EL SARGENTO “MONTOYITA”
Llamar así, con el diminutivo de
su apellido a las personas en la vida de
cuartel y que además ostentan un grado jerárquico militar, sorprende gratamente
porque debiera ser escuetamente “Mi Sargento” o “Mi Suboficial”, pero el significado de ese diminutivo tiene
un gran sentimiento de respeto, cariño y
amistad que no debemos nunca olvidar, es la forma militar de expresar admiración
por esas personas que hacen el bien en todo momento, y las cuales se ganan el
respeto y el cariño por su trabajo, su honestidad y su generoso servicio en bien
de todos los demás. En nuestras vidas de soldados hemos conocido muchas
personas, y son bastante notorias aquellas con esa alma de caballeros y
soldados y de un comportamiento ejemplar que nos llaman la atención, por sus
espíritus solidarios, educados, pacientes, empáticos y llenos de virtudes de liderazgo y que emplean
mucho de su mejor tiempo en el bienestar
de los demás.
Un caso especial ha tocado
nuestras fibras interiores por estos días.
Si bien tenemos un largo listado de
ex “Esmeraldinos” que han partido a lo que llamamos el “Cuartel Celestial”,
como una metáfora de comprensión por el lugar
al cual se han marchado, y que
entendemos que es el punto final
de esa reunión que nos otorga esa nueva dimensión tan desconocida pero que en
el fondo nos entrega esperanzas
ciertas en un mundo que creemos que nos
espera, a la luz de la fe, hoy nos conmueve la partida de “Montoyita”, el “Colorín”,
de amplia sonrisa y de una tremenda
voluntad para servir en sus funciones de soldado a cargo de lo que siempre es
una actividad de gran sacrificio, como lo es el ser “Ranchero”, y que debe
administrar víveres, preparar raciones justas y equilibradas del programa de
alimentación, adelantar y/o ejecutar
junto a sus soldados los grandes fondos de verduras, picadas a mano en campaña por
no contar con maquinarias tecnológicas como las que se usan en la vida de
cuartel en la ciudad, para cumplir
el menú del día o la semana y concurrir
a esas largas horas de campaña en terreno,
viviendo en esas soledades desérticas, en medio de las cocinas de campaña, sufriendo el
mismo frio o calor de todos, pero además brindando esperanzas con ese rancho “caliente
“ y reparador de la noche, o el reconfortante desayuno de café con leche, que humea y calienta las manos en el jarrón
metálicos de los amaneceres, y que rápidamente se enfría en medio de las bajas
temperaturas cordilleranas.
Siempre repito que hay que “estar allí”,
para sentir, hablar u opinar. El que no vivió esa instancia o experiencia no entiende,
no por ignorancia ni por maldad, no por incomprensión, sino porque
sencillamente “no estuvo allí”, y sólo entiende el que lo vive en presencia.
“Montoyita” era el eterno servidor, responsable y trabajador de esas áreas
de la logística de combate de nuestro querido regimiento “Esmeralda”.
Vivimos muchos meses en la
cordillera, un tanto abandonados en los períodos de intensa nevazón cuando era
imposible cruzar los “campos minados” cubiertos de nieve, los que bloqueaban los abastecimientos
terrestres, debiendo esperar
irremediablemente el deshielo, para asegurar
los bastimentos de la logística en terreno.
Cuando se publicaban en la “Orden
del Dia” del cuartel antes de partir, los nombres del personal, vehículos,
armamentos y detalles propios de los relevos tradicionales a las zonas
cordilleranas, nuestras miradas se preocupaban solamente de quien tendría la
responsabilidad de desempeñarse como “Ranchero”. Bastaba con leer: “Ranchero, Sargento 2do. Migue Montoya Jara”,
para que el personal de mayor rango, y por consiguiente el contingente,
sintiéramos que ese equipo de combate, tendría la mejor predisposición y el
valor de contar con la alimentación justa y equilibrada y la “Comisión” en si, se cumpliría de la mejor
forma dejando inmediatamente de lado ese fantasma que corroe la voluntad, y que
tiene que ver con “pasar hambre”. Se
disipaban las dudas entre las cargas y bolsas de los camiones que cruzarían
hacia la cordillera y el ánimo se tornaba de confianza y alegría, en medio de
las incertidumbres del clima, los caminos, y todo eso que podría afectar el
traslado hacia los puntos señalados en las cartas de desplazamiento.
El Sargento Montoya, perdón “Mi” Sargento
Montoya, era así. Muy responsable, serio en su actuar, pero muy buena persona.
Buen soldado, trabajador como
nadie, responsable y ordenado, y entendía claramente que su servicio tenía que ser siempre eficiente, aun
si hubiera ausencia de medios para mantener siempre “alta” la “Moral de la
Tropa”.
Estuvimos varios meses por esas cercanías
de Imilac o Monturaqui, donde algunas tardes lograban pasar con buen clima los
trenes del ferrocarril a Salta y disfrutábamos
de algunas jornadas deportivas de fin de semana en medio de los males de la “puna”
dándonos cada día fuerzas en medio de los servicios de guardia, protección de almacenes e instrucción programada.
