LA ESCUELA “PAGÁ”
Nuestras abuelitas de la pampa, que ya habían criado y educado a sus
hijos(as), se entretenían en las tardes
calurosas típicas de la pampa salitrera, a ayudar en la economía del hogar.
La mayoría se dedicaban a hacer roscas, queques, pan
amasado y brazos de reina con manjar de tarros de leche condensada
cocinados en un tambor con agua en sólo “dos”
horas de intenso hervor pues más allá de ese tiempo, se corría el riesgo de una
explosión de los tarros que se sometían a
esa ebullición constante de no más de dos hora que le daban ese color rojizo a
la leche blanca azucarada y que llamábamos hasta hoy, manjar.
En la pequeña cocina de la calle Acevedo de nuestra
casita pequeña donde vivimos el mejor
palacio de los sueños, con subidas furtivas y ocultas a los tejados, con juegos de “chaya” en los veranos con mangueras,
tarros y baldes de agua, y con las sopaipillas
eternas del invierno cocinadas en la cocina a leña del patio, aprendimos esa dura lección del cocimiento del manjar, pues mi
amada madre, que jugaba como niña con nosotros a los “Partidos peleados”
con balón de goma en la calle, dejó esa tarde confiada, sus tarros de manjar,
con los que nos regalaba esos brazos de
reina esponjosos y que disfrutábamos en
esas onces interminables de la cinco de la tarde, con la rica taza de té pampino, y la conversa e historias de vida que nos alegraban la tarde
y el alma.
De modo que,
para no alejarme del tema, una tarde jugando mi madre en la calle con
nosotros, sentimos la inmensa explosión
en la cocina y ella corrió desesperada, con quizás que remordimiento de conciencia,
a apreciar en vivo y en directo un espectáculo dantesco de betunes de manjar chorreando
por las paredes, pegado en los techos, cubriendo todos los rincones de la cocina.
Nadie puede imaginarse, si no lo ha
visto, cuánto manjar se desparrama cuando explosa el manjar en la olla grande, para
dejar todo mojado, todo embetunado y todas
las paredes quemadas y chorreando esa
crema dulce que ya resulta imposible rescatar por haberse repartido sin timidez
ni prejuicios en los rincones más imposibles de esa cocina. No había lugar donde
no hubiera quedado la huella del manjar, y eso lo vivimos en más de una
ocasión, por ser mi mamá distraída y quedarse a jugar con nosotros en la calle.
De modo que cercanos a nuestra casa, por el número 93, vivía
la abuela “Antuca”. Una de esas viejitas de cuentos de hadas, que tenía un delicado
y muy bien cuidado moño, bien afirmado al centro de su cabeza blanca de canas,
con esos lentes ópticos tradicionales de antaño que se afirmaban con una cadenita para no caerse y
quebrarse, pues eran enteros de vidrio y cristales puros y muy frágiles.
Ya estábamos próximos a entrar a las
clases al Primer Año Básico, y doña Rosa
Banda, mi madre, siempre atarantada y
queriendo adelantarse a los tiempos, habló con la abuelita Antuca, y con un contrato de amistad que consideraba un
pequeño pago de ayuda, para justificar los de “Escuela Pagá”, y también ella entregando lo mejor de su
tiempo y descanso por sus servicios y el correspondiente alivio de mi madre de
no tener que estar mirando al crío toda la tarde, llegaron a un acuerdo entre ellas, y con eso podía dedicarse libremente y sin preocupaciones a sus manjares que cocinaba seguidamente
pues con el tiempo aprendió a hacer esos
dulces, que se llamaban alfajores, o “dulces chilenos” y entonces también los vendía a los
trabajadores que pasaban por el barrio camino de la estación a sus hogares, y
que a pesar de mi padre haberle puesto una vitrina de vidrio y de madera
confeccionada en la carpintería, los
ricos alfajores, los ricos brazos de reina, los “cachitos” con manjar y esos embelecos, desaparecían por arte de
magia de ese lugar de exhibición, siendo
nosotros, los mejores clientes, y como
ella era puro corazón, nos permitía esas
licencias de niños malcriados y su
esfuerzo por ayudar a la economía resultaba siempre un fracaso, siempre
quedaba al debe, y en eso, nunca pudimos prosperar con la idea de tener negocio,
pues nos comíamos el dulce, el esfuerzo,
la inversión y la ganancia y como guinda
de la torta había que periódicamente
estar haciendo arreglos de pintura de paredes, donde quedaban las huellas
marcadas en las explosiones de los tarros de manjar en la cocina dejando esas marcas imborrables en las paredes, cubiertas
de latón grueso, con que de una u otra
forma nos asegurábamos de que no se produjera
algún incendio.
