todos los rincones de la dependencia, ese inmenso  gigante dormilón  que permanecía desmembrado en varias partes ocupando diversas habitaciones.

              Su gigantesca cabeza acomodada en el patio de esa vivienda nos observaba, muy atento, con esos ojos gigantescos que nos clavaban las pupilas y ya la preocupación se transformaba en un miedo que corría silencioso y tibio rodando en gotas que se enfriaban rápidamente por la espalda y que humedecían nuestras frentes nerviosas y  empolvadas.

              Efectivamente. Allí estaba el cuerpo y las articulaciones del gigante  que en alguna velada anterior,  miramos un tanto dormidos, tocando el inmenso y descomunal piano en ese espectáculo único que apreciamos muy poco como niños y que nuestros padres disfrutaron  en ese inolvidable clásico universitario de los alumnos de la U.T.E., y que se desarrolló  en una calurosa noche estival de un mes de febrero del año 1960, (hace 65 años atrás), en el repleto estadio de fútbol de María Elena.

              Un hombre gigante que cobraba vida, y que se articulaba con manos humanas a través de enmarañadas cuerdas,  sin tecnología, a pulso, o a  “puro ñeque”, y que movía su cabeza y  dejaba caer sus pesadas manos sobre el teclado de ese inmenso piano por donde nos quedamos enredados en las cuerdas misteriosas que sonaban armoniosas por la bocinas parlantes, en una grabación clara que nos transportaba en esas mágicas escenas a nuestros propios sueños infantiles.

              Tenía yo, seis años de corta vida.

              Nunca supe cuál fue la trama completa, pero el gigante era omnipotente y estaba “vivo”;  inmenso como esos fantasmas nocturnos que se alargaban en las noches del sueño febril  permitiéndonos creer que alguna vez alcanzaríamos su impresionante estatura.

              Esa tarde de juegos, de investigación y curiosidad de niños, subidos en el maloliente tarro basurero, mirando embelesados por las hendijas de las ventanas y agarrados de los cuadrados metálicos de las rejas, con nuestras manos y caras sucias de polvo y sudor, lo sorprendimos durmiendo y cercenado por partes,  en esa casa desocupada de la calle Prat  y oteábamos con el Nano Gatica,  temerosos de  que en cualquier momento el gigante cobrara vida  y saliera tras nosotros  en franca persecución sin ninguna posibilidad de ser los vencedores en la desigual afrenta y el pánico entonces se  apoderaba de nuestras  inquietas e inocentes miradas y los latidos del corazón de niños se aceleraba en un álgido ritmo involuntario.

              Allí vivía el gigante, desarmado para dormir tranquilo en esas calurosas tardes.  Nunca conocimos en detalles su historia y si bien la vivimos en esa noche de música, de “salnatrones” y de fuegos de artificio que pintaron de colores y luz la oscuridad del nocturno escenario del estadio, sólo recuerdo haberme quedado dormido en los brazos de mi padre mirado las gigantescas manos que tocaban  a golpes suaves el teclado del inmenso piano.

              Después de visitarlo furtivamente y temerosos en su casa de la calle Prat donde pernoctaba esperando ser llevado a otras oficinas, supe que se llamaba “COCOLICHE”, y nadie me ha explicado bien hasta hoy su magnífica historia.

              Esa casa de la calle Prat N° 46, y  que se perdía a lo lejos pasando por la Pulpería de María Elena, donde vivió alguna vez el “Cachorrito” Ossandón y su hermana María,  José y Hugo, era, fue y será siempre en mis recuerdos  la “Casa del Gigante” de la pampa.

 (Carlos Garcia Banda. Verano del 2006)






 

              

lunes, 2 de febrero de 2026

UNA TAZA DE TÉ...