Siempre tuvimos ese esmerado
trabajo de un gran soldado al servicio de todos.
Una característica de la
personalidad de “Montoyita”, era un hombre muy humilde, entendiendo que la
humildad es un don y que ponía todo su corazón al servicio de los demás sin
esperar halagos ni recompensas. ¡Cumplía
su deber! y eso le bastaba.
Cuando alguna vez en una noche
larga de guardia, alguien requirió un pan, un café o algún elemento para
combatir el sueño que en esos salares
consumen hasta los más fuertes, ahí estaba
mi Sargento, con los fogones
encendidos, para prodigarnos una bebida caliente, en esas inesperadas nevazones
que nos sorprendieron en más de una ocasión en esos lejanos páramos.
Cuando él notaba que el clima podría
producir algún bloqueo de los abastecimientos, de inmediato comenzaba a ahorrar víveres, sin necesidad de
restricciones, sino ordenando las cantidades justas para el mantenimiento de la
tropa, que cumplía sus tareas como
parte de sus obligaciones.
De modo que guardamos de él muchas
imágenes de sus virtudes de buen soldado,
y cada vez que el tiempo del retiro obligado nos permitió encontrarnos,
recordábamos esas conversaciones nocturnas
bajo las estrellas y hablábamos
nuevamente de la familia, lo que más él amaba, que los hijos estaban crecidos y que algunos
achaques propios de la edad le iban horadando el cuerpo; pero tenía otra gran virtud, enfrentaba la vida
como fuera, con dulces y amargos y no se
complicaba por la existencia terrena.
Siempre recordamos lo que fue la “última
vez” que nos vimos.
Fue en una de esas tareas de
familia, compra de víveres y abastecimientos personales en el supermercado. Ya
tenía en su brazo esa dolencia abultada
y me explicaba que tenía que someterse a
tratamiento en Santiago, y que iría lleno de optimismo con una de sus hijas para someterse
a unos exámenes.
“No tengo miedo” nos decía. Siempre
estaba dispuesto a enfrentar la vida y a cumplir la voluntad de Dios. Un hombre de fe: Miguel del Rosario, y que lo rezaba en el silencio en muchas horas del día.
El proceso como todo lo que
toca esa enfermedad de la que nadie está
libre y que tarde o temprano nos toca
enfrentar, duró poco tiempo.
Voluntades de hermanos de armas
como Gutiérrez, Toro, Carvajal o Salazar, estuvieron allí en medio de las
preocupaciones y un batallón diario de oraciones clamaba por su salud, pidiendo
al Señor de los Ejércitos su benevolencia y voluntad.
Y en esa tarde última, cerró sus
ojos con clara voluntad de descansar de los dolores tan injustos de esas
enfermedades que en medio de tantas tecnologías, avances, viviendo un tiempo en que todo parece tan fácil,
resulta tan difícil de enfrentar.
Le acompañó con gran sentido de respeto, entrega y
cariño, su hermosa familia, la que formó
y que tuvo el privilegio de proteger siempre con cariño y con amor.
Sus camaradas le acompañamos,
estuvimos allí compartiendo las tristezas,
pero también hablando de sus propias alegrías.
Un soldado lleno de virtudes que lo hicieron especial, y que fue
reconocido por todos los presentes en todo instante.
Finalmente, rezamos unidos y nos
abrazamos en el sentimiento propio de su partida, y elevamos nuestras humildes oraciones
por su pascua hacia esa otra dimensión
desconocida.
Nos queda el gusto de haberlo conocido.
De vibrar con sus risas y alegrías, pero
en especial conocer la familia consolidada, con hijos, nietos
y personas que lo despidieron y que desearon que este viaje sea un fin al dolor, al sufrimiento corporal, entendiendo que su
alma intacta de soldado le acompaña en este última comisión de servicio de su
vida.
Un abrazo al cielo Miguel del Rosario
Montoya Jara. ¡¡Descansa en paz!!
Carta enviada por Martita Montoya a Joaquín Gutiérrez Palomera.
Don Joaquín , disculpe por no responder antes, pero usted me comprenderá.
Salió todo muy lindo, fue una despedida con mucho cariño y pena a la ves, sabemos que es la ley de vida pero cuando se presenta la situación no deja de ser fuerte.
mi papá se fue con una despedida muy bella, se que en el más allá él lo agradeció.
Quiero darle las gracias en nombre de mi mamá, mis hermanas y toda la familia a usted y todos quienes aportaron su granito de arena, de verdad entername agradecidas.
En esta semana nos ponemos de acuerdo para que usted me diga qué día le podemos llevar la cama. Yo quedaré atenta.
Un abrazo y muchas muchas gracias Don Joaquín.























































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