El ladrón
de las zapatillas
No era muy fácil obtener esas
zapatillas blancas de lona con una delgada estructura de goma que a veces se vendían junto a los zapatos de
fútbol, con puentes de suela en la Asociación Social y Deportiva de María Elena
o se podían adquirir también en la Pulpería, con vale de distinto “color” sujeto al nivel laboral y social de los distintos grupos de trabajadores, y
adquirirlas al crédito, descontadas en un par de meses, y que era como lo más
habitual de nuestra forma de enfrentar la vida. Incluso la alimentación se
favorecía con ese sistema de crédito, teníamos un stock o “Cta.” familiar, (Pay Roll
15833), acorde a los sueldos de nuestros padres, para poder gozar de esa franquicia, que de
todas maneras era un sistema útil, para
quienes vivían para el trabajo o trabajan para sobrevivir, sin ninguna otra meta que no fuera educar, y
mantenerse en esa lucha incansable que todos alguna vez debimos enfrentar, con
mejores herramientas educacionales o con
los entusiasmos por aprender y crecer en
tantas áreas técnicas o de servicio en esa escuela del trabajo de la
pampa que abrió puertas a miles de
trabajadores ayudándoles a construir sus propios sueños y a cubrir
con ese bendita virtud del trabajo la sana pero tan necesaria subsistencia.
Sin duda que había sectores de muchos esfuerzos, con menos ingresos como
en todo orden social, que trabajaban el doble, haciendo dos o tres turnos como una forma
de trabajar un sobretiempo que les
permitía un mejor pasar, muchas
veces “vendiendo” las vacaciones, que era también
algo normal en la vida de nuestra familia, pues los haberes económicos no
alcanzaban y era mejor, recibir la remuneración
del merecido descanso, pero seguir
trabajando porque no recuerdo que hayamos tenido un día de la vida un paseo, un
viaje, o conocer alguna ciudad cercana o
disfrutar a nuestro padre de
algunos días de merecido descanso por sus ganadas vacaciones. Si me preguntan,
en nuestro caso, la figura del hombre de
la casa era el trabajo, mantener la familia, pero trabajo y trabajo como muchos
pampinos que después de la jornada también hacían sus propias ingresos extras, peluqueros, carpinteros, y unos pocos de
mejor ingresos de taxistas. Por allí teníamos también algunos fotógrafos,
comerciantes y hasta “Prestamistas”.
Quizás vimos evoluciones para
entender nuestra realidad, en el caso personal de mi familia al ver de pronto pantalones
de faenas y zapatos gruesos y algún
casco por allí en sus inicios e ir
evolucionando en mejores oportunidades, cambiando el buzo por la corbata, y los
calamorros por zapatos, pero aun así
trabajo, trabajo y trabajo.
Mi padre se mandaba hasta tres jornadas de trabajo, las 24 horas en turnos de 8 horas en sus largos viajes de
ida y vuelta o de vuelta e ida a Antofagasta, y aunque tenía la ocasión del
descanso, lo hacía empleando la mitad de su tiempo y nuevamente marchaba a
esa legión de muchos padres nuestros
que dedicaban su vida al templo
del trabajo. No es este relato un análisis social, para hablar de los que hacían
menos y ganaban más, o los que tenían la suerte de trabajar en áreas de mayor
comodidad y menor riesgo, es así el proceso de la industria la que produce y vende y los trabajadores son parte
del sistema no porque sean parte del equipo que lidera casi siempre estas
inversiones de gran capital, todo lo contrario, deben vender su trabajo para la subsistencia humana
y ofrecer sus conocimientos y capacidades al mejor “postor”, así es desde los
tiempos de la prehistoria. Cazadores con armas y buena puntería abastecían las
corrientes alimenticias, y desolladores o faeneros diestros en el
cuchillo para cortar, otros para adquirir,
otros para vender y los más para
comprar. Un círculo que no cesa…
Hoy pienso los inmensos esfuerzos de nuestros padres para obtener esos uniformes
de pantalón corto, zapatillas, medias
blancas y con esa pinta concurrir a las clases de educación física en el estadio de básquetbol, donde el profesor Luis
Georgudis nos daba esas clases magistrales de
verdadero arte en el desarrollo
de habilidades que iban en directo
beneficio de nuestra salud. Nos preparaba en circuitos que se iniciaban con los
pre - calentamientos, los trotes suaves alrededor de la cancha, los ejercicios
en movimiento, luego se hacían en
grupos o competencias rápidas para ver
nuestras capacidades y al final nos encantaba un juego de balones o carreras grupales, para
finalizar sudorosos, y felices de tener
esa oportunidad de volcar todas esas energías que se acumulaban en nuestro
frágiles cuerpos. .
