UN GRAN
REGALO DE VIDA
¡¡Que
regalo de vida fue Don Ernesto Olivares para los pampinos!!
Esta crónica sencilla, de quien es iletrado y que no tiene ningún
mérito para “creerse” recopilador de
historias, está escrita con la pluma del alma, con ese sentimiento que fluye
desde los torrentes de las cansadas venas que aun irrigan sangre de vida el
cuerpo, y que conectan las memorias acumuladas en la mente con los más bellos
recuerdos de nuestra infancia pampina en nuestro mejor paraíso terrenal: “
María Elena”, y que solo entienden los que vivieron allí o los que fueron hijos
adoptivos de esa “Madre del Salitre”, que acogió a tantos miles de
personas, pasajeras o estables,
circunstanciales o momentáneas, pero que lograron, venciendo primeramente las
adaptaciones naturales del cuerpo y la mente
del duro clima desértico e inhóspito de la zona, integrarse luego a esas
calles eternas de veredas polvorientas y escenarios del desierto, donde el trabajo fue la perenne preocupación de
nuestros padres, y donde sus habitantes, al superar los duros obstáculos
iniciales de la adaptación inicial, lograron vencerse asimismo y
sentirse definitivamente pampinos, hijos del rigor, del sacrificio
y de las eternas alegrías que nos acompañaron, dejando bajo esa capa de la paz,
algunas inesperadas o dolorosas y hasta olvidadas tristezas.
En mis recuerdos de niño, en
esas noches de convulsiones y altos
estados febriles, cuando mi padre rezaba el Santo Rosario, aferrado como única
esperanza ante la imagen de la Virgen de Lourdes de nuestra cómoda cajonera
pampina fabricada en la carpintería, y porque no sabía hacer otra cosas que no
fuera rezar aparte de conducir, mi madre
como todas las heroínas que fueron nuestras madres, en medio de la cama del pequeño cuarto, afirmaba con fuerza y entereza mis saltos y
tercianas convulsivas originados por la alta fiebre que consumía mi cuerpo de
niño enfermo, y entonces surgía la llamada no equivocada y esperanzadora de:
- Hay que llamar a Don Ernesto al hospital, y atravesando mi padre las calles aledañas,
desde el pasaje Orella, conseguir el
único fono del barrio disponible y solo para emergencias, para que
en pocos minutos, llegara el furgón blanco ambulancia del Hospital, y
ya mi cuerpo que solo veía sombras alargadas y
estériles en esa oscuridad que vi en muchas noches de alta fiebre
cercano a la muerte, oía la voz lejana
del “ángel de blanco” que llegaba con su cajita plateada con elementos de
inyecciones, para indicar después del
tacto en la frente cubierta de papas con sal, para mitigar el calor corporal, y
de inmediato recetaba escueto:
- ¡Penicilina! urgente.
Volteado con las nalgas al aire
entregado al fondo de las sábanas tibias y húmedas de sudor, la mano ágil y
silenciosa del ángel de blanco,
inoculaba el medicamento salvador con delicadeza extrema, y antes
de asegurarse la limpieza de la zona con
alcohol puro, rotando en círculos alrededor del lugar de la inyección, una
pequeña gaza con tela adhesiva, de esa que se pegaba profundamente y que hasta en las semanas siguientes
y ya recuperado, aún se adhería con
fuerza a la zona afectada, hablaba entonces el ángel de blanco y recomendaba:
-Mucho líquido, cama y reposo….
Y se retiraba, con su serenidad de
enviado de Dios, con su traje elegante y
albo de “Practicante”, con su caja y enseres brillantes con color de
plata, y sus zapatones pulcramente blancos
se desplazaban con paso seguro por el piso de madera de la salita de entrada,
hasta alcanzar el asiento delantero de la ambulancia y retirarse a un nuevo llamado en esas largas y tediosas
tareas diurnas y/o nocturnas de esos servidores de la salud de nuestros hospitales
pampinos, en los que entregaban todo su servicio, vocación y experiencia, no solamente nuestro querido
Señor Ernesto Olivares, sino los recordados
practicantes de entonces como los Sres. Soria, Mercado, Félix Ovalle y tantos
otros, y que tenían casi título de “médicos del pueblo”, pues se manejaban con gran conocimiento en
todos los diagnósticos que su trabajo les enseñaba en esa “Universidad de la vida” con tantos enfermos afectados, tratados y
sanados cada día.
Hoy
fue un día de esos en que las lágrimas se acumulan en el corazón y afloran como ríos incontenibles de tristezas,
porque esto que les cuento, ya es un
rica historia de un gran tiempo
transcurrido y aproximado a más de sesenta y cinco años, y aunque la
mente guardó el recuerdo, y los tiempos se fueron cabalgando en los llanos de
la vida de cada cual, quizá el injusto olvido o preocupación, nos nubló en tener la oportunidad de reconocer esos actos heroicos de los practicantes
pampinos de ayer y entre ellos el inolvidable Ernestito Olivares.
Don Ernesto hizo una vida ejemplar
de familia junto a su esposa y sus hijos
Ernesto y Rosita que fueron su mayor preocupación y orgullo en esos tiempos.
Siempre educados, brillantes, acicalados
y con ese amor inconfundible de padres preocupados por sus pequeños. Vimos
parte de su evolución y desarrollo, siempre
respetuosos y educados. La mejor "herencia" de sus padres.
