Esta hermosa foto es del "CLAN" DE LOS MOLINA AGUILA
UN GRATO ENCUENTRO..........
Tantas
emociones en un simple encuentro en la parroquia "La Merced" de
Antofagasta, después de la Santa Misa celebrada en el “Día del Párroco”.
La querida y recordada Patricia Molina Aguila,
una pampina de tomo y lomo, reina en sus tiempos en las fiestas del salitre y
en los aniversarios7 del deportivo “Molinos” de María Elena, a la que recuerdo con el máximo cariño y
respeto.
Y junto con ella, su familia, su
numerosa y hermosa familia, que marcó mi vida, mi niñez, mi juventud. Conocí
del sacrificio, la alegría, el esfuerzo, la amistad sincera, la fe sobre todas
las cosas, la entrega y todo aquello que hizo en mi un agradecido de Dios por
conocerlos.
Sus hermanos, mis amigos, Simón, Juanito, mi
gran compañero de juegos David, un eximio futbolista con quien alguna tarde nos
trenzamos a combos después de perder la "pichanga", pero que al día
siguiente ya estábamos nuevamente hermanados y sin rencores en el paseo con los
scouts; la Gaby, el Lalo, Fernandito, caminando por el callejón con pañales de
tela y calzón de goma, casi recién nacido y por allí sin nacer aún Guillermo, a quien no tuve el gusto de conocer, pero que es del mismo "molde" de los Molina Aguila..
¡Oh Dios!
¡Cuántas cosas hermosas, cuántos paseos al Río Loa o al cementerio de Coya Sur,
cuántas tardes de mirar embelesados los atardeceres pampinos y observar el jardín
de los Molina, donde en medio del apio y
los tomates nacientes, las cáscaras de huevo
nutrían la tierra. En mi ignorancia, me imaginaba ingenuamente que
también se plantaban para tener nuevas plantas de huevos entre el verdor de las flores y verduras, en
circunstancias que en el gallinero posterior cacareaban las gallinas y en el
patio trasero la jaulita de mis amados y
esquivos conejos, me traían dulces aromas de fresca alfalfa y cáscaras de
verduras.
Una tarde que ellos me dejaron a cargo su casa y oculto en esa pieza que servía de bodega y
taller de carpintería, por las particulares cualidades de Don David, que tenía y conocía “todas” las profesiones y
oficios del mundo y que trabajaba sin descanso a toda hora, desde ese
escondrijo por primera vez en mi vida, vi un “Pato” poniendo un
huevo.....¡¡Tremendo huevo!! ¡¡Tremendo Pato!! ¡¡Gigante para mí!!
Por cuidarlo y mantenerlo tibio entre las
ropas del cajón de té donde en verdad la “Pata” puso su huevo, desconociendo
absolutamente la diferencia entre los patos “machos” y los patos
“hembra”, la generosa mamá de los
Molina, a la que nunca le faltaban invitados en su mesa, con espíritu generoso y ante mi emocionado descubrimiento, me lo
regaló para llevarlo a mi casa para la hora del té, lo cual hice
transportándolo delicadamente como todo un trofeo, como quien carga un balón de fútbol entre las manos, temeroso de no tener la
desgracia de perder ese invalorable
cascarón gigante que puso la pata, en el
inicio de esa tarde.
Doña Laura
era tremendamente generosa, con decirles que hasta los humildes “Cancheros”,
que trabajaban con sus carretas de transporte en las afueras de la
pulpería, llegaban algunas tardes,
deseosos de "pasar la resaca" a tomar un té caliente y a sentarse en esa larga mesa del “Té
Club”, en la que cabíamos todos los
“habitantes” de la comarca cercana y que éramos los “convidados de
piedra”, y que nos sumábamos a la familia Molina
completa, apretujados y empujando los cachetes por las bancas, nos acomodábamos
alegres, compartiendo el pan generoso y
tomando leche con harina tostada o disfrutando de esos “ulpos” con agua
caliente (“Cocho”) en medio de esas amenas charlas de niños con la Sra. Laura,
siempre bondadosa y buena anfitriona
que nos atendía como madre a “todos sus hijos del barrio”.
Como en
todas las casas pampinas, no había abundancia, pero ella se sacaba el pan de su boca para compartirlos
con aquellos que teníamos la fortuna de
ser amigos de los Molina.
La Sra.