Debo decir que en esos cursos,
aunque todos vestíamos igual, había también
esas lamentables diferencias que separan a las personas no por su
calidad humana sino que siempre hubo esos temas de mejores situaciones
económicas de los padres, que en ninguna forma
afectaban a nuestras relaciones de compañeros de curso, pero que había
diferencias, las había. De hecho los grupos de amistad a veces se formaban en torno a barrios donde se vivía, a lugares
asociados a las temas sociales de mucha gente, y con tristeza teníamos también como muestra, un par de piscinas, para obreros y otra para empleados, en
circunstancias que todos disfrutábamos de la comodidad de los estanques, con la
misma agua del rio Loa y todos nos orinábamos indistintamente en la una o la
otra, mientras nos zambullíamos por esos
mundos submarinos a ojos abiertos y
miradas turbias, para sentir que
estábamos en un mundo de emociones y alegrías,
pero que eran también un conflicto
Si alguien sorteaba alguna hendija
escondida y se pasaba a la piscina de empleados, lueguito se veía al guardián o
sereno con un palo para la expulsión de los
extraños, pero no sucedía así cuando alguno de los de acá, se pasaban
para allá. Al menos los de allá tenían otro sentido de la amistad y
nadie se creía dueño del sol del otro,
el sol nos quemaba a todos por igual. Y en ese otro lado se
desarrollaban los mejores eventos deportivos de natación y waterpolo y eran
escenarios de grandes actividades deportivas con diestros nadadores de allá y
de acá, pero siempre latente el tema de
sentirse diferentes de otros, por situaciones propias del trabajo. Nos quedó marcado para
la vida de los pampinos “Eleninos” en nuestra
niñez el tema conocido de la “cañería”. Los de arriba de la cañería y los de
debajo de la cañería. Eso es un tema que no se puede negar y siempre existió y existirá porque era parte
de nuestro ADN, heredado de esas situaciones laborales que, miradas desde un
punto de vista de servicio, nos igualaban a todos pero que en las remuneraciones
nos distanciaban. Nosotros como niños
nunca entendimos eso, no había en nosotros
ese estúpido tema, pero que existía. Si.
¡existía!
En nuestro curso del 5to “C”
ocurrió una tarde de escuela, después de la vuelta de la clase de gimnasia desde
la cancha al lado del Salón de Baile, que una alumna o alumno, le dijo a
la profesora que le habían robado las zapatillas.
Parece que los dardos y miradas
para buscar culpables, siempre apuntaban a los de menos recursos, bastaba con
mirar a nuestros compañeros, algunos de extracción muy humilde pero dignos como todos,
pero éstos eran el blanco del sospechoso favorito, por que no tenía muy buena pinta, porque sus
zapatos no estaban tan lustrados o porque
usaba la camisa más ancha heredada de sus hermanos mayores. Era cosa de mirar y entender que el ladrón
debía estar ubicado en esa clase, de los de abajo, pero más abajo, porque todo
lo apuntaba a esa especie de “bullying”
de esos tiempos.
Así que la profesora, con ese
espíritu propio de maestros de vocación que nos miraba a todos con una mirada auténtica, equilibrada y cariñosa sin distinción, nos pidió que por favor la persona que había
sacado equivocadamente las zapatillas
del compañero, a la vuelta del recreo
las dejara por allí y nadie diría nada.
Una especie de acuerdo común para salvar la situación y no ser parte de algo que estaba terminantemente prohibido.
En mi casa, mi mamá nos revisaba
los bolsones y cuadernos para las tareas. No aceptaba ni una goma que no fuera la
nuestra, y hasta los lápices se marcaban
y vaya que lo pasábamos mal si llegábamos con algo que no fuera nuestro. En
caso de error involuntario, teníamos la opción de devolver, en otro caso no
había forma de remediar.
De modo que los dardos apuntaron
injustamente al más humilde del curso, el
que siendo parte de una numerosa familia, quizás el último
de seis o siete hermanos, lo vestían con lo que quedaba de los otros mayores, y
era muy notorio aunque en el cariño, la
limpieza y el esmero de mamá se reflejaba en su pulcra higiene y vestimenta, quizás
las telas más raídas, pero limpias, y así Carlitos, el que parecía ser el
más humilde del curso, fue sindicado como el ladrón de las zapatillas.
No se si deba decirlo, pero mi
inclinación siempre fue el tratar de ser un hombre justo, sin ser santo, y supe
desde un primer instante que nuestro compañero nada tenía que ver con ese hecho delictual de robarse un par de
zapatillas.
En algunas oportunidades, después
de jugar por el “Tocopilla”, habíamos ido a casa de nuestro compañero, donde su
madre, abnegada y dulce, dedicaba todos
sus tiempos a dar lo mejor de sí para su familia. Tenía la virtud de tener una
“mano buena” para plantar y sembrar en
el reducido espacio exterior del
callejón de su vivienda y algunos arbolitos le daban encanto y sombra a su
propio vergel y bajo la sombra de los altos pimientos criaba entusiasmada sus aves de corral, con lo que
siempre tenía huevos frescos para sus niños y algunos para la venta,
cuando las gallinas ponedoras
agradecidas cacareaban disfrutando de
las pisadas enamoradas del “Gallo”
colorado.