Carlos Garcia Banda

Una taza de té…..
A las 5 de la tarde, invierno o verano, a la hora de los "ingleses", no podía, no puede ni debe faltar, obligadamente en la casa de los que fuimos criados en la pampa salitrera, ese té de hojas de Ceylán, aromatizado con "Hierba Luisa", puede ser también con cascaritas de naranja o "Cedrón", o quizás un "palito" de canela, como sea, el sólo pensar, hace que se nos haga "agua la boca" y entonces, después de remojar un rato con el agua hirviendo echada de golpe a la tetera chica, fluye de su pico hacia el tacho, jarro o taza, ese líquido oscuro, con gusto y olor a té "cargado", bien caliente, con hojitas que escapan al filtro de la tetera chica aconchándose en el fondo del recipiente, y comienzas a beber, endulzado o no, con esa quemazón de los frágiles labios que te obligan a algunas impropias expresiones, pero poco a poco nacen de esa lengua ardiente de sabores, la conversa, la larga y armoniosa conversa, el más grato y bello intercambio de palabras, y vienen las historias, los cuentos, lo "pelambres" de los callejones y los remolinos, a invadir esa mesa generosa de pampino acalorado, afectuoso y quizás pobre pero también muy rico, simple y sencillo, y no importa que no haya mucho que comer, el pan tostado o marraqueta fría y "chiclosa" con la infaltable mantequilla, o gotas de aceite y sal, son un deleite para el paladar, y más y más té, y descubres que en esa cultura del té compartido, están las más grandes emociones de la verdadera amistad, y tal vez por eso en nuestras casas, (la gran mayoría) solo vivíamos para el desayuno rápido, un buen almuerzo de granos para las proteínas, y esperar ansiosos la tarde para esa “hora del té”. Solamente el té y más y más té, casi nunca cena, porque en el té estaban los encantos de la vida, los cuentos de la noche, las historias de fantasmas, las soluciones a los problemas pequeños o grandes de la vida.
Yo recuerdo con nostalgias, esas tardes ardientes de calor, cuando tu cuerpo a esa hora bramaba por refrescarse de esa agua cristalina enfriada en esos estanques redondos de hojalatas forrados con arpillera de sacos "paperos" y colocados a la corriente del aire de las ventanas, que conservaban en medio del calor el agua agradable y fría, y al sentarnos sedientos después de la "pichanga" del barrio, junto a la vieja mesa de madera forrada en pegajoso hule, mi mamá nos servía, acalorada como todos, el té y esa bebida humeante, que subía y esparcía sus aromáticos vapores por las pequeñas dependencias del comedor o la cocina, nos quitaba el hambre, la sed, el dolor, la pena o la alegría, y cuántas veces se alargaban las conversas hasta pasarnos de tiempo y ser testigos del nacimiento de la noche, siguiendo nuestros cuentos del té, mirando las estrellas que se encendían en los cielos, con el jarro que se llenaba a cada instante, humedeciendo el ambiente y los rostros, porque allí estaba la magia, el amor, el consuelo, y mientras los carros de la estación "cabalgaban" a toda hora llevando el caliche para la faena o el salitre blanco y granulado como la nieve para el ensacado o el embarque, nosotros volábamos en los sueños por tantas aventuras que también se escribían con la tinta oscura de esas hojas negras del té que llegaba en grandes cajas de madera terciada forradas con papel de aluminio a la pulpería, y que de tanto estrujar para sacarles el jugo, cuando ya no tenían reserva ni color que regalarnos, se vaciaban a los maceteros de tarros o madera de la calle, para terminar su vida útil humedeciendo la poca tierra cultivable de los pequeños y simples jardines, y en sus últimos estertores de vida “te”rrenal, refrescando las raíces ardientes de los pequeños pimientos que comenzaban a crecer esperanzados para tener la oportunidad de cobijarnos alguna vez bajo su sombra. ¡Qué tardes más bellas y que se repiten todos los días y tardes de la vida!!
Cuando llegue la tarde última de mi vida, quiero que se sienten los amigos o los que nunca quisieron serlo, a la mesa del amor y la amistad fraterna a tomar el té. Y sea la misma risa que nos acompañe como cuando ella afloraba en la sonrisas e invadía los ambientes de las pequeñas casas de la oficina salitrera, recorriendo de historias y de cuentos cada rincón y cada centímetro de sales ardientes, con ese brebaje que nunca, pero nunca dejará de ser la mejor compañía, la mejor medicina la más leal de las hojas amigas que se diluyen entre el agua hirviendo y el azúcar, para recordarnos que la vida es corta y simple como el té, pero que cada día, una taza es una nueva historia, un nuevo recuerdo y un recomenzar para vivir cargados de amor por nuestras raíces pampinas, y descubrir que en la simpleza de una sencilla taza de té, está el mejor elixir de la juventud, del amor y de la riqueza, tan necesarias para vivir felices, con lo poco o con lo nada, sin complicaciones, pero disfrutando del trabajo, del crecer, de vivir, de esperar o de morir y nunca dejar de soñar para construir siempre mejores esperanzas, mejores formas de vida y mejores mañanas, con una buena, delicada y ojalá ardiente y azucarada o no pero rica taza o tacho de té.
¡¡Salud pampinos por la vida!!