Así que aparte del tema de los dulces, la “escuela pagá”, era importante para nosotros, al menos para mí,
que concurría con mis pantalones cortos, mi cuaderno de hojas verdes y mi
lápiz con una goma atada con una pita, y
lo que nunca deje de amar y apreciar, mi
primer libro para aprender a leer: EL OJO, con que la abuela Antuca del vecindario, nos enseñaba en sus
amenas clases, a balbucear las primeras
palabras con su libro.
No recuerdo si aprendí a leer bien
de inmediato. Las clases ya estaban por comenzar en la Escuela. Así que esas
semanas, sin duda que me sirvieron para tomar ese ritmo de estudios, ya que también
la escuela funcionaba en las tardes y ya
apenas tocaban el pito de la una y cuarto, peinados con linaza o limón, y los zapatos bien
lustrados, las uñas cortas y el pañuelo blanco en el bolsillo derecho, me encaminaba por la calle Latorre para
llegar siempre a una hora prudente a mis primeras clases en mi amada Escuela.
Tengo recuerdos claros de mi primer
día de clases, en una sala grande, la
Sala "Estados Unidos", allí nos juntaron a todos los pequeños y nos hicieron una prueba
de diagnóstico, la que consistía en
marcar palitos en los renglones de un cuadernos que nos fuera regalado y
que conforme a resultados nos conformaban en los cursos respectivos.
Quizás por eso quedé entre los del “C”
que al parecer éramos los más “porros”,
pues los A y los B eran casi de privilegio…. En fin el C fue casi siempre
mi curso
salvo cuando pasé a 7mo y luego a 8 en el que al fin, caímos a un curso
A…(En la básica los del A, eran siempre los “distinguidos”, los de familias “patricias”,
los más estudiosos y mateos y siempre andaban mejores vestidos que nosotros los
del C jajaja. Al menos así lo percibía en mi ignorancia de muchacho aprendiz.
Después de aprender a leer
definitivamente con la Profesora Mercedes
Sandivari, la “Mechana”, que era una
maestra de gran dulzura y preocupada de nosotros, mi madre nos regaló con mi
hermana nuestro Primer Libro: CORAZÓN de Edmundo de Amicis….}
Aun siento correr mis lágrimas
saladas, las primeras que surgieron en forma natural de niño emocionado en la lectura, (las "otras" lágrimas, eran por los tirones de la chuletas y no tenían ningún vínculo con la emoción, al contrario, era amigas del dolor) en esas
noches cuando con mi hermana leíamos el cuento “DE LOS APENINOS A LOS ANDES”,
y mi mamá nos daba agua con azúcar para
calmar las penas. No teníamos televisión por que no aun no existía y radio había solo
una en la “Sala” (living) y la escuchaba mi padre cuando llegaba del
trabajo sentándose al lado del dial y girando
esa perilla para oír algunas radios internacionales que llegaban con mucha dificultad en sus ondas a casi todas nuestras casas. Habían sistemas de
antenas de todo tipo, y mi papá amarraba la salida de la antena de la radio al
cable que subía al techo de la vivienda,
tratando de oír alguna emisora que casi siempre resultaba ser boliviana, y muchas veces
alguna extranjera en altas horas de la madrugada. Claro que desde las 6 de la tarde,
al ritmo de la marcha alemana “KAMARADE”
o algo parecido, se iniciaban las
transmisiones de la radio Coya, y esa sí
que era la fiesta de la familia. Todos oyendo música, mientras tratábamos de
hacer las tareas, las cuales muchas veces me
costó un coscacho de parte de mi padre por ser tan re tonto para aprender las divisiones. Las “chuletas” del pelo al lado de la oreja, las
subía con tal destreza e intensidad que parece que estaban conectadas a los “lagrimales”,
pues cuando me decía: ¿Cuántas veces cabe el 2 en el 4…? Yo contestaba “8”- ¡¡Pero PIENSA!!. Y yo
titubeaba preso del pánico para no recibir el castigo doloroso de las “chuletas”,
que era inevitable. Sentir las tiradas
de chuletas y de inmediato abrirse los
canales lagrimales, mientras miraba borrosamente la ventana por donde jugaban,
felices e indiferentes mis amigos del barrio….
Debe ser de allí que fui tan torpe para aprender a leer, a sumar a
restar, pero que en el camino de a poco lo fui superando, manteniendo siempre
el temor a que me llegara mi “coscacho” correctivo.
Hay tantas cosas que contar y decir.
Solamente esta tarde de otoño recordar
a la Maestra, la abuela “Antuca” que me enseño a leer con el “OJO,” y después a la “Mechana” con su libro LEA,
que fueron los primeros libros con los
cuales aprendimos a identificar el OJO y la LUNA, (“Lalo loa a la Luna”) en esos inolvidables libros que aprendí, al
menos el Ojo, a conocer en la inolvidable “Escuela Pagá”….


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