Pero en esos cursos de alumnos
pampinos, había también de todas las condiciones
habidas y por haber y algunos tenía esas malas costumbres, heredadas quizás de un padre ausente o aconsejados por otros “malandras” que siempre
hay en todo orden de cosas.
Uno de los alumnos populares, de
esos que tienen liderazgo y que le decían el “Chico”, y que era famoso por amedrentarnos
y aplicar violencia y/o golpes para dar solución rápida a los problemas o mantenernos
asustados y amenazados todo el día con encontrarnos en el ruedo del “circo romano” atrás de la
escuela a combo limpio, acusó
directamente a Carlitos y dijo a la profesora después de una larga y tediosa espera e
infructuosa búsqueda de las zapatillas y transcurridos ya de un par de recreos sin
que nada ocurriera por el tema de
que aparecieran las especies sustraídas:
-
¡Señorita! yo “vi” al ladrón de
zapatillas y se “dónde” están escondidas.
No quiero sufrir nuevamente esa dolorosa sensación de
injusticia producida en ese
ambiente de acusados e inocentes, la
profesora fue delicada en no apuntar a nadie en especial solo darnos la
oportunidad de enmendar ese error de niño.
Entonces la Maestra “Mechana”,
dulce como una madre, comisionó al “Chico” acusador y famoso, que
en verdad no tenía nada de chico,
y dos o tres más como ministros de fe,
para concurrir al lugar del escondrijo
de las zapatillas, siendo el supuesto culpable, ignorante
de esa maniobra certera y segura que
solo conocía el verdadero autor de los hechos.
Abajo del escenario de la escuela,
al que llamábamos el “proscenio”, donde
se hacían los mejores actos matinales o celebración de las efemérides de los lunes, con concursos, poesías, cantos,
competencias de leguaje y actividades artísticas, tenía esa especie de
subterráneo para las niños, muy oscuro,
propicio para la aventura, escondite
perfecto, y como la oscuridad
reinaba en todos esos rincones, era un lugar favorito para buscar o esconder tesoros.
Nos metimos entonces en esa puerta
estrecha y pequeña debajo del escenario del colegio, entre cañerías y válvulas que alimentaban los baños de ambos lados atrás del escenario, donde nunca nadie se atrevía a meterse por temor a
los insectos o quizás a las ratas y
entonces el “líder” ocasional y acusador se dirigió rápidamente al lugar
preciso donde estaban aun envueltas en bolsa de papel, las zapatillas,
siendo esa la mejor muestra de que el
único que sabía su exacta ubicación era el mismo ladrón, pues el mismo las
había escondido allí.
Eso era tremendamente notorio, a primera vista, por la expresión de sentirse el
descubridor, por el sudor, por la
mirada oscura tan propia de la mentira, y
corriendo hacia la sala como un héroe vociferante el mal “chico” que lideraba
la carrera donde nos esperaba la profesora, para mostrarle el resultado de su
exhaustiva investigación y hallazgo del
cuerpo del delito.
El curso guardó silencio, el supuesto culpable, que nunca supo que era el
sospechoso porque nadie lo acusó directamente y porque la profesora mantuvo los
límites controlados, se mantuvo como
todos los alumnos de la sala, sereno,
con el alma en paz, con la conciencia
tranquila, pero todas las miradas que se cruzaron entre nosotros apuntaban en ese gesto de cabeza y movimiento que él era
el culpable.
Al terminar la clase de ese día, acompañé a Carlitos camino a la salida de la escuela, donde cada
cual tomaba sus rumbos, ambos por las
callejuelas de “abajo”, y muy pocos por las calles y avenidas de “arriba”. Conversamos
del partido de fútbol del domingo entre
el “Tocopilla”, con el DT. Carlos Navia,
que se enfrentaría al poderoso “Cóndor”. Caminábamos normales sin tocar el tema, y en esa demostración de confianzas propias
de la amistad de niños, me dijo
secretamente:
-
“Yo vi al “Chico” robarse las zapatillas,
pues me quedé en el recreo en el depósito
de tizas, y lo vi dirigirse hasta abajo del escenario”.
El “Chico” era líder, matón, el
choro del curso, el que lideraba esas incipientes y pequeñas “mafias” de niños
que veían en él al bandolero de las películas de cowboy que nos daban en el
teatro de María Elena. Atreverse a cruzar ese camino, y llevarle la contra para enfrentarse a sus
seguras palizas, era ya una muestra de cuidadosa valentía y de prudencia
extrema.
La profesora nunca supo la verdad
por mi absoluta lealtad a mi amigo, pero quizás y más que ello, por una inocente cobardía.
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