Juan José Troncoso Jara
Algo parecido a las conversas con un bailable, jurel con tomate y cebolla en terreno, claro que lo tuyo es experiencia de vida amigazo, en todo caso no hay como el te con hierba luisa o canela.
Lorna Terrazas
Me encantó su publicación.. pues ella está llena de recuerdos..de vivencias conjuntamente compartidas..éste fue un viaje en el tiempo..aunque aún cuando nos encontramos entre hermanos..junto a un agradable jarro de té con sabor a yerba luisa todos ahí presente en la mesa..recordamos muchas cosas vividas en nuestra pampa..todo..todo..absolutamente todo lo que redacta..fue así..es un agrado compartir..saludos pampino..
No hay ninguna descripción de la foto disponible.
Veronica Huerta
INOLVIDABLE YO TODAVIA ME TOMO ESE JARRITO DE TECITO
Ana María Velásquez Basay
Aún en casa conservamos esa tradición del técito ya sea con hierba Luisa, Boldo, Cedrón, Canela o miel con limón cuando se está resfriado; bien conversado con la marraqueta o batido comprado en la panadería frente a la plaza del olivar porque es el más parecido al que se comía en nuestra querida pampa.
Inolvidables vivencias han venido a mi memoria gracias a ti Carlitos Garcia Banda.
Maria Rivera
Muy lindos recuerdos de nuestra pampa salitrera
Georgina Pizarro
Nosotros los pampino(as) sabemos lo que es una mesa familiar ...lindos recuerdos porque no decirlo "Nostalgia salitreras "....!!!
Lilian Alfaro Miranda
Ese sabor amargo del te de remojo es algo espectacular, donde vaya tengo que tener mi te de remojo😍😍😍
Silvia Rojas Astudillo
Que buen recuerdo, tal cual. Nos corría la gota de sudor peto el té no podía faltar, y aún lo es. En mi casa no falta el tecito de hoja, generalmente con canela.El té remojado, calentito y reparador. Gracias, por traernos a la memoria todos esos recuerdos de infancia.
Rafael Ramos Psijas
Hermoso escrito, lleno de calidez rememorativa.
Héctor David Ramos Longhurst
Bien Carlitos, excelente recuerdo y reseña de una tradición que permanece en muchos Pampinos de antaño, en mi caso, después de la Matinée mi mamita me daba dinero para pasar a la Pulpería a comprar el mínimo de mortadela y el mínimo de mantequilla para el té, no teníamos frigider, solo una hielera fabricada por mi padre. El té como lo reflejas tan bien en tu escrito, era infaltable y obligado en nuestras familia. Felicitaciones por tan magnífico recuerdo!!! 👍👏🤝😊.
Roxana Peralta
Cómo no recordar esas onces en familia, típico 5 de la tarde, aún se conserva en mi familia (hermano) esa tradición, la vida era tan sencilla, tan simple pero llena de cariño ☕💖
Mario Eduardo Rojas Ly
Muy bonitos recuerdos
Rosa Rodriguez
así es que linda la vida Pampina con sacrificio pero inolvidable
Rosa Rodriguez
Muy bonitos recuerdos
Patricia Ormeño Olivares
Buen relato y redacción, me gustó , felicitaciones!!
Marta Luisa Castillo Castillo
Que lindo relato Carlitos.Nos trae todo el recuerdo de nuestra vida en la pampa. Felicidades.
Evelyn Creus
Es hermosa tu forma de escribir y transmitir sensaciones. Pude oler ese maravilloso té que reúne a la familia. No soy pampina, si nortina de corazón y amo este desierto.
Nora Escobar
Solo los pampinos sabemos de todo eso genial el tecito
MaTeresa Núñez
Hermoso y poético relato nortino
Carmen Gloria Plaza
Que lindo relato, me encanto y me devolvio a esos tiempos de vivir en la pampa, época muy linda, yo creo en todas la gente que vivió en las salitreras, gracias Carlos por hacernos recordar algo tan tipico de allá
Luis Alejandro Vacca Quinteros
CARLOS, EXCELENTE RECUERDO QUE VIVIMOS EN NUESTRA QUERIDA PAMPA. MUY BUEN RELATO PASADO A POLVO DE LOS MOLINOS.
Ximena Garcia
Mi hermano es fabuloso en sus relatos
No sólo al escribir.... donde los paisajes, lugares y acciones las ves en tu mente mientras lo lees.../ ademas, cuando conversa y cuenta las historias ..... ay!
Faltan horas para seguir escuchándolo
Vina Lorena Mattey
Me encanta el té a cualquier hora del día, si no lo tomo me pongo rabiosa jajaja...Si es de hoja con todo lo que nombró sabe espectacular ☕, te quiero mucho mi Carlitos
Irene Troncoso
Magnifico relato, bello....si hasta huelo el aroma exquisito cafe y la fragancia del té...en la mejor compañía...
GIF