Laura poseía un carácter reposado y
pasivo, jamás se alteraba, (¡claro que cuando lo hacía se “notaba”!), pero en
lo de siempre, era dulce y acogedora y no pasaba muchas rabias con tantos niños
en su casa, entre ellos los “allegados” de siempre, los que llegábamos justo
a la hora de “once” después de la “pichanga” y que sabíamos que algo nos tocaría de ese rico té pampino y esas marraquetas que aún conservaban la frescura y
cáscaras crujientes horneadas en la mañana.
¡Ah! Y ese
“gigante” huevo de Pato, (que en realidad era de “Pata”), fue mi personal huevo
frito más grande que me comí en mi
historia de niño, rebasaba la paila que
chorreaba la “clara” y que rescataba afanado con una cuchara para no
perder ni un gramo. Y mi mamá se reía de buena gana, era “MI” huevo, y comentaba las bondades de la familia
vecina, porque en esa casa pampina de “Los Molina”, había tanto amor y tanto de
la vida del "sur", esa vida
que añoraban mis padres, y que en todo estaba siempre presente el sacrificio y el incansable trabajo y tanto quehacer.
Jamás se
quejaba, y corría con su bolso de lona blanca y tranco largo, a las
faenas de la salitrera en “Los Molinos”,
y
cuando retornaba de los largos y esforzados turnos, nos regalaba en su sillón de peluquero un
corte gratuito para vernos lindos y ordenados. Sus hermanas la “Meche” y la
“Lucy” trabajadoras de la pulpería, tocaban majestuosamente el armonio en la
Parroquia "San Rafael Arcángel" de la oficina salitrera, y sus voces
eran alabanzas divinas de ángeles terrenales que subían al cielo entre el polvo del atrio moviendo siempre sus
agitados pies en los pedales del instrumento para alimentar de aire las
válvulas que daban paso a las corrientes y que salían transformadas en notas
musicales. En ese espacio sagrado nadie hablaba, solo se cantaba y entre esos
escondrijos de la madera se acumulaba blanco el polvo en los rincones, pero bajo
esa camanchaca pampina de polvo de salitre, se guardaba el barniz brillante de una noble
madera, expandiéndose las armonías por la
nave central y escapando las notas al aire por la puertita pequeña del
Campanario por donde volaban esas bellas notas musicales hacia el cielo.
(Punto
aparte me merece un sencillo recuerdo que ha quedado grabado en los discos duros
del recuerdo de la mente: Esos domingos únicos, cuando el último disco de 45
rpm de moda, giraba en el tocadiscos de
los Molina, y la voz de algún cantante
que no recuerdo en este momento, cantaba
melancólico:
- “Romané,
esa gitana, que al mirarla me enamoré….”
Y repetíamos el disco una y otra vez, hasta
terminar todos cantando la canción,
antes de que llegara el auto que llevaba a Don David al cementerio de Coya Sur
a dejar flores frescas a su madre y que en algunas oportunidades llenaba yo algún
espacio disponible y participaba de esa sagrada romería , ceremoniosa y alegre que nos llevaba por la pampa al lejano
camposanto, donde se alzaban las tumbas celestes, blancas y amarillas de tantos
pampinos que dejaron allí sus restos para la eternidad.)
Los Molina,
de la calle Luis Acevedo, diagonalmente frente a mi casa que tenía el número
94, al lado de los “Vera”, (Carleque, el
Jorge, la Jenny), con su esforzada madre la afanosa señora Laura, que cocinaba
tan ricas cazuelas y que yo olía con ansias
desde la mosquetero de la calle,
mientras esperaba al "Davicho" para jugar a la pelota en la
"corrida" fueron mi inolvidable
familia del barrio, mis hermanos de
juegos, quienes me apodaban amigablemente como “El Canuto” Garcia, por
ir tanto a Misa a ayudar al cura.
Fueron mis
cómplices y amigos de las maldades
naturales de esos niños pampinos, juguetones y traviesos.
Una tarde de juegos, Juanito, el inventor loco
de la "boligoma" que habíamos visto en el cine de María Elena y que
cocinamos echando trozos de goma de
crepé y restos de correas transportadoras de la faena, en un tarro en una
esquina de la carpintería de Don David con alto riesgo de incendio y que al
aplicarla derretida y ardiente a las zapatillas o zapatos y con esa ilusión de
volar tirarnos desde arriba del tejado
para sentir alzarse nuestros cuerpo al aire en el rebote y saltar a los
espacios azules del cielo como en la
película, en realidad nunca dieron
resultados, sólo dolor de pies, algunas magulladuras y limpiando con urgencia las suelas degastadas
para evitarnos algún reto en nuestras casas, terminando agotados y reunirnos en
la esquina adoloridos y con cuerpo agotado.
