Mis recuerdos de niñez a esta
edad, aparecen de pronto como las “polillas” del otoño que se escapan desde las
añosas vigas de madera de nuestra casa y traen en sus aleteos algunas memorias
que causan sin duda una inquietud acompañada de alguna leve y nostálgica sonrisa.
Será porque ya estamos caminando en los senderos finales
del tiempo que se acaba y que nos
acercan a la invariable meta final del destino terrenal, jugando los “descuentos”.
No queda mucho tiempo, por eso es bueno detenerse y escribir
hoy, parte de estos momentos que llegan de pronto sin buscarlos o que se
despiertan con alguna motivación concreta como una simple foto que aparece por allí
en las abundantes notas y recuerdos que difunden las redes.
La “Corporación de Vivencias Pampinas”, tiene esa magia de ir compartiendo
historias simples y fotos valiosas de archivos del ayer de nuestra pampa
salitrera y muchos que “hojean”
virtualmente las revistas Pampa en su invalorable colección digital, nos
traen recuerdos de un tiempo que alguna tarde desaparecerá con nuestros pasos y
que sin duda se pretenden perpetuar para
el conocimiento y memoria de las generaciones del mañana.
Esas ediciones de revistas pampinas estás disponibles
para todos quienes deseen indagar sobre momentos de la historia pampina en su sitio web
www.pampinos.org
Están allí disponibles, después de una ardua
investigación, búsqueda y solicitudes de
préstamos para poder digitalizar página a página sus contenidos, para ser puestas
a disposición de cualquier persona que
desee indagar en la historia escrita por los hombres y mujeres pampinas, en los
aspectos sociales, culturales, deportivos, religiosos y en la marcha eficaz y eficiente de la industria que otrora
nos regalara vida y recursos para las
generaciones pasadas y desarrollo del país.
Alguna tarde de juegos en mi barrio, conocí de vista a un soldado de gran estatura, que se trasladaba desde las agencias de buses
que funcionaban en las casas de la calle
Latorre hacia la plaza, y éste viajero
del día, vestido con sus mejores galas de soldado, de blusa blanca pulcra y
almidonada, de gran porte y estatura, “marchaba”
con paso seguro, casi desfilando, en
busca de la vecina que vivía frente a nuestra casa de Luis Acevedo, en esa casa
misteriosa, en la que se vivía muy secretamente tantas personas a las que conocíamos
a pesar de no salir mucho a compartir
alguna tardes de tertulia o conversa con los vecinos del barrio.
Allí el apuesto soldado, golpeaba la puerta y entonces
la bella joven de ese hogar, salía sonriente y
se entrababan en charlas amenas de largo aliento, diría que hasta un par de
horas sin acelerar el agradable momento, sin disfrutar quizás de un abrazo o beso por la elegancia
y respeto que inspiraba el soldado, pero
con encuentros llenos de sonrisas,
alegría e historias de novios que
iban sembrando en sus juveniles corazones las ilusiones propias del incipiente amor de juventud.
Eran tres y
hasta cuatro horas de estar allí. Muchas
veces bajo el alero de la entrada de la
vivienda, que por cierto eran pequeñas y sencillas y quizás la familia Siempsen, ocupaba todos los espacios
disponibles para tan numerosa juventud que
allí vivía.
No recuerdo para nada el dueño de casa, solo las hijas,
todas hermosas, con esas figuras esbeltas y delicadas de
mucha finura y con ese abolengo alemán que se dibujaba por todas partes, con sus
cabellos rubios y sus miradas de ojos
bellos en medio de la tez blanca que siempre marcaban sus albas sonrisas, lo
que las hacía ser personas únicas, que
marcaban a su estilo una familia muy especial, reservada y silenciosa, pero no
por ello poco comunicativas.
Y allí entonces
el entonces Cabo López, (con los años aprendí que su nombre era Rolando), pasaba tardes completas para tener que volver a su viaje de retorno, después de su
sacrificada “Salida de Franco”, a la agencia de
micros que viajaban a Antofagasta y
después de su misión cumplida, seguir
el viaje de un par de horas seguramente tedioso y largo, pero masticando esas
sensaciones propias que da el haber compartido con la grata compañía en la alegría
de haber vivido un par de horas de expresiones de sano amor y conversa. Valía la pena todos los esfuerzos.