Isabel Lopez
Me llegó recordar en nuestras juntas con la familia y disfrutar de muchos recintos ceylan a granel
Mabel Encalada Contreras
Maravilloso relato de la once pampina..💚💚
Rene M Metcalf
Te acordáis “pachacha” cuando mi viejita nos hacía tecito con pan 🥖 con mortadella y mantequilla 🧈 y la conversa duraba por horas por la ventana de la cocina, me acuerdo cuando visitábamos a tu mamá en calle Prat pa’ las onces mi vieja llevaba panecitos de huevo de la panadería Papic en calle Matta. Otros tiempos Carlitos otros tiempos,con tu Papá llevándome a María Elena y la conversa con tu viejo “subiendo” a la Pampa. Un abrazo mi amigo Pampino desde USA!!!
Irene Gpnzalez
Súper! Era la hora de compartir comunicándonos ( algo que ya ha perdido en varios hogares...
Fresia Carvajal
Ese rico tesito que tomamos en mi pampa querida maria elena
Gladys Tapia
Cada taza de té, la hora que sea, es bien venida.... Al menos yo, tomo a cualquier hora. Un saludo desde Ma. Elena.
GIF
Carlina Cabrera Quiroz
Muy bonitos recuerdos y con su tacho de al lado
Diego Pizarro
Muy bonitos recuerdos todavía uso esa tradición de familia Pampina con el te de hojas Saludos un Vergarino de Corazón
El GIF  puede contener Emoji, Wink, Thumbs Up, Good Job, great, cool, nice y excellent
Sandra Veliz Souza
... El detalle esta en las cosas simples de la vida, nuestras tradiciones que no debemos olvidar. Una “tacita de tecito” con cedrón o hierba luisa, preguntaba mi mamita, y así nos criamos, con ese aroma y buen sabor en casa. Gracias amigo por recordar en este hermoso escrito algo tan importante y simple en nuestras vidas ... como una simple tacita de tecito que nos llena de lindos recuerdos.
Ana Maria Garcia
Qué bonito❤️
Rossana Piccolis
Que hermosos recuerdos, como olvidar esas tardes en la pampa, tomando una taza de té con queso de cabrá , cebolla, orégano y aceitunas tan típico de Coya Sur
Rene M Metcalf
Rossana Piccolis SIII!!!me acuerdo de tus onces en Coya Sur cuando Pepe y yo íbamos a verlas me acuerdo de las aceitunas 🫒 que tu mamita nos ofrecía, lindos recuerdos!!!
Yuri Fernandez Jopia
Bellos recuerdos, el te ceylan de calidad.
Ana Maria Garcia
Recordar es vivir
Virginia Cabello Araya
Qué lindos recuerdos, saludos un fuerte abrazo
Mercedes Rodríguez
Bellos recuerdos y que aún tomamos tecito con cedrón I hierba luisa que delicia 🤗😃
Maria Ines Vergara Lizama
Muchas gracias por compartir,ese era verdadero te de cercanía,llegaba en cajones a la pulpería,muy hermosos y nostálgicos recuerdos
Atelia Monardez
K lindos recuerdos me recuerda a mi madre k dentro de simplesa hera una mujer muy umilde y sencilla nunc falto el tecito agranel con su toque de esencias k le aconpañaban al tecito y pan con margarina k linda epoca
Maritza Georgina Aguilera Barraza
Y QUE MAS PUEDO AGREGAR...!!! SOLO QUE SIEMPRE EXTRAÑARE EL RICO TE CON HIERBA LUISA...QUE HACE MUCHO NO DEGUSTO...!!!! INCREIBLES RECUERDOS LLEGARON A MI MENTE...
Erika Salinas Villalobos
Bellos recuerdos
Erika Salinas Villalobos
Muchas gracias por compartir
Monica Contreras
Qué linda hermosa forma de escribir tus vivencias , me transportó a esa etapa de mi niñez, nostalgia de la vida pampina que añoro desde el alma...gracias, soy pampina de corazón
GIF
Maria Del Rosario Figueroa Castillo
Gracis por tus recuerdo me acorde de mi Padre
Myriam Diaz Ovalle
Muy bonitos recuerdos...gracias!!
Olga Rojas
Yo todavia lo hago y cuanfo puedo conseguir en Stgo hierba Luisa recordandi esls tiempos
Estrella Del Carmen Corvalan Flores
Yo no soy pampina pero conocí las salitreras como scaut de la HERNAN TRIZANO y si aprendi a saborear así el te aun lo preparo así y me recuerdo de unos panes de queso de cabrá con cebolla que delicia en maria elena
Elizabeth Muñoz Piljurovich
Me ha encantado que bellos,
recuerdos del tecito a granel.Ese
aroma delicioso cuando abrian esa gran caja entre láminas de platina que protegía ei té en ramas.A mi niñez era mágico .
Isolina Aguirre
Qué hermosa narración del momento más importante para los pampin@s y nortin@s. Gracias chiquillos por hacernos recordar esos bellos, humildes y placenteros instantes.
Cristina Liliana Rojas Retamal
Maravilloso como describe todo,preciosos recuerdos .


