miércoles, 4 de marzo de 2026

Nora Noemi Molina Lopez

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Fotografías de Teresita Rojas, que me recordó  e ilustró de una agradable visita de la Maestra Señora  Nora Molina de Chulack  a María Elena donde compartió un gran encuentro con sus ex alumnos(as).

Nora Noemi Molina Lopez

Estimada Maestra:

              Reciba mis respetos, admiración y cariño, usted fue nuestro mejor modelo de Maestra, y la recordamos siempre como claro   modelo educativo. Todas mis hermanas son y fueron profesoras, (conforme al "modelo"), excepto  una, la Susana, que al igual que mamá, tenían un carácter difícil y de poca empatía y una tema de aprendizaje que le costaba más que a nosotros, por esas naturalezas propias de la vida.

              Algunas tardes mi madre en esas tertulias del té de las cinco en punto, como se acostumbraba en la pampa,  la recordaba  a usted, sin resentimiento, al contrario, con respeto y humildad, pero debo reconocer que nuestra madre tenía un carácter muy fuerte y explosivo, estaba charlando amenamente, llena de dulzura y tierna sonrisa contando sus anécdotas de vida,  y   lueguito cambiaba y sin darnos ni cuenta, nos estaba "cascando" con la "chancla" si no obedecíamos sus duras  y "claras" órdenes.

              (Para ir a la matinée con mi hermana mayor, debíamos cumplir  el “pacto”. Lavar  los platos y servicios del almuerzo (cubiertos), subidos   en una banca para alcanzar  el  depósito del lavaplatos, secar, barrer, trapear el comedor y limpiar la mesa, y  de esa forma, la única existente,  nos  daba los setenta pesos del valor de la entrada para cada uno, aunque mi hermana se sentaba en “sillón” en la platea, pagando el extra con algunas monedas ahorradas,  y yo siempre en esa  línea que dividía el teatro de la mitad hacia abajo en los asientos de madera de la  económica galería. )

              Nos recordaba mi madre en sus recuerdos, en que alguna tarde de su juventud  cuando trataba de lidiar con tareas escolares con  lo "porroncita"  para el estudio de una de mis hermanas,  a quien apodábamos por su carácter  revoltoso e inquieto muy perfectamente identificada entre los niños el barrio como la "Terremoto".

              Los esfuerzos maternales realizados por ella, debían doblegarse con clara muestras de agotamiento  y trataba de ayudarle como podía a cumplir sus tareas escolares, cosa que jamás hizo con nosotros los más mayores, y en ese intento, a veces tarde en la noche le pegaba con goma  "Caimán" y pincel o a veces en nuestras pobrezas con engrudo de harina,  los "monitos" en el cuaderno para cumplir el requerimiento de las tareas por parte  de la exigente, pero noble  Maestra la Sra. Nora de Chulack, y que al igual que las otras maestras, eran de una vocación increíble, generosidad extrema,  pero sus lineamientos y exigencias disciplinarias eran "palabra sagrada" y nadie podría no hacer caso o incumplir las tareas de la escuela.

(Además, y como me comentaba una amiga pampina Teresita Rojas a propósito de este recuerdo, los profesores eran como nuestros segundos padres, y ante el castigo  correctivo  solo recibían apoyo y nunca críticas por sus acciones de disciplina y control que a la larga nos regalaban reglas y normas de corrección para la vida. )

              En una de esas tantas "ayudas solidarias de mamá",  hechas con corazón y sana preocupación y hasta urgencia por la hora de la noche,  y por cierto de irreprochable conducta cuando defiendes con uñas a tus hijos,  le ayudó  "más" de la cuenta a mi hermana, y en esas revisiones de la eximia Maestra, tan correcta, tan pulcra, tan imparcial, puso serenamente en una cálida nota  al margen del cuaderno, la siguiente nota:

               "Un UNO (1)  para la alumna Susana, y un UNO (1) para su mamá",  lo que encendió TROYA en ese hogar "dulce hogar", donde la matriarca mandaba y decidía por todos.

              (Por la memorias que tenemos, sabemos como información extra, que al día siguiente fue a habar directamente con el Director, y como éste no le miraba a la cara mientras ella expresaba su reclamo,  rompió el cuaderno con la nota de la profesora  en esa agitada oficina, arrojando furiosa  las hojas a ese  escritorio lleno de libros y documentos escolares.)

              Producto de esa desagradable, pero quizás justa "nota"  de la Maestra ejemplar,  sacó ese demonio oculto  y poco  inteligente, y hasta  de soberbia extrema oculto en el alegre corazón de mamá,   y en ese instante de arrojar las hojas del cuaderno en la oficina,  "sacó" abruptamente a mi hermana de la Escuela, y como era  "Parada en la Hilacha", la matriculó en la Oficina Vergara, y con ello se echó encima doble preocupación y múltiples tareas extras: levantarse más temprano, llevar a la "niñita" al paradero de las micros en  la plaza y a veces rogar a nuestra vecina amada la profesora Estelvina Inostroza, para que se llevara a nuestra pequeña y  castigada "terremoto" a estudiar a otra localidad,  con la consiguiente sobrecarga de obligaciones, pero con ese sentimiento que nunca es bueno  el del "orgullo extremo", y sin dar su brazo a torcer prefirió el sacrificio que el diálogo.

              Era así mi madre, pero había allí dos mentes fuertes, la suya de Maestra equilibrada y justa, que tenía que lidiar y evaluar con sentido de justicia y equidad,  y la otra,  de mi madre, que nada le habría costado en ese instante acatar y cumplir, y quedarse con el "Uno" bien puesto en el cuaderno y la conciencia, o bien ir a dar  personalmente una "explicación", con la cual se habrían "limado" las asperezas del quehacer docente y estudiantil como parte de esa vida de enseñanza y aprendizaje respectivamente.

