jueves, 30 de abril de 2026

UN GRATO ENCUENTRO..........

 

(Recuerdo de un 06 de Agosto de 2019. Siete años ya…)

Esta hermosa foto  es del "CLAN" DE LOS MOLINA AGUILA


Sentados: Patricia, Gabriela y David
De pie: Simón, Fernando, Guillermo, Juanito y "Lalo"
Los "MOLINA  - AGUILA"

UN GRATO ENCUENTRO..........

            Tantas emociones en un simple encuentro en la parroquia "La Merced" de Antofagasta, después de la Santa Misa celebrada en el “Día del Párroco”.

             La querida y recordada Patricia Molina Aguila, una pampina de tomo y lomo, reina en sus tiempos en las fiestas del salitre y en los aniversarios7 del deportivo “Molinos” de María Elena,   a la que recuerdo con el máximo cariño y respeto.

            Y junto con ella, su familia, su numerosa y hermosa familia, que marcó mi vida, mi niñez, mi juventud. Conocí del sacrificio, la alegría, el esfuerzo, la amistad sincera, la fe sobre todas las cosas, la entrega y todo aquello que hizo en mi un agradecido de Dios por conocerlos.

             Sus hermanos, mis amigos, Simón, Juanito, mi gran compañero de juegos David, un eximio futbolista con quien alguna tarde nos trenzamos a combos después de perder la "pichanga", pero que al día siguiente ya estábamos nuevamente hermanados y sin rencores en el paseo con los scouts; la Gaby, el Lalo, Fernandito, caminando por el callejón con pañales de tela y calzón de goma, casi recién nacido y por allí sin nacer aún Guillermo, a quien no tuve el gusto de conocer, pero que es del mismo "molde" de los Molina Aguila..

            ¡Oh Dios! ¡Cuántas cosas hermosas, cuántos paseos al Río Loa o al cementerio de Coya Sur, cuántas tardes de mirar embelesados los atardeceres pampinos y observar el jardín de los Molina,  donde en medio del apio y los tomates nacientes, las cáscaras de huevo  nutrían la tierra. En mi ignorancia, me imaginaba ingenuamente que también se plantaban para tener nuevas plantas de huevos entre  el verdor de las flores y verduras, en circunstancias que en el gallinero posterior cacareaban las gallinas y en el patio trasero la jaulita de mis amados  y esquivos conejos, me traían dulces aromas de fresca alfalfa y cáscaras de verduras.

             Una tarde que ellos me dejaron a cargo su casa   y oculto en esa pieza que servía de bodega y taller de carpintería, por las particulares cualidades de Don David, que  tenía y conocía “todas” las profesiones y oficios del mundo y que trabajaba sin descanso a toda hora, desde ese escondrijo por primera vez en mi vida, vi un “Pato” poniendo un huevo.....¡¡Tremendo huevo!! ¡¡Tremendo Pato!! ¡¡Gigante para mí!!

             Por cuidarlo y mantenerlo tibio entre las ropas del cajón de té donde en verdad la “Pata” puso su huevo, desconociendo absolutamente  la diferencia  entre los patos “machos” y los patos “hembra”,  la generosa mamá de los Molina, a la que nunca le faltaban invitados en su mesa,  con espíritu generoso  y ante mi emocionado descubrimiento, me lo regaló para llevarlo a mi casa para la hora del té, lo cual hice transportándolo delicadamente como todo un trofeo, como quien  carga un balón de fútbol  entre las manos, temeroso de no tener la desgracia de perder  ese invalorable cascarón gigante  que puso la pata, en el inicio de esa tarde.

            Doña Laura era tremendamente generosa, con decirles que hasta los humildes “Cancheros”, que trabajaban con sus carretas de transporte en las afueras de la pulpería,  llegaban algunas tardes, deseosos de "pasar la resaca" a tomar un té caliente y  a sentarse en esa larga mesa del “Té Club”,  en la que cabíamos todos los “habitantes” de la comarca cercana y que éramos los “convidados de piedra”,  y  que nos sumábamos a la familia Molina completa, apretujados y empujando los cachetes por las bancas, nos acomodábamos alegres, compartiendo el pan  generoso y tomando leche con harina tostada o disfrutando de esos “ulpos” con agua caliente (“Cocho”) en medio de esas amenas charlas de niños con la Sra. Laura, siempre bondadosa y buena   anfitriona que nos atendía como madre a “todos sus hijos del barrio”.

            Como en todas las casas pampinas, no había abundancia, pero ella  se sacaba el pan de su boca para compartirlos con aquellos  que teníamos la fortuna de ser amigos de los Molina.

