miércoles, 25 de febrero de 2026

El ladrón de zapatillas

 

Foto de alguna "Revista de Gimnasia", sólo como "referencia", publicada en la red.

El ladrón de las zapatillas

              No era muy fácil obtener esas zapatillas blancas de lona con una delgada estructura de  goma   que a veces se vendían junto a los zapatos de fútbol, con puentes de suela en la Asociación Social y Deportiva de María Elena o se podían adquirir también en la Pulpería, con vale de distinto “color”  sujeto al nivel laboral y social de  los distintos grupos de trabajadores, y adquirirlas al crédito, descontadas en un par de meses, y que era como lo más habitual de nuestra forma de enfrentar la vida. Incluso la alimentación se favorecía con ese sistema de crédito,  teníamos un stock o “Cta.” familiar, (Pay Roll 15833), acorde a los sueldos de nuestros padres,   para poder gozar de esa franquicia, que de todas maneras era un sistema útil,  para quienes vivían para el trabajo o trabajan para sobrevivir, sin  ninguna otra meta que no fuera educar, y mantenerse en esa lucha incansable que todos alguna vez debimos enfrentar, con mejores herramientas  educacionales o con los entusiasmos por  aprender y  crecer en  tantas áreas técnicas o de servicio en esa escuela del trabajo de la pampa que abrió puertas a  miles de trabajadores ayudándoles a construir sus propios sueños y  a cubrir  con ese bendita virtud del trabajo la sana  pero tan necesaria subsistencia.

              Sin duda que  había sectores  de muchos esfuerzos, con menos ingresos como en  todo orden social,  que trabajaban el doble,  haciendo dos o tres turnos como una forma de  trabajar un sobretiempo que les permitía un mejor pasar,  muchas veces   “vendiendo” las vacaciones, que era también algo normal en la vida de nuestra familia, pues los haberes económicos no alcanzaban y era mejor,  recibir la remuneración del merecido descanso, pero  seguir trabajando porque no recuerdo que hayamos tenido un día de la vida un paseo, un viaje, o conocer alguna ciudad cercana o  disfrutar a nuestro padre  de algunos días de merecido descanso por sus ganadas vacaciones. Si me preguntan, en nuestro caso, la figura del hombre  de la casa era el trabajo, mantener la familia, pero trabajo y trabajo como muchos pampinos que después de la jornada también hacían  sus propias ingresos extras,  peluqueros, carpinteros, y unos pocos de mejor ingresos de taxistas. Por allí teníamos también algunos fotógrafos, comerciantes y hasta “Prestamistas”.

              Quizás vimos evoluciones para entender nuestra realidad, en el caso personal de mi familia al ver de pronto pantalones de faenas y zapatos gruesos y  algún casco por allí en sus inicios  e ir evolucionando en mejores oportunidades, cambiando el buzo por la corbata, y los calamorros por zapatos, pero aun así  trabajo, trabajo y trabajo.

              Mi padre se  mandaba hasta tres  jornadas de trabajo, las 24 horas  en turnos de 8 horas en sus largos viajes de ida y vuelta o de vuelta e ida a Antofagasta, y aunque tenía la ocasión del descanso, lo hacía empleando la mitad de su tiempo y nuevamente  marchaba a  esa legión de muchos padres nuestros  que dedicaban  su vida al templo del trabajo. No es este relato un análisis social, para hablar de los que hacían menos y ganaban más, o los que tenían la suerte de trabajar en áreas de mayor comodidad y menor riesgo, es así el proceso de la industria la que  produce y vende y los trabajadores son parte del sistema no porque sean parte del equipo que lidera casi siempre estas inversiones de gran capital, todo lo contrario, deben  vender su trabajo para la subsistencia humana y ofrecer sus conocimientos y capacidades al mejor “postor”, así es desde los tiempos de la prehistoria. Cazadores con armas y buena puntería abastecían las corrientes alimenticias,  y  desolladores o faeneros diestros en el cuchillo para  cortar, otros para adquirir, otros para vender  y los más para comprar. Un círculo  que no cesa…

              Hoy pienso  los inmensos esfuerzos de  nuestros padres para obtener esos uniformes de  pantalón corto, zapatillas, medias blancas y con esa pinta concurrir a las clases de educación física en el  estadio de básquetbol, donde el profesor Luis Georgudis nos daba esas clases magistrales de  verdadero arte en  el desarrollo de habilidades  que iban en directo beneficio de nuestra salud. Nos preparaba en circuitos que se iniciaban con los pre - calentamientos, los trotes suaves alrededor de la cancha, los ejercicios en movimiento, luego se hacían  en grupos  o competencias rápidas para ver nuestras capacidades y al final nos encantaba un  juego de balones o carreras grupales, para finalizar sudorosos, y felices de  tener esa oportunidad de volcar todas esas energías que se acumulaban en nuestro frágiles cuerpos. .

