miércoles, 11 de febrero de 2026

UN GRAN REGALO DE VIDA....


UN GRAN REGALO  DE VIDA

¡¡Que regalo de vida fue Don Ernesto Olivares para los pampinos!!

              Esta crónica sencilla, de  quien es iletrado y que no tiene ningún mérito para “creerse”  recopilador de historias, está escrita con la pluma del alma, con ese sentimiento que fluye desde los torrentes de las cansadas venas que aun irrigan sangre de vida el cuerpo, y que conectan las memorias acumuladas en la mente con los más bellos recuerdos de nuestra infancia pampina en nuestro mejor paraíso terrenal: “ María Elena”, y que solo entienden los que vivieron allí o los que fueron hijos adoptivos de esa “Madre del Salitre”, que acogió a tantos miles de personas,  pasajeras o estables, circunstanciales o momentáneas, pero que lograron, venciendo primeramente las adaptaciones naturales del cuerpo y la mente   del duro clima desértico e inhóspito de la zona, integrarse luego a esas calles eternas de veredas polvorientas y escenarios del desierto, donde el  trabajo fue la perenne preocupación de nuestros padres, y donde sus habitantes, al superar los duros obstáculos iniciales de la adaptación inicial, lograron vencerse asimismo    y  sentirse definitivamente pampinos, hijos del rigor,  del  sacrificio y de las eternas alegrías que nos acompañaron, dejando bajo esa capa de la paz, algunas inesperadas o dolorosas y hasta olvidadas tristezas.

              En mis recuerdos de niño, en esas  noches de convulsiones y altos estados febriles, cuando mi padre rezaba el Santo Rosario, aferrado como única esperanza ante la imagen de la Virgen de Lourdes de nuestra cómoda cajonera pampina fabricada en la carpintería, y porque no sabía hacer otra cosas que no fuera rezar  aparte de conducir, mi madre como todas las heroínas que fueron nuestras madres,  en medio de la cama del pequeño cuarto,  afirmaba con fuerza y entereza mis saltos y tercianas convulsivas originados por la alta fiebre que consumía mi cuerpo de niño enfermo, y entonces surgía la llamada no equivocada y esperanzadora de:

              - Hay que llamar a Don Ernesto al hospital,  y atravesando mi padre las calles aledañas, desde el pasaje Orella, conseguir el  único fono del barrio disponible y solo para emergencias, para que en  pocos minutos, llegara  el furgón blanco ambulancia del Hospital, y ya mi cuerpo que solo veía sombras alargadas y  estériles en esa oscuridad que vi en muchas noches de alta fiebre cercano a la muerte,  oía la voz lejana del “ángel de blanco” que llegaba con su cajita plateada con elementos de inyecciones,  para indicar después del tacto en la frente cubierta de papas con sal, para mitigar el calor corporal, y de inmediato recetaba escueto:

              - ¡Penicilina! urgente.

              Volteado con las nalgas al aire entregado al fondo de las sábanas tibias y húmedas de sudor, la mano ágil y silenciosa del ángel de blanco,   inoculaba el medicamento salvador con delicadeza extrema, y antes de  asegurarse la limpieza de la zona con alcohol puro, rotando en círculos alrededor del lugar de la inyección, una pequeña gaza con tela adhesiva, de esa que se pegaba  profundamente y que hasta en las semanas siguientes y ya recuperado,  aún se adhería con fuerza a la zona afectada, hablaba  entonces el ángel de blanco y recomendaba:

              -Mucho líquido, cama y reposo….

              Y se retiraba, con su serenidad de enviado de Dios, con su traje elegante y  albo de “Practicante”, con su caja y enseres brillantes con color de plata, y  sus zapatones pulcramente blancos se desplazaban con paso seguro por el piso de madera de la salita de entrada, hasta alcanzar el asiento delantero de la ambulancia y retirarse  a un nuevo llamado en esas largas y tediosas tareas diurnas y/o nocturnas de esos servidores de la salud de nuestros hospitales pampinos, en los que entregaban todo su servicio, vocación y  experiencia, no solamente nuestro querido Señor Ernesto Olivares, sino los  recordados practicantes de entonces como los Sres. Soria, Mercado, Félix Ovalle y tantos otros,  y que tenían  casi título de “médicos del pueblo”,  pues se manejaban con gran conocimiento en todos los diagnósticos que su trabajo les enseñaba en esa “Universidad de la vida”  con tantos enfermos afectados, tratados y sanados  cada día.

              Hoy fue un día de esos en que las lágrimas se acumulan en el corazón y  afloran como ríos incontenibles de tristezas, porque  esto que les cuento, ya es un rica historia de un gran tiempo  transcurrido y aproximado a más de sesenta y cinco años, y aunque la mente guardó el recuerdo, y los tiempos se fueron cabalgando en los llanos de la vida de cada cual, quizá el injusto olvido o preocupación, nos nubló  en tener la oportunidad de reconocer  esos actos heroicos de los practicantes pampinos de ayer y entre ellos el inolvidable Ernestito Olivares.

              Don Ernesto hizo una vida ejemplar de familia  junto a su esposa y sus hijos Ernesto y Rosita que fueron su mayor preocupación y orgullo en esos tiempos. Siempre educados, brillantes,  acicalados y con ese amor inconfundible de padres preocupados por sus pequeños. Vimos parte de su evolución y desarrollo, siempre  respetuosos y educados. La mejor "herencia" de sus padres.