              Hoy nos da risa ese recuerdo, mi hermana nunca fue buena estudiante, pero fue una excelente Madre y Abuela; tenía los mismos "genes" de mi madre   la “Doña Yunia", que nunca aprendió, por su  sufrida pobreza de infancia y  su natural poco tino, cuando  había que  decir las cosas no le temblaba la lengua, y actuaba como se le viniera a la cabeza el instante.

              Nosotros no quisimos parecernos a ella, y tratamos aun en estos años de vida, en controlar  nuestras emociones, ser más humildes y aceptar aun cuando no nos guste, las condiciones pedagógicas y exigencias de todo tiempo.

              Mi sacrificada  y esforzada hermana Susana, nunca supo por qué se tuvo que ir   a estudiar a J.F. Vergara asumiendo triples exigencias: levantarse más temprano para no perder la locomoción, dedicarle más tiempo a ella que  a nosotros por las exigencias que en todas partes eran similares, y  preparar bolsones, tareas, y cuadernos  y seguir "pegando” monos con engrudo o goma de pegar "Caimán, que se demoraba una eternidad en secar.

              Eso hoy, es solamente una increíble anécdota familiar, pero mi madre era BANDA  por no decir “MANDA” y golpeaba fuerte el sonoro bombo o la batuta de su agitada orquesta, pero nosotros  éramos más GARCIA, así que  dentro de esas incongruencias humanas,  respetábamos a nuestra profesora Sra. Nora Molina, a quien  nunca olvidaremos, por lo mucho que entregó, por el valor que le dio a la educación, la justa exigencia y su notoria transparencia  que sirvió de modelo para nuestras propias formas de vida y que no  dejamos de recordar.

              Hoy, en este recuerdo de una sana anécdota, de las miles que debió vivir,  le comparto este video con el “Himno” de nuestra amada Escuela. Por allí sale su amado y  distinguido esposo Son Pedo Chulack y al verlo, nos parece sentir su vozarrón grave y elocuente, su claridad en la expresión y dicción, su porte y estatura acorde a un Maestro “Líder”, y  en esos recuerdos también usted, querida Profesora, que  al igual que nuestra maestras  pampinas,  vivirán por siempre en nuestros corazones.

              Un fraterno abrazo estimada y recordada profesora y las excusas desde esa otra dimensión de nuestra amada  madre,  que está en una mejor vida, producto de su amor y entrega a su hogar pero   lidiando aún en esa eternidad con su gran debilidad: Su carácter.

 

https://www.facebook.com/reel/10219187051410111

 

 



jueves, 26 de febrero de 2026

Samuel Bruna Valdivia. (Q.E.P.D.)

Samuel Bruna Valdivia. (Q.E.P.D.)

            Despedimos con la profunda pena de no compartir más nuestras inquietudes folkóricas con el amigo de tantos año Samuel Bruna Valdivia (Q.E.P.D.), a quien el Señor ha llamado recientemente a sus nuevos destinos, noticia que nos dejó perplejos y que fue de un tremendo golpe emocional y de sentimientos de profunda tristeza a su familia y amigos.

            Habíamos compartido desde muy joven en mis inicios  como soldado del “Esmeralda”, cuando formamos el primer Conjunto Folklórico de la Guarnición Militar, el entonces “Conjunto Folklórico Séptimo de Línea”, habiendo contado en ese entonces con su valiosa participación y desinteresada colaboración, en muchos encuentros  artísticos organizados por la I División de Ejército, con  la masiva participación de la familia militar y conjuntos  folklóricos locales invitados que marcaron grandes acontecimientos culturales, efectuados en ese entonces en el gimnasio techado del ex Regimiento de Telecomunicaciones N° 1 “El Loa”, hoy desaparecido por  temas de la construcción habitacional del sector, en esa zona a la entrada Sur de Antofagasta, y  en otros escenarios como lo fueron el Teatro Municipal de Antofagasta y muchas presentaciones en distintos lugares, poblaciones y Juntas de Vecinos  de la ciudad.

            Samuel tenía esa simpleza y sencillez de bailar con una gracia extraordinaria y  propia  en su particular estilo, la cueca de “gañán” como decimos a la cueca campesina, con una gracia y ritmo que llamaban siempre la atención de quienes tenían el gusto de apreciar sus dotes de bailarín,  al cual  él con su actitud le colocaba esa “sal y pimienta”, condimentos de alegría y buen humor  que daban sabor a sus presentaciones, siendo humilde y no buscando jamás  ser el centro de atención pues era su naturaleza sencilla y expresiva,  y  no era posible evitar apreciar sus capacidades y buen humor.

            La familia en general de los “Bruna” son todos artistas de Grupos  folklóricos famosos de la ciudad, todos con grandes condiciones, oriundos de  la pampa,  de la Oficina Pedro de Valdivia,  donde el “patriarca” de los “Bruna” fue un eximio músico formador de muchas bandas locales  que entretenían la cultura pampina en tantas fiestas y reuniones sociales de la época.

             Su hermano Omar, gran cantante e intérprete y un gran profesor de música,  integrante por muchos años del prestigioso grupo “Chañar” que ha dejado para la memoria muchas producciones musicales a cargo de Guido Rivera,  y que tiene también a su haber muchas virtudes de colaborador, cantor y ejecutante de instrumentos de viento.