Entonces en
ese leve descanso lleno de frustraciones y zapatillas quemadas, Juanito que era inquieto y actuaba con su mente siempre agitada y “creativa”,
llenó su boca con un trago de gasolina o alcohol, puso una manguera entre sus labios, encendió
un fósforo en la salida opuesta y sopló como una potente bomba alimentada por
el aire de sus pulmones, de modo que el combustible pulverizado, ardió
explosivamente en mis pantalones y de susto me revolqué en la tierra mientras el mismo Juan, me tiraba polvo (y piedras
también), para apagar el incendio
corporal y de mi ropa, y entonces salí
corriendo en calzoncillos por la calle, con los zapatos chamuscados en mano, perdonando
ese gran gesto de amistad e "iniciación" y de “sana” convivencia tan
propio de pampinos, rumbo al resguardo de mi casa, mientras los pantalones
ardían en la esquina de la casa del “Carleque” Vera. Un pantalón de esos que
llamaban “Guardapeos“ , los primeros buzos de esos años, me salvó la intimidad
expuesta y me quedé callado y oculto mirando la ventana cómo ardían mis pantalones, sin que mi madre se enterara de esa
tragedia “noticiosa” en ese día, pero
que alguna tarde posterior me cuestionó
con un certero y violento “nalgazo” con una escoba, para aprender a no andarme
metiéndome, según sus propias palabras, en “huevadas”.
Algunas tardes
de peluseo o de “pandilla” después de ver esas películas de vaqueros que irrumpían
por los cañones del Colorado persiguiendo indios, concurríamos a la “Carbonera” del Negro Muza a recoger trozos
de carbón de piedra, y aprovechando la cercanía de la Estación, recogíamos de
entre los rieles y durmientes, restos de salitre granulado y terrones amarillos de azufre de las cargas
que frecuentemente pasaban por esos lados a las faenas, (nos escupíamos las
manos y poníamos los trozos de azufre en las palmas y el humo y fuego nos quemaban la piel y surgían
esos vapores tóxicos y los garabatos naturales de los niños ante el peligro, pero sin mayores quejas, más que eso, con
sonrisas alegres, como parte de nuestros “juegos y “fuegos”, y nadie se murió nunca por eso.
Un martillo
o una estaca de cabeza curva encontrada en las vías, nos servía de herramienta de golpe, y con el carbón piedra bien molido, mezclado al salitre
granulado y ese azufre amarillento y mal
olor, fabricábamos pólvora dentro de una
vieja olla encontrada en la basura, y entonces
jugábamos a reventar ampolletas, poniendo la mezcla en tarros de Nescafé,
con mecha de trapo que encendíamos con fósforos justo debajo de las luminarias
y al explosar la carga interior, la tapa salía violentamente hacia el cielo,
quebraba la bombilla y entre los vítores
alegres de la maldad del término del agitado día, nos sentíamos felices. A
veces para asegurar la carga, le poníamos un “petardo” grande de envoltorio rojo de esos “chinos”. Era la
“fiesta” de la oscuridad del barrio sin luminarias y el secreto mejor guardado
de tantos cómplices de la mala y arriesgada broma. La casa de los Pastenes, la
del número 93, casi siempre era la
primera en ser afectada.
¡Ay Dios! ¡Qué recuerdos!
Ese encuentro breve me permite dar las gracias
a la querida Patricia Molina por habernos saludado y encontrado, como siempre
en las cosas de Dios. Sin duda, la partida de tu esposo, el negrito Gahona,
marcó también nuestros recuerdos, y quedamos de alguna tarde tomarnos un
"té pampino", con hierba Luisa o cedrón y pan con aceitunas negras y
amargas de Azapa, para recordar el mayor regalo que nos dio la vida: la amistad pampina (que nunca muere) y las nostalgias de la cuna de sacos blancos
harineros que nos vio nacer desterrando
las vanidades humanas y que perduran con ese olor a polvo y pampa que nos
regaló abrigos en las noches invernales y que se mantienen albos como el alma
blanca, de lluvias de salitre y purezas que perduran por siempre en nuestros
corazones de pampinos.
Y todo eso
lo vivimos en un corto "segundo" de abrazos, recuerdos y nostalgias.
¡¡Gracias
Dios por la vida que me tocó vivir!!
(Me tomé la libertad de subir estas fotos que son de propiedad de la página Pampinos.cl. que administra Fernando Molina y que en estos recuerdos, era un bebé con pañales. )
Gracias...
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