lunes, 27 de octubre de 2025

El Sargento Miguel Montoya Jara (Q.E.P.D.)

 


EL SARGENTO “MONTOYITA”

              Llamar así, con el diminutivo de su apellido  a las personas en la vida de cuartel y que además ostentan un grado jerárquico militar, sorprende gratamente porque debiera ser escuetamente “Mi Sargento” o “Mi Suboficial”,  pero el significado de ese diminutivo tiene un  gran sentimiento de respeto, cariño y amistad que no debemos nunca olvidar, es la forma militar de expresar admiración por esas personas que hacen el bien en todo momento, y las cuales se ganan el respeto y el cariño por su trabajo, su honestidad y su generoso servicio en bien de todos los demás. En nuestras vidas de soldados hemos conocido muchas personas, y son bastante notorias aquellas con esa alma de caballeros y soldados y de un comportamiento ejemplar que nos llaman la atención, por sus espíritus solidarios, educados, pacientes, empáticos  y llenos de virtudes de liderazgo y que emplean mucho de su mejor tiempo en el bienestar  de los demás.

              Un caso especial ha tocado nuestras fibras interiores por estos días.

              Si bien tenemos un largo listado de ex “Esmeraldinos” que han partido a lo que llamamos el “Cuartel Celestial”, como una metáfora de comprensión por el lugar  al cual se han marchado, y que  entendemos que es el  punto final de esa reunión que nos otorga esa nueva dimensión tan desconocida pero que en el fondo nos  entrega esperanzas ciertas  en un mundo que creemos que nos espera, a la luz de la fe, hoy nos conmueve la partida de “Montoyita”, el “Colorín”, de amplia sonrisa y  de una tremenda voluntad para servir en sus funciones de soldado a cargo de lo que siempre es una actividad de gran sacrificio, como lo es el ser “Ranchero”, y que debe administrar víveres, preparar raciones justas y equilibradas del programa de alimentación, adelantar  y/o ejecutar junto a sus soldados los grandes fondos de verduras, picadas a mano en campaña por no contar con maquinarias tecnológicas como las que se usan en la vida de cuartel en la ciudad,  para cumplir el  menú del día o la semana y concurrir a esas largas horas de campaña en terreno,  viviendo en esas soledades desérticas, en  medio de las cocinas de campaña, sufriendo el mismo frio o calor de todos, pero además brindando esperanzas con ese rancho “caliente “ y reparador  de la  noche, o el reconfortante  desayuno de café con leche,  que humea y calienta las manos en el jarrón metálicos de los amaneceres, y que rápidamente se enfría en medio de las bajas temperaturas cordilleranas.

              Siempre repito que hay que “estar allí”, para sentir, hablar u opinar. El que no vivió esa instancia o experiencia no entiende, no por ignorancia ni por maldad, no por incomprensión, sino porque sencillamente “no estuvo allí”, y sólo entiende el que lo vive en presencia.

              “Montoyita” era el eterno  servidor, responsable y trabajador de esas áreas de la logística de combate de nuestro querido regimiento “Esmeralda”.

              Vivimos muchos meses en la cordillera, un tanto abandonados en los períodos de intensa nevazón cuando era imposible cruzar los “campos minados” cubiertos de nieve,  los que bloqueaban los abastecimientos terrestres, debiendo  esperar irremediablemente el  deshielo, para asegurar los bastimentos de la logística en terreno.

              Cuando se publicaban en la “Orden del Dia” del cuartel antes de partir, los nombres del personal, vehículos, armamentos y detalles propios de los relevos tradicionales a las zonas cordilleranas, nuestras miradas se preocupaban solamente de quien tendría la responsabilidad de desempeñarse como “Ranchero”.  Bastaba con leer:  “Ranchero, Sargento 2do. Migue Montoya Jara”, para que el personal de mayor rango, y por consiguiente el contingente, sintiéramos que ese equipo de combate, tendría la mejor predisposición y el valor de contar con la alimentación justa y equilibrada y  la “Comisión” en si, se cumpliría de la mejor forma dejando inmediatamente de lado ese fantasma que corroe la voluntad, y que tiene que ver con  “pasar hambre”. Se disipaban las dudas entre las cargas y bolsas de los camiones que cruzarían hacia la cordillera y el ánimo se tornaba de confianza y alegría, en medio de las incertidumbres del clima, los caminos, y todo eso que podría afectar el traslado hacia los puntos señalados en las cartas de desplazamiento.

              El Sargento Montoya, perdón “Mi” Sargento Montoya, era así. Muy responsable, serio en su actuar, pero muy buena persona.

              Buen soldado, trabajador como nadie, responsable y ordenado, y entendía claramente que su  servicio tenía que ser siempre eficiente, aun si hubiera ausencia de medios para mantener siempre “alta” la “Moral de la Tropa”.

