jueves, 3 de abril de 2025

La "Escuela Pagá"

 


LA ESCUELA “PAGÁ”

            Nuestras abuelitas de la pampa,  que ya habían criado y educado a sus hijos(as),  se entretenían en las tardes calurosas típicas de la pampa salitrera, a ayudar  en la economía del hogar.

            La mayoría  se dedicaban a hacer roscas, queques, pan amasado y  brazos de reina  con manjar de tarros de leche condensada cocinados en un tambor con agua  en sólo “dos” horas de intenso hervor pues más allá de ese tiempo, se corría el riesgo de una explosión de los tarros  que se sometían a esa ebullición constante de no más de dos hora que le daban ese color rojizo a la leche blanca azucarada y que llamábamos hasta hoy, manjar.

            En la  pequeña cocina de la calle Acevedo de nuestra casita pequeña donde vivimos  el mejor palacio de los sueños, con subidas furtivas y ocultas a  los tejados, con  juegos de “chaya” en los veranos con mangueras, tarros y baldes de agua, y  con las sopaipillas eternas del invierno cocinadas en la cocina a leña del patio,  aprendimos esa dura lección del  cocimiento del manjar,  pues mi  amada madre, que jugaba como niña con nosotros a los “Partidos peleados” con balón de goma en la calle, dejó esa tarde confiada, sus tarros de manjar, con los que nos regalaba  esos brazos de reina esponjosos y que  disfrutábamos en esas onces interminables de la cinco de la tarde, con la  rica taza de té pampino, y  la conversa  e historias de vida que nos alegraban la tarde y el alma.

            De modo  que,  para no alejarme del tema, una tarde jugando mi madre en la calle con nosotros, sentimos  la inmensa explosión en la cocina y ella corrió desesperada, con quizás que remordimiento de conciencia, a apreciar en vivo y en directo un espectáculo dantesco de betunes de manjar chorreando por las paredes, pegado en los techos, cubriendo todos los rincones de la  cocina.

            Nadie puede imaginarse, si no lo ha visto, cuánto  manjar  se desparrama cuando  explosa el manjar en la olla grande, para dejar todo mojado,  todo embetunado y todas las paredes quemadas y chorreando  esa crema dulce que ya resulta imposible rescatar por haberse repartido sin timidez ni prejuicios en los rincones más imposibles de esa cocina. No había lugar donde no hubiera quedado  la huella  del manjar, y eso lo vivimos en más de una ocasión, por ser mi mamá distraída y quedarse a jugar con nosotros en la calle.

            De modo que  cercanos a nuestra casa, por el número 93, vivía la abuela “Antuca”. Una de esas viejitas de cuentos de hadas, que tenía un delicado y muy bien cuidado moño, bien afirmado al centro de su cabeza blanca de canas, con esos lentes ópticos tradicionales de antaño que   se afirmaban con una cadenita para no caerse  y  quebrarse, pues eran enteros de vidrio y cristales   puros y muy frágiles.

            Ya estábamos próximos a entrar a las clases al Primer Año Básico, y  doña Rosa Banda, mi madre,  siempre atarantada y queriendo adelantarse a los tiempos, habló con la abuelita Antuca, y  con un contrato de amistad que consideraba un pequeño pago de ayuda, para justificar los de “Escuela Pagá”,   y también ella entregando lo mejor de su tiempo y descanso por sus servicios y el correspondiente alivio de mi madre de no tener que estar mirando al crío toda la tarde, llegaron a un acuerdo entre ellas,  y con eso podía  dedicarse libremente y sin preocupaciones a sus manjares que cocinaba seguidamente pues con el tiempo  aprendió a hacer esos dulces, que se llamaban alfajores, o “dulces chilenos” y  entonces también los vendía a los trabajadores que pasaban por el barrio camino de la estación a sus hogares, y que a pesar de mi padre haberle puesto una vitrina de vidrio y de madera confeccionada en la carpintería,  los ricos alfajores, los ricos brazos de reina, los “cachitos” con manjar  y esos embelecos, desaparecían por arte de magia de  ese lugar de exhibición, siendo nosotros, los mejores clientes, y  como ella era puro corazón,  nos permitía esas licencias de niños malcriados y su   esfuerzo por ayudar a la economía resultaba siempre un fracaso, siempre quedaba al debe, y en eso, nunca pudimos prosperar con la idea de tener negocio, pues nos comíamos  el dulce, el esfuerzo, la inversión y la ganancia y  como guinda de la torta  había que periódicamente estar haciendo arreglos de pintura de paredes, donde quedaban las huellas marcadas en las explosiones de los tarros de manjar en la cocina dejando  esas marcas imborrables en las paredes, cubiertas de  latón grueso, con que de una u otra forma nos asegurábamos de  que no se produjera algún incendio.