              Debo decir que en esos cursos, aunque todos vestíamos igual, había también  esas lamentables diferencias que separan a las personas no por su calidad humana sino que siempre hubo esos temas de mejores situaciones económicas de los padres, que en ninguna forma  afectaban a nuestras relaciones de compañeros de curso, pero que había diferencias, las había. De hecho los grupos de amistad a veces se  formaban en torno a barrios  donde se vivía,  a lugares  asociados a las temas sociales de mucha gente, y con tristeza  teníamos también como muestra, un  par de piscinas,  para obreros y otra para empleados, en circunstancias que todos disfrutábamos de la comodidad de los estanques, con la misma agua del rio Loa  y todos  nos orinábamos indistintamente en la una o la otra,  mientras nos zambullíamos por esos mundos  submarinos a ojos abiertos y miradas turbias,  para sentir que estábamos en  un mundo de emociones y alegrías, pero que eran también un conflicto

              Si alguien sorteaba alguna hendija escondida y se pasaba a la piscina de empleados, lueguito se veía al guardián o sereno con un palo para la expulsión de los  extraños, pero no sucedía así cuando alguno de los de acá, se pasaban para allá. Al menos los de allá tenían otro sentido de  la amistad y  nadie se creía dueño del sol del otro,  el sol nos quemaba a todos por igual. Y en ese otro lado se desarrollaban los mejores eventos deportivos de natación y waterpolo y eran escenarios de grandes actividades deportivas con diestros nadadores de allá y de acá, pero siempre latente el tema  de sentirse diferentes de otros,   por situaciones  propias del trabajo. Nos quedó marcado para la vida de los pampinos “Eleninos” en  nuestra niñez el tema conocido de la “cañería”. Los de arriba de la cañería y los de debajo de la cañería. Eso es un tema que no se puede negar y  siempre existió y existirá porque era parte de nuestro ADN,  heredado de esas  situaciones laborales que, miradas desde un punto de vista de servicio, nos igualaban a todos pero que en las remuneraciones nos distanciaban. Nosotros como niños nunca entendimos eso,  no había en nosotros ese estúpido tema, pero que existía. Si.  ¡existía!

              En nuestro curso del 5to “C” ocurrió una tarde de escuela, después de la vuelta de la clase de gimnasia  desde  la cancha al lado del Salón de Baile, que una alumna o alumno, le dijo a la profesora que le habían robado las zapatillas.

              Parece que los dardos y miradas para buscar culpables, siempre apuntaban a los de menos recursos, bastaba con mirar a nuestros compañeros, algunos de extracción muy humilde pero dignos  como todos,  pero éstos eran el blanco del sospechoso favorito,  por que no tenía muy buena pinta, porque sus zapatos no estaban tan lustrados o porque  usaba la camisa más ancha heredada de sus hermanos mayores.  Era cosa de mirar y entender que el ladrón debía estar ubicado en esa clase, de los de abajo, pero más abajo, porque todo lo apuntaba a  esa especie de “bullying” de esos tiempos.

              Así que la profesora, con ese espíritu propio de maestros de vocación que nos miraba a todos  con una mirada auténtica, equilibrada  y cariñosa sin distinción,  nos pidió que por favor la persona que había sacado equivocadamente  las zapatillas del compañero,  a la vuelta del recreo las dejara por allí y nadie diría nada.

               Una especie de acuerdo común para salvar la situación  y no ser parte de algo que estaba  terminantemente prohibido.

              En mi casa, mi mamá nos revisaba los bolsones y cuadernos para las tareas. No aceptaba ni una goma que no fuera la nuestra,  y hasta los lápices se marcaban y vaya que lo pasábamos mal si llegábamos con algo que no fuera nuestro. En caso de error involuntario, teníamos la opción de devolver, en otro caso no había forma de remediar.

              De modo que los dardos apuntaron injustamente al más humilde del curso,  el que  siendo  parte de una numerosa familia, quizás el último de seis o siete hermanos, lo vestían con lo que quedaba de los otros mayores, y era muy notorio  aunque en el cariño, la limpieza y el esmero de mamá se reflejaba en su pulcra higiene y vestimenta, quizás las telas más raídas, pero limpias, y así Carlitos, el que parecía ser el más  humilde del curso,  fue sindicado como el ladrón  de las zapatillas.

              No se si deba decirlo, pero mi inclinación siempre fue el tratar de ser un hombre justo, sin ser santo,  y  supe desde un primer instante que nuestro compañero nada tenía que ver  con ese hecho delictual de robarse un par de zapatillas.

              En algunas oportunidades, después de jugar por el “Tocopilla”, habíamos ido a casa de nuestro compañero, donde su madre, abnegada y dulce,  dedicaba todos sus tiempos a dar lo mejor de sí para su familia. Tenía la virtud de tener una “mano buena” para plantar  y sembrar en el  reducido espacio exterior del callejón de su vivienda y algunos arbolitos le daban encanto y sombra a su propio vergel y bajo la sombra de los altos pimientos criaba  entusiasmada sus aves de corral,  con lo que  siempre tenía huevos frescos para sus niños y algunos para la venta, cuando las gallinas ponedoras  agradecidas cacareaban disfrutando de  las pisadas  enamoradas del “Gallo” colorado.