            En todas estas actividades también está la de participación   en eventos de orden religioso y son todos ellos, una gran familia dedicada a la música    y grandes difusores de lo nuestro,  a quienes guardamos un gran respeto y sincero afecto por todas sus vidas entregadas a la proyección de los valores  nacionales en sus distintos escenarios, en especial la cueca y muchas expresiones musicales y culturales de todo orden que los hacen una familia muy conocida.

            En los momentos que se reúne la familia a despedir a sus deudos con el profundo dolor que significa su ausencia, un homenaje póstumo le brindaron miembros de algunas bandas de bronces en su domicilio, salpicando de emociones esos momentos  difíciles, pero que se ven  disminuidos en dolor y ausencia, por el cariño demostrado por tantos buenos músicos de la ciudad que sí saben y practican fervorosamente el compañerismo, la fe, confianza y solidaridad…

            Quisiéramos expresar nuestros respetos, y brindar un saludo fraterno en medio del dolor, de estas circunstancias tan especiales, para Luz Marina,  Guillermina, el gran Omar,  y en forma especial a Erika, que para suerte nuestra nos unen lazos de vecindad y amistad valiosa y con quien tuvimos el honor de apadrinar a uno de sus hijos pasando  a engrosar y fortalecer los lazos de amistad,  por ese importante acontecimiento espiritual, religioso y sacramental del  Bautismo de uno de sus hijos   Eric.

            Con Samuel nos encontramos en muchas oportunidades,  en todas las cuales siempre fue amable, sonriente  y caballero, un  esforzado hombre de trabajo.

             Alguna mañana de término de su primer recorrido, en su trabajo, como conductor  de colectivos nos encontramos, en su espera de reiniciar sus recorridos, en el punto de inicio y final representado por el sector aledaño al Santuario de Schoenstatt,  donde muchas veces compartimos la grata conversa, los mejores recuerdos y  sus  esperanzas y  su constante preocupación por  trabajar en los meses de septiembre  en esos grupos liderados por grandes cultores para llevar alegría, entretención y proyección de la danza y el canto que nos hace revivir con alegrías  primaveral cada septiembre.

 

Embargados por la tristeza que produjo entre sus más cercanos su inesperada partida, sentimos no haber expresado públicamente el afecto y cariño a Samuel y su familia. Y fueron momentos de mucho dolor  en especial para quienes le amaron y conocieron como padre, esposo,  vecino y amigo.  Tantas expresiones  pronunciadas en medio de las tantas oraciones, hablan de su calidad de hombre de bien, y  se extrañará su presencia alegre y optimista, llena de  bromas y  afectos de su forma de ser entre nosotros por lo que nos sumamos al dolor de su familia y representamos a todos ellos nuestras oraciones de consuelo  para brindarles  un estrecho saludo de paz, por el recuerdo de esta gran  valor  que tuvimos el gusto de acompañar y vivir en estos hermoso años de la vida y que serán inolvidables en nuestros recuerdos.

            Queremos ofrecer nuestras oraciones por su eterno descanso en esta Cuaresma  2026 que estamos  viviendo, para acompañar espiritualmente a la familia, a quienes le amaron y a quienes tuvimos el honor y la alegría de conocer a nuestro inolvidable amigo Samuel Bruna, que desde hoy descansa en paz.

    Nuestros respetos a su esposa, hijas y familia en general, que sabemos que pasarán por una dura etapa de recuerdos y que no será fácil enfrentar si no se toman de la Mano del Señor que les acompañara desde siempre...

Abrazos al cielo…

(Fotografías de su hermana Guillermina Bruna, que  nos permitimos  guardar para este homenaje de recuerdo...)

 





             




 


 

miércoles, 25 de febrero de 2026

El ladrón de zapatillas

 

Foto de alguna "Revista de Gimnasia", sólo como "referencia", publicada en la red.

El ladrón de las zapatillas

              No era muy fácil obtener esas zapatillas blancas de lona con una delgada estructura de  goma   que a veces se vendían junto a los zapatos de fútbol, con puentes de suela en la Asociación Social y Deportiva de María Elena o se podían adquirir también en la Pulpería, con vale de distinto “color”  sujeto al nivel laboral y social de  los distintos grupos de trabajadores, y adquirirlas al crédito, descontadas en un par de meses, y que era como lo más habitual de nuestra forma de enfrentar la vida. Incluso la alimentación se favorecía con ese sistema de crédito,  teníamos un stock o “Cta.” familiar, (Pay Roll 15833), acorde a los sueldos de nuestros padres,   para poder gozar de esa franquicia, que de todas maneras era un sistema útil,  para quienes vivían para el trabajo o trabajan para sobrevivir, sin  ninguna otra meta que no fuera educar, y mantenerse en esa lucha incansable que todos alguna vez debimos enfrentar, con mejores herramientas  educacionales o con los entusiasmos por  aprender y  crecer en  tantas áreas técnicas o de servicio en esa escuela del trabajo de la pampa que abrió puertas a  miles de trabajadores ayudándoles a construir sus propios sueños y  a cubrir  con ese bendita virtud del trabajo la sana  pero tan necesaria subsistencia.

              Sin duda que  había sectores  de muchos esfuerzos, con menos ingresos como en  todo orden social,  que trabajaban el doble,  haciendo dos o tres turnos como una forma de  trabajar un sobretiempo que les permitía un mejor pasar,  muchas veces   “vendiendo” las vacaciones, que era también algo normal en la vida de nuestra familia, pues los haberes económicos no alcanzaban y era mejor,  recibir la remuneración del merecido descanso, pero  seguir trabajando porque no recuerdo que hayamos tenido un día de la vida un paseo, un viaje, o conocer alguna ciudad cercana o  disfrutar a nuestro padre  de algunos días de merecido descanso por sus ganadas vacaciones. Si me preguntan, en nuestro caso, la figura del hombre  de la casa era el trabajo, mantener la familia, pero trabajo y trabajo como muchos pampinos que después de la jornada también hacían  sus propias ingresos extras,  peluqueros, carpinteros, y unos pocos de mejor ingresos de taxistas. Por allí teníamos también algunos fotógrafos, comerciantes y hasta “Prestamistas”.