Guardamos de él los mejores
recuerdos, su caballerosidad como herramienta
de respeto, su abnegación como
resultado de su vocación de servir en su trabajo, su seriedad en el sentido de transformar su experiencia en
acertados diagnósticos, avalados siempre por ese equipo de médicos que
confiaban plenamente en sus capacidades, su generosidad, ejemplo de paternidad,
esposo ejemplar; un hombre dedicado a su familia en forma integral y a quien fue el gran amor de su vida su amada
esposa, que partió antes al encuentro con el Padre y que él acompañó en estos
noventa y nueve largos años de vida, rodeado del amor de sus hijos, sus nietos,
sus bisnietos y todos los que hacen de este excepcional grupo familiar una red que se
extiende desde un tronco único de origen
y que lleva impregnado en sus propias personalidades, las bondades, generosidad
y alma pampina de todos quienes surgieron de ese tronco de los Olivares –
Contreras y todos quienes siguen esa tradición
de unión, hermandad unidos por esas raíces que se extienden como ramas con
incontables familias, pero que todas ellas se unen en los mismos valores
impregnados por el “patriarca”
honesto, servicial y comprometido que fue don Ernesto Olivares. No
en vano la Ilustre Municipalidad de María Elena, a través de su Alcalde Sr. Norambuena, le
reconociera ese amor de todas las familias pampinas que conocieron a Don
Ernesto, otorgándole el no menos preciado titulo de “HIJO ILUSTRE DE MARIA ELENA”, lo que llena
de orgullo a los cientos de hogares y miles de personas que alguna vez se
vieron favorecidos por el trabajo honesto y servicial del Don Ernesto, el
sencillo “Practicante”, el hombre que vestía de blanco como ángel, pulcro, sin mancha , y que entregaba toda su bondad y
sabiduría a padres e hijos de los
pampinos de ayer, que confiaron en sus
manos, en su amor y en ese servicio no exento de cansancios o sinsabores y de
dolores que son parte de nuestra naturaleza humana pero que se superan con
compromiso y decisión de servir.
Rogamos a través de estas
sencillas palabras al Señor de las Alturas, un eterno descanso por su alma, la
que estará unida desde hoy a su amada esposa en ese lugar en que alguna vez
nos estrecharemos como hermanos y amigos pampinos de toda la vida.
Hoy en la despedida su nieta Rossi, nos calmaba las tristezas con esa canción que
gustó y bailó tanta veces Don Ernesto
con su amada esposa y hasta con sus nietas y familia y que hoy
junto a las notas inolvidables del
“Trio Los Panchos”, se mezclaron
en nuestros abrazos, en nuestra piel, en nuestras manos unidad a su
espíritu, en nuestra lágrimas salobres
pero dulces del homenaje y en todo lo que logramos vivir en su despedida tan íntima, tan sobria,
sencilla, pero llena de cariño y de muestras de
agradecimiento y valor por su vida y por todo lo que nos regaló de su
personalidad para con todos nosotros, por lo que solamente pudimos decirle: ¡Don
Ernesto: Gracias por todo!
Los pampinos somos así, sencillos, llenos de sentimientos,
expresamos lo que sentimos, nos hermanamos en el dolor, nos unimos en la
desgracia, lloramos en las tristes y obligadas ausencias y nos alegramos en los
momentos que la vida nos ofrece esta posibilidad de compartir nuestro sentir
con las personas que son la continuidad
de esa verdadera elite de los “Olivares”, que seguirán brillando porque son
gente de bien, de valores, de crianza sacrificada y lleno de esa herencia de
amor y servicio que le legaron quienes dieron origen a esa familia pampina
inolvidable y que hoy despedimos
convencidos que estará siempre en nuestros corazones y recuerdos.
En el corolario final,
entonamos en el silencio de nuestras almas su canción, la que fue su favorita y
la que le acompañará y nos acompañará en
lo que nos queda de vida en este mundo……
Sin ti
No podré vivir jamás
Y pensar que nunca más
Estarás junto a mí
Sin ti
Que me puede ya importar
Si lo que me hace llorar
Está lejos de aquí
Sin ti
No hay clemencia en mi dolor
La esperanza de mi amor
Te la lleves por fin
Sin ti
Es inútil vivir
Como inútil será
El quererte olvidar
Sin ti
No podré vivir jamás
Y pensar que nunca más
Estarás junto a mí
Sin ti
Que me puede ya importar
Si lo que me hace llorar
Está lejos de aquí
Sin ti
No hay clemencia en mi dolor
La esperanza de mi amor
Te la lleves por fin
Sin ti
Es inútil vivir
Como inútil será
El quererte olvidar
Descanse
en paz Don Ernesto Olivares junto a su amada esposa Mignaloy Contreras
Castillo.
Sin
ti
No podré
vivir jamás
Y pensar
que nunca más
Estarás
junto a mí
Sin ti
Que me
puede ya importar
Si lo
que me hace llorar
Está
lejos de aquí
Sin ti
No hay
clemencia en mi dolor
La
esperanza de mi amor
Te la
lleves por fin
Sin ti
Es
inútil vivir
Como
inútil será
El
quererte olvidar
Sin ti
No podré
vivir jamás
Y pensar
que nunca más
Estarás
junto a mí
Sin ti
Que me
puede ya importar
Si lo
que me hace llorar
Está
lejos de aquí
Sin ti
No hay
clemencia en mi dolor
La
esperanza de mi amor
Te la
lleves por fin
Sin ti
Es
inútil vivir
Como
inútil será
El
quererte olvidar
Descanse en paz Don Ernesto Olivares Solar junto a su amada esposa.


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