              Pero en esos cursos de alumnos pampinos, había también de todas las  condiciones habidas y por haber y algunos tenía esas malas costumbres,  heredadas quizás de un padre ausente o  aconsejados por otros “malandras” que siempre hay en todo orden de cosas.

              Uno de los alumnos populares, de esos que tienen liderazgo y que le decían el “Chico”, y que era famoso por amedrentarnos y aplicar violencia y/o golpes  para dar  solución rápida a los problemas o mantenernos asustados y amenazados todo el día con encontrarnos en   el ruedo del “circo romano” atrás de la escuela a combo limpio,   acusó directamente a Carlitos y dijo a la profesora   después de una larga y tediosa espera e infructuosa búsqueda de las zapatillas y transcurridos ya de un par de recreos sin que  nada ocurriera por  el tema de  que aparecieran las especies sustraídas:

-          ¡Señorita! yo “vi” al ladrón de zapatillas y se “dónde”  están escondidas.

              No quiero  sufrir nuevamente esa dolorosa sensación de injusticia  producida en ese ambiente  de acusados e inocentes, la profesora fue delicada en no apuntar a nadie en especial solo darnos la oportunidad de enmendar ese error de niño.

              Entonces la Maestra “Mechana”, dulce como una madre, comisionó al “Chico” acusador y  famoso, que  en verdad no tenía nada de chico,  y dos o tres más como ministros de fe,  para concurrir al lugar del  escondrijo de las zapatillas, siendo el supuesto culpable,   ignorante de esa maniobra  certera y segura que solo conocía el verdadero autor de los hechos.

              Abajo del escenario de la escuela, al que  llamábamos el “proscenio”, donde se hacían los mejores actos matinales o celebración de las efemérides  de los lunes, con concursos, poesías, cantos, competencias  de leguaje y  actividades artísticas, tenía esa especie de subterráneo  para las niños, muy  oscuro,  propicio para la aventura, escondite  perfecto, y  como la oscuridad reinaba en todos esos rincones, era un lugar favorito para  buscar o esconder tesoros.  

              Nos metimos entonces en esa puerta estrecha y pequeña debajo del escenario del colegio,  entre cañerías  y válvulas que  alimentaban los baños de ambos lados  atrás del escenario, donde  nunca nadie se atrevía a meterse por temor a los insectos o  quizás a las ratas y entonces el “líder” ocasional y acusador se dirigió rápidamente al lugar preciso donde estaban aun envueltas en bolsa de papel, las zapatillas, siendo  esa la mejor muestra de que el único que sabía su exacta ubicación era el mismo ladrón, pues el mismo las había escondido allí.

              Eso era tremendamente notorio,  a primera vista, por la expresión de  sentirse el  descubridor,  por el sudor, por la mirada  oscura tan propia de la mentira, y corriendo hacia la sala como un héroe vociferante el mal “chico” que lideraba la carrera donde nos esperaba la profesora, para mostrarle el resultado de su exhaustiva investigación y  hallazgo del cuerpo del delito.

              El curso guardó silencio, el  supuesto culpable, que nunca supo que era el sospechoso porque nadie lo acusó directamente y porque la profesora mantuvo los límites controlados,   se mantuvo como todos los alumnos de la sala, sereno,  con el alma en paz,  con la conciencia tranquila, pero todas las miradas que se cruzaron entre nosotros apuntaban  en ese gesto de cabeza y movimiento que él era el culpable.

              Al terminar la clase de ese día,  acompañé a Carlitos  camino a la salida de la escuela, donde cada cual tomaba sus rumbos, ambos  por las callejuelas de “abajo”, y muy pocos por las calles y avenidas de “arriba”. Conversamos del partido de fútbol del  domingo entre el “Tocopilla”,  con el DT. Carlos Navia, que se enfrentaría al poderoso “Cóndor”.         Caminábamos  normales sin tocar el tema,  y en esa demostración de confianzas propias de la amistad de niños,   me dijo secretamente:

-          “Yo vi al “Chico” robarse las zapatillas, pues me quedé en el recreo  en el depósito de tizas,  y  lo vi dirigirse hasta abajo del escenario”.

              El “Chico” era líder, matón, el choro del curso, el que lideraba esas incipientes y pequeñas “mafias” de niños que veían en él al bandolero de las películas de cowboy que nos daban en el teatro de María Elena. Atreverse a cruzar ese camino,  y llevarle la contra para enfrentarse a sus seguras palizas, era ya una muestra de cuidadosa valentía y de prudencia extrema.

              La profesora nunca supo la verdad por mi absoluta lealtad a mi amigo, pero quizás y más que ello,  por una inocente cobardía. 

                

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