              Quizás vimos evoluciones para entender nuestra realidad, en el caso personal de mi familia al ver de pronto pantalones de faenas y zapatos gruesos y  algún casco por allí en sus inicios  e ir evolucionando en mejores oportunidades, cambiando el buzo por la corbata, y los calamorros por zapatos, pero aun así  trabajo, trabajo y trabajo.

              Mi padre se  mandaba hasta tres  jornadas de trabajo, las 24 horas  en turnos de 8 horas en sus largos viajes de ida y vuelta o de vuelta e ida a Antofagasta, y aunque tenía la ocasión del descanso, lo hacía empleando la mitad de su tiempo y nuevamente  marchaba a  esa legión de muchos padres nuestros  que dedicaban  su vida al templo del trabajo. No es este relato un análisis social, para hablar de los que hacían menos y ganaban más, o los que tenían la suerte de trabajar en áreas de mayor comodidad y menor riesgo, es así el proceso de la industria la que  produce y vende y los trabajadores son parte del sistema no porque sean parte del equipo que lidera casi siempre estas inversiones de gran capital, todo lo contrario, deben  vender su trabajo para la subsistencia humana y ofrecer sus conocimientos y capacidades al mejor “postor”, así es desde los tiempos de la prehistoria. Cazadores con armas y buena puntería abastecían las corrientes alimenticias,  y  desolladores o faeneros diestros en el cuchillo para  cortar, otros para adquirir, otros para vender  y los más para comprar. Un círculo  que no cesa…

              Hoy pienso  los inmensos esfuerzos de  nuestros padres para obtener esos uniformes de  pantalón corto, zapatillas, medias blancas y con esa pinta concurrir a las clases de educación física en el  estadio de básquetbol, donde el profesor Luis Georgudis nos daba esas clases magistrales de  verdadero arte en  el desarrollo de habilidades  que iban en directo beneficio de nuestra salud. Nos preparaba en circuitos que se iniciaban con los pre - calentamientos, los trotes suaves alrededor de la cancha, los ejercicios en movimiento, luego se hacían  en grupos  o competencias rápidas para ver nuestras capacidades y al final nos encantaba un  juego de balones o carreras grupales, para finalizar sudorosos, y felices de  tener esa oportunidad de volcar todas esas energías que se acumulaban en nuestro frágiles cuerpos. .

              Debo decir que en esos cursos, aunque todos vestíamos igual, había también  esas lamentables diferencias que separan a las personas no por su calidad humana sino que siempre hubo esos temas de mejores situaciones económicas de los padres, que en ninguna forma  afectaban a nuestras relaciones de compañeros de curso, pero que había diferencias, las había. De hecho los grupos de amistad a veces se  formaban en torno a barrios  donde se vivía,  a lugares  asociados a las temas sociales de mucha gente, y con tristeza  teníamos también como muestra, un  par de piscinas,  para obreros y otra para empleados, en circunstancias que todos disfrutábamos de la comodidad de los estanques, con la misma agua del rio Loa  y todos  nos orinábamos indistintamente en la una o la otra,  mientras nos zambullíamos por esos mundos  submarinos a ojos abiertos y miradas turbias,  para sentir que estábamos en  un mundo de emociones y alegrías, pero que eran también un conflicto

              Si alguien sorteaba alguna hendija escondida y se pasaba a la piscina de empleados, lueguito se veía al guardián o sereno con un palo para la expulsión de los  extraños, pero no sucedía así cuando alguno de los de acá, se pasaban para allá. Al menos los de allá tenían otro sentido de  la amistad y  nadie se creía dueño del sol del otro,  el sol nos quemaba a todos por igual. Y en ese otro lado se desarrollaban los mejores eventos deportivos de natación y waterpolo y eran escenarios de grandes actividades deportivas con diestros nadadores de allá y de acá, pero siempre latente el tema  de sentirse diferentes de otros,   por situaciones  propias del trabajo. Nos quedó marcado para la vida de los pampinos “Eleninos” en  nuestra niñez el tema conocido de la “cañería”. Los de arriba de la cañería y los de debajo de la cañería. Eso es un tema que no se puede negar y  siempre existió y existirá porque era parte de nuestro ADN,  heredado de esas  situaciones laborales que, miradas desde un punto de vista de servicio, nos igualaban a todos pero que en las remuneraciones nos distanciaban. Nosotros como niños nunca entendimos eso,  no había en nosotros ese estúpido tema, pero que existía. Si.  ¡existía!

              En nuestro curso del 5to “C” ocurrió una tarde de escuela, después de la vuelta de la clase de gimnasia  desde  la cancha al lado del Salón de Baile, que una alumna o alumno, le dijo a la profesora que le habían robado las zapatillas.

              Parece que los dardos y miradas para buscar culpables, siempre apuntaban a los de menos recursos, bastaba con mirar a nuestros compañeros, algunos de extracción muy humilde pero dignos  como todos,  pero éstos eran el blanco del sospechoso favorito,  por que no tenía muy buena pinta, porque sus zapatos no estaban tan lustrados o porque  usaba la camisa más ancha heredada de sus hermanos mayores.  Era cosa de mirar y entender que el ladrón debía estar ubicado en esa clase, de los de abajo, pero más abajo, porque todo lo apuntaba a  esa especie de “bullying” de esos tiempos.