Muchas gracias por compartir,ese era verdadero te de cercanía,llegaba en cajones a la pulpería,muy hermosos y nostálgicos recuerdos
Atelia Monardez
K lindos recuerdos me recuerda a mi madre k dentro de simplesa hera una mujer muy umilde y sencilla nunc falto el tecito agranel con su toque de esencias k le aconpañaban al tecito y pan con margarina k linda epoca
Maritza Georgina Aguilera Barraza
Y QUE MAS PUEDO AGREGAR...!!! SOLO QUE SIEMPRE EXTRAÑARE EL RICO TE CON HIERBA LUISA...QUE HACE MUCHO NO DEGUSTO...!!!! INCREIBLES RECUERDOS LLEGARON A MI MENTE...
Erika Salinas Villalobos
Bellos recuerdos
Erika Salinas Villalobos
Muchas gracias por compartir
Monica Contreras
Qué linda hermosa forma de escribir tus vivencias , me transportó a esa etapa de mi niñez, nostalgia de la vida pampina que añoro desde el alma...gracias, soy pampina de corazón
GIF
Maria Del Rosario Figueroa Castillo
Gracis por tus recuerdo me acorde de mi Padre
Myriam Diaz Ovalle
Muy bonitos recuerdos...gracias!!
Olga Rojas
Yo todavia lo hago y cuanfo puedo conseguir en Stgo hierba Luisa recordandi esls tiempos
Estrella Del Carmen Corvalan Flores
Yo no soy pampina pero conocí las salitreras como scaut de la HERNAN TRIZANO y si aprendi a saborear así el te aun lo preparo así y me recuerdo de unos panes de queso de cabrá con cebolla que delicia en maria elena
Elizabeth Muñoz Piljurovich
Me ha encantado que bellos,
recuerdos del tecito a granel.Ese
aroma delicioso cuando abrian esa gran caja entre láminas de platina que protegía ei té en ramas.A mi niñez era mágico .
Isolina Aguirre
Qué hermosa narración del momento más importante para los pampin@s y nortin@s. Gracias chiquillos por hacernos recordar esos bellos, humildes y placenteros instantes.
Cristina Liliana Rojas Retamal
Maravilloso como describe todo,preciosos recuerdos .

El ladrón de zapatillas

  Foto de alguna "Revista de Gimnasia", sólo como "referencia", publicada en la red. El ladrón de las zapatillas      ...