Cuando decidí hacer de mi vida un servicio a la patria
a través del Ejército y conocer después de largos años de preparación y entrenamiento, fui destinado al regimiento de Infantería N°
7 “Esmeralda”, donde conocí a un “viejo”
Suboficial Mayor, ya en época de retiro, pero destacado todo el tiempo como
un eximio atleta de la ciudad, ganador
de muchas competencias de atletismo el cual visitaba periódicamente la Unidad,
en especial en los días de celebración de efemérides militares , de las cuales
nunca dejó de estar presente, en
especial aquellas de vísperas del 7 de
Junio, donde en una vigilia previa de
compartir en amistad, con cantos y camaradería, esperábamos el amanecer, para
celebrar los héroes de la gesta del
Asalto y toma del Morro de Arica y luego, al retirarnos pasada la medianoche, estar dispuestos a
dormir muy poco pues al amanecer del 7 de Junio, nuestra presencia era vital y fundamental
para despertar y saludar con salvas
y sincero afecto en las distintas Compañías,
a nuestros aguerridos soldados que quizás
nunca les hablaron de la historia pero
que fueron descubriendo a través de estos actos desde el amanecer hasta el mediodía,
los momentos álgidos del combate de Arica y
las consecuencias que hicieron
vencer ese bastión inexpugnable valientemente defendido, pero también valientemente tomado en 55 minutos, con lo cual Chile escribió la historia del
triunfo de este acto inmortal, pero que también recuerdan nuestros hermanos peruanos con unción
y respeto, la vida de sus soldados, celebrando ellos su “Día de la bandera”.
Hoy solo recordamos estos parajes de la
historia consumada y respetando ambos
los destinos de esos desencuentros.
Para no dispararnos al tema de la cruenta guerra, compartí entonces muchas ocasiones con ese
soldado, a la sazón Suboficial Mayor en Retiro y cuya fotografía teníamos en la Galería de los Suboficiales
Mayores en retiro del Regimiento. El SOM o don Rolando López Alamos, aunque su
rostro me parecía conocido, no lograba
encajarlo bien en el rompecabezas de mis recuerdos.
Una tarde en las
que tuve que llevarle un invitación a su domicilio particular, por allí por los callejones y recovecos de la población
“Corvallis”, encontré entonces a su esposa, la que me recibió muy amablemente
para recibir la invitación y pronto él mismo, después de dejar sus trotes y
gimnasias diarias que realizaba
sagradamente en su hogar cada día,
recordé entonces al apuesto soldado y la bella dama a quienes vi en mi
infancia lejana en esas largas tardes
de sonrisas y pololeo cercanos, frente a
mi propia casa, y descubriendo el asombroso
parecido de ella con su Matriarca, la
madre de los Siempsen que conocí en l oficina María Elena.
Así que después de
aquello, nuestros lazos de amistad se fortalecieron y siempre hubo alguna otra
oportunidad para recordar esas vivencias
personales, aunque nunca le dije que yo
divisaba por la ventana al soldado vestido
con sus mejores galas , haciendo trabajos
tácticos de acercamiento a su amada novia,
y con quienes nos unieron lazos de una hermosa amistad, sin ser muy asiduos
a visitarnos, pero que son y fueron para
mis recuerdos bellas personas, las
cuales por supuesto, ya descansan en paz.
A través de esa notas publicadas en la Corporación de Vivencias Pampinas, encontré
esta foto que recuerda su matrimonio en
Maria Elena. No tengo certezas del año, pero allí encontré a ese soldado y su
amada novia a quienes recuerdo hoy con
cariño y quise compartir esta historia
sencilla con ustedes, por si alguna vez
divisan algún nieto o familiar y le compartan este “cuento corto” de un miércoles 20 de Mayo de 2026, en que estamos en la previa espiritual para
recordar a nuestros héroes navales del Combate Naval de Iquique.
Buenas noches.