              Así que la profesora, con ese espíritu propio de maestros de vocación que nos miraba a todos  con una mirada auténtica, equilibrada  y cariñosa sin distinción,  nos pidió que por favor la persona que había sacado equivocadamente  las zapatillas del compañero,  a la vuelta del recreo las dejara por allí y nadie diría nada.

               Una especie de acuerdo común para salvar la situación  y no ser parte de algo que estaba  terminantemente prohibido.

              En mi casa, mi mamá nos revisaba los bolsones y cuadernos para las tareas. No aceptaba ni una goma que no fuera la nuestra,  y hasta los lápices se marcaban y vaya que lo pasábamos mal si llegábamos con algo que no fuera nuestro. En caso de error involuntario, teníamos la opción de devolver, en otro caso no había forma de remediar.

              De modo que los dardos apuntaron injustamente al más humilde del curso,  el que  siendo  parte de una numerosa familia, quizás el último de seis o siete hermanos, lo vestían con lo que quedaba de los otros mayores, y era muy notorio  aunque en el cariño, la limpieza y el esmero de mamá se reflejaba en su pulcra higiene y vestimenta, quizás las telas más raídas, pero limpias, y así Carlitos, el que parecía ser el más  humilde del curso,  fue sindicado como el ladrón  de las zapatillas.

              No se si deba decirlo, pero mi inclinación siempre fue el tratar de ser un hombre justo, sin ser santo,  y  supe desde un primer instante que nuestro compañero nada tenía que ver  con ese hecho delictual de robarse un par de zapatillas.

              En algunas oportunidades, después de jugar por el “Tocopilla”, habíamos ido a casa de nuestro compañero, donde su madre, abnegada y dulce,  dedicaba todos sus tiempos a dar lo mejor de sí para su familia. Tenía la virtud de tener una “mano buena” para plantar  y sembrar en el  reducido espacio exterior del callejón de su vivienda y algunos arbolitos le daban encanto y sombra a su propio vergel y bajo la sombra de los altos pimientos criaba  entusiasmada sus aves de corral,  con lo que  siempre tenía huevos frescos para sus niños y algunos para la venta, cuando las gallinas ponedoras  agradecidas cacareaban disfrutando de  las pisadas  enamoradas del “Gallo” colorado.

              Pero en esos cursos de alumnos pampinos, había también de todas las  condiciones habidas y por haber y algunos tenía esas malas costumbres,  heredadas quizás de un padre ausente o  aconsejados por otros “malandras” que siempre hay en todo orden de cosas.

              Uno de los alumnos populares, de esos que tienen liderazgo y que le decían el “Chico”, y que era famoso por amedrentarnos y aplicar violencia y/o golpes  para dar  solución rápida a los problemas o mantenernos asustados y amenazados todo el día con encontrarnos en   el ruedo del “circo romano” atrás de la escuela a combo limpio,   acusó directamente a Carlitos y dijo a la profesora   después de una larga y tediosa espera e infructuosa búsqueda de las zapatillas y transcurridos ya de un par de recreos sin que  nada ocurriera por  el tema de  que aparecieran las especies sustraídas:

-          ¡Señorita! yo “vi” al ladrón de zapatillas y se “dónde”  están escondidas.

              No quiero  sufrir nuevamente esa dolorosa sensación de injusticia  producida en ese ambiente  de acusados e inocentes, la profesora fue delicada en no apuntar a nadie en especial solo darnos la oportunidad de enmendar ese error de niño.

              Entonces la Maestra “Mechana”, dulce como una madre, comisionó al “Chico” acusador y  famoso, que  en verdad no tenía nada de chico,  y dos o tres más como ministros de fe,  para concurrir al lugar del  escondrijo de las zapatillas, siendo el supuesto culpable,   ignorante de esa maniobra  certera y segura que solo conocía el verdadero autor de los hechos.

              Abajo del escenario de la escuela, al que  llamábamos el “proscenio”, donde se hacían los mejores actos matinales o celebración de las efemérides  de los lunes, con concursos, poesías, cantos, competencias  de leguaje y  actividades artísticas, tenía esa especie de subterráneo  para las niños, muy  oscuro,  propicio para la aventura, escondite  perfecto, y  como la oscuridad reinaba en todos esos rincones, era un lugar favorito para  buscar o esconder tesoros.  

              Nos metimos entonces en esa puerta estrecha y pequeña debajo del escenario del colegio,  entre cañerías  y válvulas que  alimentaban los baños de ambos lados  atrás del escenario, donde  nunca nadie se atrevía a meterse por temor a los insectos o  quizás a las ratas y entonces el “líder” ocasional y acusador se dirigió rápidamente al lugar preciso donde estaban aun envueltas en bolsa de papel, las zapatillas, siendo  esa la mejor muestra de que el único que sabía su exacta ubicación era el mismo ladrón, pues el mismo las había escondido allí.

              Eso era tremendamente notorio,  a primera vista, por la expresión de  sentirse el  descubridor,  por el sudor, por la mirada  oscura tan propia de la mentira, y corriendo hacia la sala como un héroe vociferante el mal “chico” que lideraba la carrera donde nos esperaba la profesora, para mostrarle el resultado de su exhaustiva investigación y  hallazgo del cuerpo del delito.

              El curso guardó silencio, el  supuesto culpable, que nunca supo que era el sospechoso porque nadie lo acusó directamente y porque la profesora mantuvo los límites controlados,   se mantuvo como todos los alumnos de la sala, sereno,  con el alma en paz,  con la conciencia tranquila, pero todas las miradas que se cruzaron entre nosotros apuntaban  en ese gesto de cabeza y movimiento que él era el culpable.

