viernes, 6 de febrero de 2026

LA CASA DEL GIGANTE

7

LA CASA DEL GIGANTE

              En esa larga calle Prat, que sube cercana a la estación  hacia la pulpería de María Elena y se pierde allá en los lejanos páramos cercanos a la piscina, en una vivienda desocupada, donde algunos años después vivió la familia Ossandón - Bueno,   estuvimos esa tarde  de niños jugando en la vereda y tratando de encaramarnos a las historias que se  escribían entre los fierros enrejados de esas  sucias ventanas, entrelazando los dedos por los cuadrados metálicos que nos servían de apoyo para no caernos, mientras nuestros pies se tambaleaban desde el  ruidoso y pesado tarro de basuras, puesto al revés,  que nos servía de escala para otear  al interior y descubrir  lo que nos habían dicho los amigos “más grandes”  de la corrida de Luis Acevedo: Allí dormía un gigante.

              Tratando de  mirar lo mejor posible en la incomodidad de nuestro observatorio, se divisaban claramente las imágenes un poco fantasmales por el polvo que opacaba el brillo  y transparencia  de los vidrios, de esas largas y voluminosas piernas y brazos extensos, que reposaban inertes, acostados por toda esa sala y parte de las dependencias contiguas, ocupando estrechamente casi toda esa morada.

              De verdad que descubrimos, subidos sobre el lomo del mal oliente  tambor con orejas  que arrastramos bulliciosos desde el callejón por la vereda, para investigar  el misterioso habitante de esa casa y que era en verdad, un tremendo gigante.

              La ignorancia de encontrarnos con algo desconocido o sorpresivo, marcaban las preocupaciones del momento y aceleraban el ritmo de nuestra nerviosa respiración  y hablando en voz muy baja, para no despertar al fantasma dormido, lográbamos con dificultad reconocer en todos los rincones de la dependencia, ese inmenso  gigante dormilón  que permanecía desmembrado en varias partes ocupando diversas habitaciones.

              Su gigantesca cabeza acomodada en el patio de esa vivienda nos observaba, muy atento, con esos ojos gigantescos que nos clavaban las pupilas y ya la preocupación se transformaba en un miedo que corría silencioso y tibio rodando en gotas que se enfriaban rápidamente por la espalda y que humedecían nuestras frentes nerviosas y  empolvadas.

              Efectivamente. Allí estaba el cuerpo y las articulaciones del gigante  que en alguna velada anterior,  miramos un tanto dormidos, tocando el inmenso y descomunal piano en ese espectáculo único que apreciamos muy poco como niños y que nuestros padres disfrutaron  en ese inolvidable clásico universitario de los alumnos de la U.T.E., y que se desarrolló  en una calurosa noche estival de un mes de febrero del año 1960, (hace 65 años atrás), en el repleto estadio de fútbol de María Elena.

              Un hombre gigante que cobraba vida, y que se articulaba con manos humanas a través de enmarañadas cuerdas,  sin tecnología, a pulso, o a  “puro ñeque”, y que movía su cabeza y  dejaba caer sus pesadas manos sobre el teclado de ese inmenso piano por donde nos quedamos enredados en las cuerdas misteriosas que sonaban armoniosas por la bocinas parlantes, en una grabación clara que nos transportaba en esas mágicas escenas a nuestros propios sueños infantiles.

              Tenía yo, seis años de corta vida.

              Nunca supe cuál fue la trama completa, pero el gigante era omnipotente y estaba “vivo”;  inmenso como esos fantasmas nocturnos que se alargaban en las noches del sueño febril  permitiéndonos creer que alguna vez alcanzaríamos su impresionante estatura.

              Esa tarde de juegos, de investigación y curiosidad de niños, subidos en el maloliente tarro basurero, mirando embelesados por las hendijas de las ventanas y agarrados de los cuadrados metálicos de las rejas, con nuestras manos y caras sucias de polvo y sudor, lo sorprendimos durmiendo y cercenado por partes,  en esa casa desocupada de la calle Prat  y oteábamos con el Nano Gatica,  temerosos de  que en cualquier momento el gigante cobrara vida  y saliera tras nosotros  en franca persecución sin ninguna posibilidad de ser los vencedores en la desigual afrenta y el pánico entonces se  apoderaba de nuestras  inquietas e inocentes miradas y los latidos del corazón de niños se aceleraba en un álgido ritmo involuntario.

              Allí vivía el gigante, desarmado para dormir tranquilo en esas calurosas tardes.  Nunca conocimos en detalles su historia y si bien la vivimos en esa noche de música, de “salnatrones” y de fuegos de artificio que pintaron de colores y luz la oscuridad del nocturno escenario del estadio, sólo recuerdo haberme quedado dormido en los brazos de mi padre mirado las gigantescas manos que tocaban  a golpes suaves el teclado del inmenso piano.

              Después de visitarlo furtivamente y temerosos en su casa de la calle Prat donde pernoctaba esperando ser llevado a otras oficinas, supe que se llamaba “COCOLICHE”, y nadie me ha explicado bien hasta hoy su magnífica historia.

              Esa casa de la calle Prat N° 46, y  que se perdía a lo lejos pasando por la Pulpería de María Elena, donde vivió alguna vez el “Cachorrito” Ossandón y su hermana María,  José y Hugo, era, fue y será siempre en mis recuerdos  la “Casa del Gigante” de la pampa.

 (Carlos Garcia Banda. Verano del 2006)






 

              

No hay comentarios:

Publicar un comentario

LA CASA DEL GIGANTE

7 LA CASA DEL GIGANTE               En esa larga calle Prat, que sube cercana a la estación  hacia la pulpería de María Elena y se pierde ...