              Estuvimos varios meses por esas cercanías de Imilac o Monturaqui, donde algunas tardes lograban pasar con buen clima los trenes del ferrocarril a Salta y  disfrutábamos de algunas jornadas deportivas de fin de semana en medio de los males de la “puna” dándonos cada día fuerzas en medio de los servicios de guardia,  protección de almacenes e instrucción programada.

              Siempre tuvimos ese esmerado trabajo de un gran soldado al servicio de todos.

              Una característica de la personalidad de “Montoyita”, era un hombre muy humilde, entendiendo que la humildad es un don y que ponía todo su corazón al servicio de los demás sin esperar halagos ni recompensas.  ¡Cumplía su deber! y eso le bastaba.

              Cuando alguna vez en una noche larga de guardia, alguien requirió un pan, un café o algún elemento para combatir el  sueño que en esos salares consumen hasta los más fuertes, ahí estaba  mi Sargento,  con los fogones encendidos, para prodigarnos una bebida caliente, en esas inesperadas nevazones que nos sorprendieron en más de una ocasión en esos lejanos páramos.

              Cuando él notaba que el clima podría producir algún bloqueo de los abastecimientos, de inmediato comenzaba  a ahorrar víveres, sin necesidad de restricciones, sino ordenando las cantidades justas para el mantenimiento de la tropa, que  cumplía sus tareas como parte  de sus obligaciones.

              De modo que guardamos de él muchas imágenes de sus virtudes de buen soldado,  y  cada vez que el tiempo  del retiro obligado nos permitió encontrarnos, recordábamos esas  conversaciones nocturnas bajo las estrellas y  hablábamos nuevamente de la familia, lo que más él amaba,   que los hijos estaban crecidos y que algunos achaques propios de la edad le iban horadando el cuerpo; pero  tenía otra gran virtud, enfrentaba la vida como fuera, con dulces y amargos y no se  complicaba por la existencia terrena.

              Siempre recordamos lo que fue la “última vez” que nos vimos.

              Fue en una de esas tareas de familia, compra de víveres y abastecimientos personales en el supermercado. Ya tenía en su brazo  esa dolencia abultada y me  explicaba que tenía que someterse a tratamiento  en Santiago, y que  iría  lleno de optimismo con una de sus hijas para someterse a unos exámenes.

              “No tengo miedo” nos decía. Siempre estaba dispuesto a enfrentar la vida y a cumplir la voluntad de Dios.  Un hombre de fe:  Miguel del Rosario, y que  lo rezaba en el silencio en muchas horas del día.

              El proceso como todo lo que toca  esa enfermedad de la que nadie está libre y que  tarde o temprano nos toca enfrentar, duró poco tiempo.

              Voluntades de hermanos de armas como Gutiérrez, Toro, Carvajal o Salazar, estuvieron allí en medio de las preocupaciones y un batallón diario de oraciones clamaba por su salud, pidiendo al Señor de los Ejércitos su benevolencia y voluntad.

              Y en esa tarde última, cerró sus ojos con clara voluntad de descansar de los dolores tan injustos de esas enfermedades que en medio de tantas tecnologías, avances,  viviendo un tiempo en que todo parece tan fácil, resulta tan difícil de enfrentar.

              Le acompañó  con gran sentido de respeto, entrega y cariño, su hermosa familia,  la que formó y que tuvo el privilegio de proteger siempre con cariño y con amor.

              Sus camaradas le acompañamos, estuvimos allí  compartiendo las tristezas, pero también hablando de sus propias alegrías.  Un soldado  lleno de  virtudes que lo hicieron especial, y que fue reconocido por todos los presentes en todo instante.

              Finalmente, rezamos unidos y nos abrazamos en el sentimiento propio de su partida, y elevamos nuestras humildes oraciones por  su pascua hacia esa otra dimensión desconocida.

              Nos queda el gusto de haberlo conocido. De  vibrar con sus risas y alegrías, pero  en especial conocer  la familia consolidada, con hijos, nietos y  personas que lo despidieron  y que desearon que este viaje  sea un fin al dolor,  al sufrimiento corporal, entendiendo que su alma intacta de soldado  le acompaña  en este última comisión de servicio de su vida.

              Un abrazo al cielo Miguel del Rosario Montoya Jara. ¡¡Descansa en paz!!




























































Carta enviada por Martita Montoya a Joaquín Gutiérrez Palomera.


Don Joaquín , disculpe por no responder antes, pero usted me comprenderá. 


Salió todo muy lindo, fue una despedida con mucho cariño y pena a la ves, sabemos que es la ley de vida pero cuando se presenta la situación no deja de ser fuerte. 


mi papá se fue con una despedida muy bella, se que en el más allá él lo agradeció. 


Quiero darle las gracias en nombre de mi mamá, mis hermanas y toda la familia a usted y todos quienes aportaron su granito de arena, de verdad entername agradecidas. 


En esta semana nos ponemos de acuerdo para que usted me diga qué día le podemos llevar la cama. Yo quedaré atenta. 


Un abrazo y muchas muchas gracias Don Joaquín.



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