              Al terminar la clase de ese día,  acompañé a Carlitos  camino a la salida de la escuela, donde cada cual tomaba sus rumbos, ambos  por las callejuelas de “abajo”, y muy pocos por las calles y avenidas de “arriba”. Conversamos del partido de fútbol del  domingo entre el “Tocopilla”,  con el DT. Carlos Navia, que se enfrentaría al poderoso “Cóndor”.         Caminábamos  normales sin tocar el tema,  y en esa demostración de confianzas propias de la amistad de niños,   me dijo secretamente:

-          “Yo vi al “Chico” robarse las zapatillas, pues me quedé en el recreo  en el depósito de tizas,  y  lo vi dirigirse hasta abajo del escenario”.

              El “Chico” era líder, matón, el choro del curso, el que lideraba esas incipientes y pequeñas “mafias” de niños que veían en él al bandolero de las películas de cowboy que nos daban en el teatro de María Elena. Atreverse a cruzar ese camino,  y llevarle la contra para enfrentarse a sus seguras palizas, era ya una muestra de cuidadosa valentía y de prudencia extrema.

              La profesora nunca supo la verdad por mi absoluta lealtad a mi amigo, pero quizás y más que ello,  por una inocente cobardía. 

                

miércoles, 11 de febrero de 2026

UN GRAN REGALO DE VIDA....


UN GRAN REGALO  DE VIDA

¡¡Que regalo de vida fue Don Ernesto Olivares para los pampinos!!

              Esta crónica sencilla, de  quien es iletrado y que no tiene ningún mérito para “creerse”  recopilador de historias, está escrita con la pluma del alma, con ese sentimiento que fluye desde los torrentes de las cansadas venas que aun irrigan sangre de vida el cuerpo, y que conectan las memorias acumuladas en la mente con los más bellos recuerdos de nuestra infancia pampina en nuestro mejor paraíso terrenal: “ María Elena”, y que solo entienden los que vivieron allí o los que fueron hijos adoptivos de esa “Madre del Salitre”, que acogió a tantos miles de personas,  pasajeras o estables, circunstanciales o momentáneas, pero que lograron, venciendo primeramente las adaptaciones naturales del cuerpo y la mente   del duro clima desértico e inhóspito de la zona, integrarse luego a esas calles eternas de veredas polvorientas y escenarios del desierto, donde el  trabajo fue la perenne preocupación de nuestros padres, y donde sus habitantes, al superar los duros obstáculos iniciales de la adaptación inicial, lograron vencerse asimismo    y  sentirse definitivamente pampinos, hijos del rigor,  del  sacrificio y de las eternas alegrías que nos acompañaron, dejando bajo esa capa de la paz, algunas inesperadas o dolorosas y hasta olvidadas tristezas.

              En mis recuerdos de niño, en esas  noches de convulsiones y altos estados febriles, cuando mi padre rezaba el Santo Rosario, aferrado como única esperanza ante la imagen de la Virgen de Lourdes de nuestra cómoda cajonera pampina fabricada en la carpintería, y porque no sabía hacer otra cosas que no fuera rezar  aparte de conducir, mi madre como todas las heroínas que fueron nuestras madres,  en medio de la cama del pequeño cuarto,  afirmaba con fuerza y entereza mis saltos y tercianas convulsivas originados por la alta fiebre que consumía mi cuerpo de niño enfermo, y entonces surgía la llamada no equivocada y esperanzadora de:

              - Hay que llamar a Don Ernesto al hospital,  y atravesando mi padre las calles aledañas, desde el pasaje Orella, conseguir el  único fono del barrio disponible y solo para emergencias, para que en  pocos minutos, llegara  el furgón blanco ambulancia del Hospital, y ya mi cuerpo que solo veía sombras alargadas y  estériles en esa oscuridad que vi en muchas noches de alta fiebre cercano a la muerte,  oía la voz lejana del “ángel de blanco” que llegaba con su cajita plateada con elementos de inyecciones,  para indicar después del tacto en la frente cubierta de papas con sal, para mitigar el calor corporal, y de inmediato recetaba escueto:

              - ¡Penicilina! urgente.

              Volteado con las nalgas al aire entregado al fondo de las sábanas tibias y húmedas de sudor, la mano ágil y silenciosa del ángel de blanco,   inoculaba el medicamento salvador con delicadeza extrema, y antes de  asegurarse la limpieza de la zona con alcohol puro, rotando en círculos alrededor del lugar de la inyección, una pequeña gaza con tela adhesiva, de esa que se pegaba  profundamente y que hasta en las semanas siguientes y ya recuperado,  aún se adhería con fuerza a la zona afectada, hablaba  entonces el ángel de blanco y recomendaba:

              -Mucho líquido, cama y reposo….

              Y se retiraba, con su serenidad de enviado de Dios, con su traje elegante y  albo de “Practicante”, con su caja y enseres brillantes con color de plata, y  sus zapatones pulcramente blancos se desplazaban con paso seguro por el piso de madera de la salita de entrada, hasta alcanzar el asiento delantero de la ambulancia y retirarse  a un nuevo llamado en esas largas y tediosas tareas diurnas y/o nocturnas de esos servidores de la salud de nuestros hospitales pampinos, en los que entregaban todo su servicio, vocación y  experiencia, no solamente nuestro querido Señor Ernesto Olivares, sino los  recordados practicantes de entonces como los Sres. Soria, Mercado, Félix Ovalle y tantos otros,  y que tenían  casi título de “médicos del pueblo”,  pues se manejaban con gran conocimiento en todos los diagnósticos que su trabajo les enseñaba en esa “Universidad de la vida”  con tantos enfermos afectados, tratados y sanados  cada día.