            Así que  aparte del tema de los dulces,  la “escuela pagá”, era  importante para nosotros, al menos para mí, que concurría con mis pantalones cortos, mi cuaderno de hojas verdes y mi lápiz  con una goma atada con una pita, y lo que nunca deje de amar y  apreciar, mi primer libro para aprender a leer:  EL  OJO, con  que la abuela Antuca del vecindario,  nos enseñaba en sus amenas clases,  a balbucear las primeras palabras con su libro.

            No recuerdo si aprendí a leer bien de inmediato. Las clases ya estaban por comenzar en la Escuela. Así que esas semanas, sin duda que me sirvieron para tomar ese ritmo de estudios, ya que también la escuela funcionaba  en las  tardes y ya  apenas tocaban el pito de la una y cuarto,  peinados con linaza o limón, y los zapatos bien lustrados, las uñas cortas y el pañuelo blanco en el bolsillo derecho,  me encaminaba por la calle Latorre para llegar  siempre a una hora  prudente a mis primeras clases en mi amada Escuela.

            Tengo recuerdos claros de mi primer día de clases, en una sala  grande, la Sala "Estados Unidos", allí nos juntaron a todos los pequeños y nos hicieron una prueba de diagnóstico, la que consistía en   marcar palitos en los renglones de un cuadernos que nos fuera regalado y que conforme a resultados nos conformaban en los cursos respectivos.

            Quizás por eso quedé entre los del “C” que al parecer éramos los más “porros”,  pues los A y los B eran casi de privilegio…. En fin el C fue casi siempre mi  curso  salvo cuando pasé a 7mo y luego a 8 en el que al fin, caímos a un curso A…(En la básica los del A, eran siempre los “distinguidos”, los de familias “patricias”, los más estudiosos y mateos y siempre andaban mejores vestidos que nosotros los del C jajaja. Al menos así lo percibía en mi ignorancia de muchacho aprendiz.

            Después de aprender a leer definitivamente con la Profesora  Mercedes Sandivari, la “Mechana”, que  era una maestra de gran dulzura y preocupada de nosotros, mi madre nos regaló con mi hermana nuestro Primer Libro: CORAZÓN de Edmundo de Amicis….}

            Aun siento correr mis lágrimas saladas, las primeras que surgieron en forma natural  de niño emocionado en la lectura, (las "otras"  lágrimas, eran por los tirones de la chuletas y no tenían ningún vínculo con la emoción, al contrario, era amigas del dolor)  en esas noches  cuando con mi hermana leíamos  el cuento “DE LOS APENINOS A LOS ANDES”, y  mi mamá nos daba agua con azúcar para calmar las penas. No teníamos televisión  por que no aun no existía y radio había solo una en  la “Sala” (living)  y la escuchaba mi padre cuando llegaba del trabajo sentándose al lado del dial y  girando esa perilla para oír algunas radios internacionales que llegaban con mucha dificultad  en sus ondas a  casi todas nuestras casas. Habían sistemas de antenas de todo tipo, y  mi papá  amarraba la salida de la antena de la radio al cable que subía al techo de la vivienda,  tratando de oír alguna emisora que casi siempre  resultaba ser boliviana, y muchas veces alguna extranjera en altas horas de la madrugada. Claro que desde las 6 de la tarde, al ritmo de la marcha alemana “KAMARADE”  o algo parecido,  se iniciaban las transmisiones de la radio Coya, y   esa sí que era la fiesta de la familia. Todos oyendo música, mientras tratábamos de hacer las tareas, las cuales muchas veces me  costó un coscacho de parte de mi padre por ser tan  re tonto para aprender las divisiones.  Las “chuletas” del pelo al lado de la oreja, las subía con tal destreza e intensidad que parece que estaban conectadas a los “lagrimales”, pues cuando me decía: ¿Cuántas veces cabe el 2 en el  4…? Yo contestaba “8”- ¡¡Pero PIENSA!!. Y yo titubeaba preso del pánico para no recibir el castigo doloroso de las “chuletas”, que era inevitable. Sentir  las tiradas de chuletas y  de inmediato abrirse los canales lagrimales, mientras miraba borrosamente la ventana por donde jugaban, felices e indiferentes mis amigos del barrio….

            Debe ser de allí que  fui tan torpe para aprender a leer, a sumar a restar, pero que en el camino de a poco lo fui superando, manteniendo siempre el temor a que me llegara mi “coscacho” correctivo.

            Hay tantas cosas que contar y decir.

            Solamente esta tarde de otoño recordar a la Maestra, la abuela “Antuca” que me enseño a leer con el “OJO,” y  después a la “Mechana” con su libro LEA, que  fueron los primeros libros con los cuales aprendimos a identificar el OJO y la LUNA, (“Lalo loa a la Luna”)  en esos inolvidables libros que aprendí, al menos el Ojo, a conocer en la inolvidable “Escuela Pagá”….

 


 

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