              Guardamos de él los mejores recuerdos, su caballerosidad como herramienta  de respeto, su  abnegación como resultado de su vocación de servir en su trabajo, su seriedad  en el sentido de transformar su experiencia en acertados diagnósticos, avalados siempre por ese equipo de médicos que confiaban plenamente en sus capacidades, su generosidad, ejemplo de paternidad, esposo  ejemplar; un hombre dedicado  a su familia en forma integral y  a quien fue el gran amor de su vida su amada esposa, que partió antes al encuentro con el Padre y que él acompañó en estos noventa y nueve largos años de vida, rodeado del amor de sus hijos, sus nietos, sus bisnietos y todos los que hacen  de  este excepcional grupo familiar una red que se extiende  desde un tronco único de origen y que lleva impregnado en sus propias personalidades, las bondades, generosidad y alma pampina de todos quienes surgieron de ese tronco de los Olivares – Contreras y todos quienes siguen  esa tradición de unión, hermandad unidos por esas raíces que se extienden como ramas con incontables familias, pero que todas ellas se unen en los mismos valores impregnados por el “patriarca”  honesto,  servicial y  comprometido que fue don Ernesto Olivares. No en vano la Ilustre Municipalidad de María Elena, a  través de su Alcalde Sr. Norambuena, le reconociera ese amor de todas las familias pampinas que conocieron a Don Ernesto, otorgándole el no menos preciado titulo de  “HIJO ILUSTRE DE MARIA ELENA”, lo que llena de orgullo a los cientos de hogares y miles de personas que alguna vez se vieron favorecidos por el trabajo honesto y servicial del Don Ernesto, el sencillo “Practicante”, el hombre que vestía de blanco como ángel, pulcro,  sin mancha , y que entregaba toda su bondad y sabiduría a padres e  hijos de los pampinos de ayer,  que confiaron en sus manos, en su amor y en ese  servicio  no exento de cansancios o sinsabores y de dolores que son parte de nuestra naturaleza humana pero que se superan con compromiso y decisión de servir.

              Rogamos a través de estas sencillas palabras al Señor de las Alturas, un eterno descanso por su alma, la que estará  unida desde hoy a su  amada esposa en ese lugar en que alguna vez nos estrecharemos como hermanos y amigos pampinos de toda la vida.

               Hoy en la despedida su nieta Rossi, nos  calmaba las tristezas con esa canción que gustó y bailó tanta veces Don  Ernesto con su amada esposa y hasta con sus nietas y familia y que  hoy  junto a las notas inolvidables del  “Trio Los Panchos”,  se mezclaron en nuestros abrazos, en nuestra piel, en nuestras manos unidad a su espíritu,  en nuestra lágrimas salobres pero dulces del homenaje y en todo lo que logramos vivir  en su despedida tan íntima, tan sobria, sencilla, pero llena de cariño y de muestras de  agradecimiento y valor por su vida y por todo lo que nos regaló de su personalidad para con todos nosotros, por lo que solamente pudimos decirle: ¡Don Ernesto: Gracias por todo!

              Los pampinos somos  así, sencillos, llenos de sentimientos, expresamos lo que sentimos, nos hermanamos en el dolor, nos unimos en la desgracia, lloramos en las tristes y obligadas ausencias y nos alegramos en los momentos que la vida nos ofrece esta posibilidad de compartir nuestro sentir con las personas que son  la continuidad de esa verdadera elite de los “Olivares”, que seguirán brillando porque son gente de bien, de valores, de crianza sacrificada y lleno de esa herencia de amor y servicio que le legaron quienes dieron origen a esa familia pampina inolvidable y que hoy despedimos  convencidos que estará siempre en nuestros corazones y recuerdos.

 

              En el corolario final, entonamos en el silencio de nuestras almas su canción, la que fue su favorita y la que  le acompañará y nos acompañará en lo que nos queda de vida en este mundo……

 

Sin ti

No podré vivir jamás

Y pensar que nunca más

Estarás junto a mí

Sin ti

Que me puede ya importar

Si lo que me hace llorar

Está lejos de aquí

Sin ti

No hay clemencia en mi dolor

La esperanza de mi amor

Te la lleves por fin

Sin ti

Es inútil vivir

Como inútil será

El quererte olvidar

Sin ti

No podré vivir jamás

Y pensar que nunca más

Estarás junto a mí

Sin ti

Que me puede ya importar

Si lo que me hace llorar

Está lejos de aquí

Sin ti

No hay clemencia en mi dolor

La esperanza de mi amor

Te la lleves por fin

Sin ti

Es inútil vivir

Como inútil será

El quererte olvidar

 

Descanse en paz Don Ernesto Olivares junto a su amada esposa Mignaloy Contreras Castillo.

 

 

 

 

 

 

Sin ti

No podré vivir jamás

Y pensar que nunca más

Estarás junto a mí

Sin ti

Que me puede ya importar

Si lo que me hace llorar

Está lejos de aquí

Sin ti

No hay clemencia en mi dolor

La esperanza de mi amor

Te la lleves por fin

Sin ti

Es inútil vivir

Como inútil será

El quererte olvidar

Sin ti

No podré vivir jamás

Y pensar que nunca más

Estarás junto a mí

Sin ti

Que me puede ya importar

Si lo que me hace llorar

Está lejos de aquí

Sin ti

No hay clemencia en mi dolor

La esperanza de mi amor

Te la lleves por fin

Sin ti

Es inútil vivir

Como inútil será

El quererte olvidar

 

              Descanse en paz Don Ernesto Olivares  Solar junto a su amada esposa.



 

 

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