            La Sra. Laura poseía un carácter  reposado y pasivo, jamás se alteraba, (¡claro que cuando lo hacía se “notaba”!), pero en lo de siempre, era dulce y acogedora y no pasaba muchas rabias con tantos niños en su casa, entre ellos los “allegados” de siempre, los que llegábamos justo a  la hora de “once” después  de la “pichanga” y  que sabíamos que algo  nos tocaría de  ese rico té pampino y esas  marraquetas que aún conservaban la frescura y cáscaras crujientes horneadas en la mañana.

             El pan con chancho o mezclas de mantequilla y paté, desplazados con abundancia oceánica  entre las migas blancas y gruesas de la marraqueta  o el pan con huevo, fueron esos manjares que perduran con sus sabores en los paladares del recuerdo con esos sabores inolvidables.

            ¡Ah! Y ese “gigante” huevo de Pato, (que en realidad era de “Pata”), fue mi personal huevo frito más grande que me comí en mi  historia de niño, rebasaba la paila que  chorreaba la “clara” y que rescataba afanado con una cuchara para no perder ni un gramo. Y mi mamá se reía de buena gana, era “MI” huevo,  y comentaba las bondades de la familia vecina, porque en esa casa pampina de “Los Molina”, había tanto amor y tanto de la vida del "sur",  esa vida que añoraban mis padres, y que en todo estaba siempre presente  el sacrificio y  el incansable trabajo y  tanto quehacer.

              El Sr. Molina, Don David,  era hombre de  trabajo, trabajo y trabajo, siempre afable y con su invariable sonrisa y alegría,  bromista como nadie, era el autor del cuento que yo a pies juntillas me creía, como el de “sembrar” sus cáscaras en el jardín. Con los años,  alguna tarde Simón me dijo: “Eso lo ponían para que no “ojearan” las plantas. Un secreto de campo.

            Jamás se quejaba, y corría con su bolso de lona blanca y tranco largo, a las faenas de la salitrera en  “Los Molinos”,   y cuando retornaba de los largos y esforzados turnos,  nos regalaba en su sillón de peluquero un corte gratuito para vernos lindos y ordenados. Sus hermanas la “Meche” y la “Lucy” trabajadoras de la pulpería, tocaban majestuosamente el armonio en la Parroquia "San Rafael Arcángel" de la oficina salitrera, y sus voces eran alabanzas divinas de ángeles terrenales que subían al cielo entre  el polvo del atrio moviendo siempre sus agitados pies en los pedales del instrumento para alimentar de aire las válvulas que daban paso a las corrientes y que salían transformadas en notas musicales. En ese espacio sagrado nadie hablaba, solo se cantaba y entre esos escondrijos de la madera se acumulaba blanco el polvo en los rincones, pero bajo esa camanchaca pampina de polvo de salitre,  se guardaba el barniz brillante de una noble madera, expandiéndose las armonías  por la nave central y escapando las notas al aire por la puertita pequeña del Campanario por donde volaban esas bellas notas musicales hacia el cielo.

            (Punto aparte me merece un sencillo recuerdo que ha quedado grabado en los discos duros del recuerdo de la mente: Esos domingos únicos, cuando el último disco de 45 rpm  de moda, giraba en el tocadiscos de los Molina,  y la voz de algún cantante que no recuerdo en este momento,  cantaba melancólico:

            - “Romané, esa gitana, que al mirarla me enamoré….”

             Y repetíamos el disco una y otra vez, hasta terminar todos cantando  la canción, antes de que llegara el auto que llevaba a Don David al cementerio de Coya Sur a dejar flores frescas a su madre y que en algunas oportunidades llenaba yo algún espacio disponible y participaba de esa sagrada romería , ceremoniosa y alegre  que nos llevaba por la pampa al lejano camposanto, donde se alzaban las tumbas celestes, blancas y amarillas de tantos pampinos que dejaron allí sus restos para la eternidad.)

 

            Los Molina, de la calle Luis Acevedo, diagonalmente frente a mi casa que tenía el número 94,  al lado de los “Vera”, (Carleque, el Jorge, la Jenny), con su esforzada madre la afanosa señora Laura, que cocinaba tan ricas cazuelas  y que yo olía con ansias desde la mosquetero de la calle,  mientras esperaba al "Davicho" para jugar a la pelota en la "corrida" fueron mi inolvidable  familia del barrio, mis hermanos de   juegos, quienes me apodaban amigablemente como “El Canuto” Garcia, por ir tanto a Misa a ayudar al cura.

 

         Fueron mis cómplices y amigos de las  maldades naturales de esos niños pampinos, juguetones y traviesos.

 

             Una tarde de juegos, Juanito, el inventor loco de la "boligoma" que habíamos visto en el cine de María Elena y que cocinamos echando trozos de  goma de crepé y restos de correas transportadoras de la faena, en un tarro en una esquina de la carpintería de Don David con alto riesgo de incendio y que al aplicarla derretida y ardiente a las zapatillas o zapatos y con esa ilusión de volar tirarnos desde arriba del tejado  para sentir alzarse nuestros cuerpo al aire en el rebote y saltar a los espacios azules del cielo  como en la película, en realidad  nunca dieron resultados, sólo dolor de pies, algunas magulladuras y   limpiando con urgencia las suelas degastadas para evitarnos algún reto en nuestras casas, terminando agotados y reunirnos en la esquina adoloridos y con cuerpo agotado.

