Los domingos en la mañana en María Elena, en la década del 60, después de la “sagrada” Misa, actividad obligatoria para las exigencias de nuestros padres en la niñez, nos íbamos con el alma limpia y la Palabra Santa en el pensamiento y la razón, a una de la actividades más llamativas de esas mañana deportivas.
Cercano al “Salón de Baile”, al costado del mismo, se extendía hacia la pampa el diamante de béisbol, donde disfrutábamos de los mejores partidos que se realizaban en esas mañanas de intensos campeonatos entre los clubes locales y también en otras ocasiones con equipos de otras oficinas salitreras o del vecino puerto de Tocopilla, con grandes y célebres jugadores, y que hacían de esta fiesta, una masiva entretención de fin de semana para toda la esforzadas y sacrificadas familia de la pampa.
Mi padre jugaba por los “Piratas”. De allí que con mi hermana fuimos alguna vez pequeños “Piratas” escoltas del estandarte deportivo que se exhibía en esos grandes desfiles que daban por iniciada la temporada de las “grandes” ligas del béisbol pampino.
Nos recordamos solo de algunos equipos, los "Piratas" por razones obvias, buenos antagonistas de los “Cardenales”, donde destacaban grandes
jugadores como Lattus, de alta y corpulenta figura, que corría entre las bases
para hacer carreras que favorecieran sus equipos o el Sr. Jorge Vera, que en la semana nos prestaba los implementos para hacer el mismo juegos pero a nivel niños, en el sector de nuestro barrio de Luis Acevedo, o el Sr. Vergara, un caballero que compartía también funciones similares en su trabajo a las de mi
padre.
Disfrutábamos en el "Diamante" de los elevados y largos Home ron de muchos buenos jugadores y las destrezas de los "Jardineros" que corrían tras la bola que en el fondo azul del cielo recorría altanera esos espacios pampinos, siendo en muchas ocasiones “atrapada” con gran destreza por los diestros jugadores.
Mascarillas o caretas protectoras, guantes, bates e implementos como el del Catcher, y que los equipos se prodigaban con elementos muchas veces importados desde el extranjero con un alto costo e inversión, también conseguidos a mejor precio por las misma Asociación Social y Deportiva de María Elena, y administrados, pagados en cuotas y transportados, al final de cada encuentro, a las casas de los que hacían de “entrenadores”, “jugadores” y “utileros”, involucrando a sus esposas que sagradamente los lunes, a primera hora, para aprovechar el sol de la mañana, tendían de puro cariño y voluntad las recién remojadas y lavadas a mano con escobillas en las artesas, o hervidas en tarros de manteca para blanquearlas, esas medias blancas y rojas o blancas y negras que se estilaban en los cordeles de los callejones preparando de inmediato las vestimentas para el próximo encuentro del próximo fin de semana. Esa era una ardua tarea ejercida con tanto amor por nuestras madres, que acompañaban en todas circunstancias a sus esposos para disfrutar juntos el amor al deporte y no solo en esta disciplina del béisbol, sino que en todos los deportes, principalmente aquel "pasión de multitudes": el fútbol.
Más allá de lo deportivo, de entender un poco lo que significaban un out, una “bola” o un “strike”, un "catcher" o un "pitcher", o las carreras que se marcaban en un tablero público, con llamativos letreros colgantes con números confeccionados de hojalata, en un sector atrás del "Home" o sitio o "cajón" de los bateadores del juego, nosotros los niños pampinos, disfrutábamos del juego tras una gran malla metálica protectora, evitando cualquier riesgo de accidente fortuito, de los cuales ya habían experiencias de pelotas caídas hacia el público, que no dominaban mucho el tema de atrapar pelotas en el aire y más de alguna cabeza sufrió un golpe complicado. De allí los temas de protección y seguridad sobre todo para los niños.
No sé por qué me acordé hoy domingo de esos juegos. Será que llegó a mi memoria ese domingo especial, un poco más temprano que lo habitual, donde se disputaba un importante partido del cual no tengo idea de resultados ni quienes ganaron o perdieron. Este recuerdo, es por otro aditivo, o agregado paralelo al juego y al entretenimiento.