              Hoy fue un día de esos en que las lágrimas se acumulan en el corazón y  afloran como ríos incontenibles de tristezas, porque  esto que les cuento, ya es un rica historia de un gran tiempo  transcurrido y aproximado a más de sesenta y cinco años, y aunque la mente guardó el recuerdo, y los tiempos se fueron cabalgando en los llanos de la vida de cada cual, quizá el injusto olvido o preocupación, nos nubló  en tener la oportunidad de reconocer  esos actos heroicos de los practicantes pampinos de ayer y entre ellos el inolvidable Ernestito Olivares.

              Don Ernesto hizo una vida ejemplar de familia  junto a su esposa y sus hijos Ernesto Alejandro  y Rosita Ema,  que fueron su mayor preocupación y orgullo en esos tiempos. Siempre educados, brillantes,  acicalados y con ese amor inconfundible de padres preocupados por sus pequeños. Vimos parte de su evolución y desarrollo, siempre  respetuosos y educados. La mejor "herencia" de sus padres.

              Guardamos de él los mejores recuerdos, su caballerosidad como herramienta  de respeto, su  abnegación como resultado de su vocación de servir en su trabajo, su seriedad  en el sentido de transformar su experiencia en acertados diagnósticos, avalados siempre por ese equipo de médicos que confiaban plenamente en sus capacidades, su generosidad, ejemplo de paternidad, esposo  ejemplar; un hombre dedicado  a su familia en forma integral y  a quien fue el gran amor de su vida su amada esposa, que partió antes al encuentro con el Padre y que él acompañó en estos noventa y nueve largos años de vida, rodeado del amor de sus hijos, sus nietos, sus bisnietos y todos los que hacen  de  este excepcional grupo familiar una red que se extiende  desde un tronco único de origen y que lleva impregnado en sus propias personalidades, las bondades, generosidad y alma pampina de todos quienes surgieron de ese tronco de los Olivares – Contreras y todos quienes siguen  esa tradición de unión, hermandad unidos por esas raíces que se extienden como ramas con incontables familias, pero que todas ellas se unen en los mismos valores impregnados por el “patriarca”  honesto,  servicial y  comprometido que fue don Ernesto Olivares. No en vano la Ilustre Municipalidad de María Elena, a  través de su Alcalde Sr. Norambuena, le reconociera ese amor de todas las familias pampinas que conocieron a Don Ernesto, otorgándole el no menos preciado titulo de  “HIJO ILUSTRE DE MARIA ELENA”, lo que llena de orgullo a los cientos de hogares y miles de personas que alguna vez se vieron favorecidos por el trabajo honesto y servicial del Don Ernesto, el sencillo “Practicante”, el hombre que vestía de blanco como ángel, pulcro,  sin mancha , y que entregaba toda su bondad y sabiduría a padres e  hijos de los pampinos de ayer,  que confiaron en sus manos, en su amor y en ese  servicio  no exento de cansancios o sinsabores y de dolores que son parte de nuestra naturaleza humana pero que se superan con compromiso y decisión de servir.

              Rogamos a través de estas sencillas palabras al Señor de las Alturas, un eterno descanso por su alma, la que estará  unida desde hoy a su  amada esposa en ese lugar en que alguna vez nos estrecharemos como hermanos y amigos pampinos de toda la vida.

               Hoy en la despedida su nieta Rossina Mena, nos  calmaba las tristezas con esa canción que gustó y bailó tanta veces Don  Ernesto con su amada esposa y hasta con sus nietas y familia y que  hoy  junto a las notas inolvidables del  “Trio Los Panchos”,  se mezclaron en nuestros abrazos, en nuestra piel, en nuestras manos unidad a su espíritu,  en nuestra lágrimas salobres pero dulces del homenaje y en todo lo que logramos vivir  en su despedida tan íntima, tan sobria, sencilla, pero llena de cariño y de muestras de  agradecimiento y valor por su vida y por todo lo que nos regaló de su personalidad para con todos nosotros, por lo que solamente pudimos decirle: ¡Don Ernesto: Gracias por todo!

              Los pampinos somos  así, sencillos, llenos de sentimientos, expresamos lo que sentimos, nos hermanamos en el dolor, nos unimos en la desgracia, lloramos en las tristes y obligadas ausencias y nos alegramos en los momentos que la vida nos ofrece esta posibilidad de compartir nuestro sentir con las personas que son  la continuidad de esa verdadera elite de los “Olivares”, que seguirán brillando porque son gente de bien, de valores, de crianza sacrificada y lleno de esa herencia de amor y servicio que le legaron quienes dieron origen a esa familia pampina inolvidable y que hoy despedimos  convencidos que estará siempre en nuestros corazones y recuerdos.

 

              En el corolario final, entonamos en el silencio de nuestras almas su canción, la que fue su favorita y la que  le acompañará y nos acompañará en lo que nos queda de vida en este mundo……

 

Sin ti

No podré vivir jamás

Y pensar que nunca más

Estarás junto a mí

Sin ti

Que me puede ya importar

Si lo que me hace llorar

Está lejos de aquí

Sin ti

No hay clemencia en mi dolor

La esperanza de mi amor

Te la lleves por fin

Sin ti

Es inútil vivir

Como inútil será

El quererte olvidar

Sin ti

No podré vivir jamás

Y pensar que nunca más

Estarás junto a mí

Sin ti

Que me puede ya importar

Si lo que me hace llorar

Está lejos de aquí

Sin ti

No hay clemencia en mi dolor

La esperanza de mi amor

Te la lleves por fin

Sin ti

Es inútil vivir

Como inútil será

El quererte olvidar

 Descanse en paz Don Ernesto Olivares junto a su amada esposa Mignaloy Contreras Castillo.