            Entonces en ese leve descanso lleno de frustraciones y zapatillas quemadas,  Juanito que era inquieto y  actuaba con su mente siempre agitada y “creativa”, llenó su boca con un trago de gasolina o alcohol,  puso una manguera entre sus labios, encendió un fósforo en la salida opuesta y sopló como una potente bomba alimentada por el aire de sus pulmones, de modo que el combustible pulverizado, ardió explosivamente en mis pantalones y de susto me revolqué en la tierra mientras  el mismo Juan, me tiraba polvo (y piedras también),  para apagar el incendio corporal y de mi ropa,  y entonces salí corriendo en calzoncillos por la calle, con los zapatos chamuscados en mano, perdonando ese gran gesto de amistad e "iniciación" y de “sana” convivencia tan propio de pampinos, rumbo al resguardo de mi casa, mientras los pantalones ardían en la esquina de la casa del “Carleque” Vera. Un pantalón de esos que llamaban “Guardapeos“ , los primeros buzos de esos años, me salvó la intimidad expuesta y me quedé callado y oculto mirando la ventana cómo ardían  mis pantalones,  sin que mi madre se enterara de esa tragedia  “noticiosa” en ese día, pero que alguna tarde posterior me  cuestionó con un certero y violento “nalgazo” con una escoba, para aprender a no andarme metiéndome, según sus propias palabras, en “huevadas”.

 

            Algunas tardes de peluseo o de “pandilla” después de ver esas películas de vaqueros que irrumpían por los cañones del Colorado persiguiendo indios,  concurríamos a  la “Carbonera” del Negro Muza a recoger trozos de carbón de piedra, y aprovechando la cercanía de la Estación, recogíamos de entre los rieles y durmientes, restos de salitre granulado  y terrones amarillos de azufre de las cargas que frecuentemente pasaban por esos lados a las faenas, (nos escupíamos las manos y poníamos los trozos de azufre en las palmas y el  humo y fuego nos quemaban la piel y surgían esos vapores tóxicos y los garabatos naturales de los niños ante el peligro,  pero sin mayores quejas, más que eso, con sonrisas alegres, como parte de nuestros “juegos y “fuegos”,  y nadie se murió nunca por eso.

 

            Un martillo o una estaca de cabeza curva encontrada en las vías, nos servía de  herramienta de golpe, y con el  carbón piedra bien molido, mezclado al salitre granulado y ese azufre amarillento y  mal olor,  fabricábamos pólvora dentro de una vieja olla encontrada en la basura, y entonces  jugábamos a reventar ampolletas, poniendo la mezcla en tarros de Nescafé, con mecha de trapo que encendíamos con fósforos justo debajo de las luminarias y al explosar la carga interior, la tapa salía violentamente hacia el cielo, quebraba la bombilla y entre  los vítores alegres de la maldad del término del agitado día, nos sentíamos felices. A veces para asegurar la carga, le poníamos un “petardo”  grande de  envoltorio rojo de esos “chinos”. Era la “fiesta” de la oscuridad del barrio sin luminarias y el secreto mejor guardado de tantos cómplices de la mala y arriesgada broma. La casa de los Pastenes, la del número 93,   casi siempre era la primera en ser afectada.

             ¡Ay Dios! ¡Qué recuerdos!

             Ese encuentro breve me permite dar las gracias a la querida Patricia Molina por habernos saludado y encontrado, como siempre en las cosas de Dios. Sin duda, la partida de tu esposo, el negrito Gahona, marcó también nuestros recuerdos, y quedamos de alguna tarde tomarnos un "té pampino", con hierba Luisa o cedrón y pan con aceitunas negras y amargas de Azapa, para recordar el mayor regalo que nos dio la vida: la amistad  pampina (que nunca muere)  y las nostalgias de la cuna de sacos blancos harineros que nos vio nacer  desterrando las vanidades humanas y que perduran con ese olor a polvo y pampa que nos regaló abrigos en las noches invernales y que se mantienen albos como el alma blanca, de lluvias de salitre y purezas que perduran por siempre en nuestros corazones de pampinos.

            Y todo eso lo vivimos en un corto "segundo" de abrazos, recuerdos y nostalgias.

 

            ¡¡Gracias Dios por la vida que me tocó vivir!!

(Me tomé la libertad de  subir estas fotos que son de propiedad de la página Pampinos.cl. que administra Fernando Molina y que en estos recuerdos, era un bebé con pañales. )

Gracias...










 

 

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