El joven Colina, gustaba de la música y era o fue en su tiempo un eximio baterista de los grandes grupos locales musicales.
Me acuerdo como si fuera hoy, y no quisiera ser exagerado, pero en esa hora en que el sol está en pleno cenit, clavando desde la comba central del cielo directo a nuestras cabezas, nos acercamos a pedir “agua de la manguera” para refrescar nuestras secas gargantas a la casa de los Colina. Era en ese tiempo normal pedir: ¡¡Oiga me da agua!! y beberla desde la misma goma de la gruesa manguera. No tengo memoria que hayamos tenido alguna molestia estomacal, ni que nos haya hecho mal el beber esa agua fresca y potable que fluía por esos serpentines oscuros de la manguera de goma, esperando un poco que el primer “chorro” limpiara alguna impureza del interior y se eliminara un poco ese aroma y gusto a goma, para nada agradable, hasta que de pronto, el agua se tornaba cristalina, fresca, agradable, y el bendito líquido refrescaba nuestros pequeños cuerpos cansados de tanto mirar el deporte, y terminaban las pistones pequeños sobre nuestras cabezas en un chorro potente que se desplazaba por la nuca, las orejas y que pasaba por el cuello, mucha veces alcanzando por la espalda algunos oscuros ductos humanos pero que no hacían mal a nadie, pues el sol, en un par de minutos, secaba toda huella, y manteníamos el cuerpo fresco de los calores.
Esa mañana, después de la “fiesta” del agua, en la que una hilera de niños nos habíamos refrescado con la manguera, disfrutamos de la generosidad del vecino, todos más repuestos, más frescos y llenos de energía para seguir la mañana o tarde de juego.
Estábamos aun con el agua chorreando entre los pelos tiesos de la tierra y el calor, cuando el joven Colina llegó con un plato con unos dulces o queques de miel, hechos por su madre, que yo al menos desconocía. (Mi madre era buena para hacer dulces y queques pero el dulce mejor era el manjar), pero ese “dulce de miel”, fue el mejor dulce de mi vida de niño, al lado de la cancha del diamante de béisbol de María Elena.
Un gran trozo, por no decir el “más grande” del plato, tomé con mis manos y nos sentamos en el suelo asfaltado y caliente de la calle, fresco el cuerpo por la magia del agua, y comenzamos a saborear ese dulce de miel que nunca más pude disfrutar como ese domingo deportivo en esa esquina de esa casa donde una sonrisa y unas manos de pampina generosa extendida a su hijo, nos repartieran como “regalo” anticipado de la navidad cercana a los niños pampinos, amigos de todos los días, de ese tan especial dulce de miel que hoy recuerdo con tanta nostalgia y que de verdad nunca más comí en mi vida.
Les cuento esto por que hace algunos instantes, tratando de utilizar la miel, mezclada con limón y jengibre, para otros fines de salud, me quedó en el paladar ese dulzor de la miel de abejas, y mi mente corrió por los aires de la
ciudad al desierto y llegó a ese punto que les cuento, y de verdad que volví a
sentir, después de más de sesenta y tantos años, ese sabor exquisito de ese
trozo de dulce de miel, que hiciera la mamá del joven de apellido Colina en esa
esquina deportiva cercana al diamante de béisbol de María Elena, y que recuerdo como lo mejor de ese día, sin importarme mucho hoy, el resultado de la competencia, ni recordarme del número de carreras anotadas, pues fue más provechoso habernos sentado en el asfalto caliente, entre los remolinos y las
corrientes del aire pampino, a disfrutar ese pan o “dulce de miel” inolvidable.
Alguna tarde antes de partir, me gustaría saber y conocer, (si es que ya no puedo comer por temas de azúcares), al menos la receta….
Gracias a esa generosa Mamita, madre de todos, y como todas las mamitas que vivieron la heroica vida de mujeres de la pampa.
Hoy es domingo.
Rezaré por mi madre, por la tuya y la de todos, en la Misa a la que no puedo dejar de asistir cada domingo.
Después de todo, y si no asisto, siento que me llegan los tirones de oreja que eran los mejores consejos correctivos que me daba mi padre.
¡¡Buen Domingo!! Con sabor a dulce de miel.