 

 

viernes, 6 de febrero de 2026

LA CASA DEL GIGANTE

7

LA CASA DEL GIGANTE

              En esa larga calle Prat, que sube cercana a la estación  hacia la pulpería de María Elena y se pierde allá en los lejanos páramos cercanos a la piscina, en una vivienda desocupada, donde algunos años después vivió la familia Ossandón - Bueno,   estuvimos esa tarde  de niños jugando en la vereda y tratando de encaramarnos a las historias que se  escribían entre los fierros enrejados de esas  sucias ventanas, entrelazando los dedos por los cuadrados metálicos que nos servían de apoyo para no caernos, mientras nuestros pies se tambaleaban desde el  ruidoso y pesado tarro de basuras, puesto al revés,  que nos servía de escala para otear  al interior y descubrir  lo que nos habían dicho los amigos “más grandes”  de la corrida de Luis Acevedo: Allí dormía un gigante.

              Tratando de  mirar lo mejor posible en la incomodidad de nuestro observatorio, se divisaban claramente las imágenes un poco fantasmales por el polvo que opacaba el brillo  y transparencia  de los vidrios, de esas largas y voluminosas piernas y brazos extensos, que reposaban inertes, acostados por toda esa sala y parte de las dependencias contiguas, ocupando estrechamente casi toda esa morada.

              De verdad que descubrimos, subidos sobre el lomo del mal oliente  tambor con orejas  que arrastramos bulliciosos desde el callejón por la vereda, para investigar  el misterioso habitante de esa casa y que era en verdad, un tremendo gigante.

              La ignorancia de encontrarnos con algo desconocido o sorpresivo, marcaban las preocupaciones del momento y aceleraban el ritmo de nuestra nerviosa respiración  y hablando en voz muy baja, para no despertar al fantasma dormido, lográbamos con dificultad reconocer en todos los rincones de la dependencia, ese inmenso  gigante dormilón  que permanecía desmembrado en varias partes ocupando diversas habitaciones.

              Su gigantesca cabeza acomodada en el patio de esa vivienda nos observaba, muy atento, con esos ojos gigantescos que nos clavaban las pupilas y ya la preocupación se transformaba en un miedo que corría silencioso y tibio rodando en gotas que se enfriaban rápidamente por la espalda y que humedecían nuestras frentes nerviosas y  empolvadas.

              Efectivamente. Allí estaba el cuerpo y las articulaciones del gigante  que en alguna velada anterior,  miramos un tanto dormidos, tocando el inmenso y descomunal piano en ese espectáculo único que apreciamos muy poco como niños y que nuestros padres disfrutaron  en ese inolvidable clásico universitario de los alumnos de la U.T.E., y que se desarrolló  en una calurosa noche estival de un mes de febrero del año 1960, (hace 65 años atrás), en el repleto estadio de fútbol de María Elena.

              Un hombre gigante que cobraba vida, y que se articulaba con manos humanas a través de enmarañadas cuerdas,  sin tecnología, a pulso, o a  “puro ñeque”, y que movía su cabeza y  dejaba caer sus pesadas manos sobre el teclado de ese inmenso piano por donde nos quedamos enredados en las cuerdas misteriosas que sonaban armoniosas por la bocinas parlantes, en una grabación clara que nos transportaba en esas mágicas escenas a nuestros propios sueños infantiles.

              Tenía yo, seis años de corta vida.

              Nunca supe cuál fue la trama completa, pero el gigante era omnipotente y estaba “vivo”;  inmenso como esos fantasmas nocturnos que se alargaban en las noches del sueño febril  permitiéndonos creer que alguna vez alcanzaríamos su impresionante estatura.

              Esa tarde de juegos, de investigación y curiosidad de niños, subidos en el maloliente tarro basurero, mirando embelesados por las hendijas de las ventanas y agarrados de los cuadrados metálicos de las rejas, con nuestras manos y caras sucias de polvo y sudor, lo sorprendimos durmiendo y cercenado por partes,  en esa casa desocupada de la calle Prat  y oteábamos con el Nano Gatica,  temerosos de  que en cualquier momento el gigante cobrara vida  y saliera tras nosotros  en franca persecución sin ninguna posibilidad de ser los vencedores en la desigual afrenta y el pánico entonces se  apoderaba de nuestras  inquietas e inocentes miradas y los latidos del corazón de niños se aceleraba en un álgido ritmo involuntario.

              Allí vivía el gigante, desarmado para dormir tranquilo en esas calurosas tardes.  Nunca conocimos en detalles su historia y si bien la vivimos en esa noche de música, de “salnatrones” y de fuegos de artificio que pintaron de colores y luz la oscuridad del nocturno escenario del estadio, sólo recuerdo haberme quedado dormido en los brazos de mi padre mirado las gigantescas manos que tocaban  a golpes suaves el teclado del inmenso piano.

              Después de visitarlo furtivamente y temerosos en su casa de la calle Prat donde pernoctaba esperando ser llevado a otras oficinas, supe que se llamaba “COCOLICHE”, y nadie me ha explicado bien hasta hoy su magnífica historia.

              Esa casa de la calle Prat N° 46, y  que se perdía a lo lejos pasando por la Pulpería de María Elena, donde vivió alguna vez el “Cachorrito” Ossandón y su hermana María,  José y Hugo, era, fue y será siempre en mis recuerdos  la “Casa del Gigante” de la pampa.

 (Carlos Garcia Banda. Verano del 2006)






 

              

Nora Noemi Molina Lopez

. Fotografías de Teresita Rojas, que me recordó  e ilustró de una agradable visita de la Maestra Señora  Nora Molina de Chulack  a María Ele...