miércoles, 3 de septiembre de 2025

BLAS ERNESTO....

 

                                                     (Imagen de la red solo de referencia)

BLAS ERNESTO

No me olvido de este nombre, el de BLAS, porque en los tiempos de la “Peña de la U”, había un apreciado amigo, Jefe de la Imprenta, de una voluntad de oro,  de un espíritu alegre como nadie, que reía y bromeaba todo el día,  contándonos sus amenas anécdotas y que nos hacían la vida agradable en nuestros tiempos de trabajo voluntario en La Peña.

            Don Blas, siempre nos acogía con cariño, en ese espacio sagrado para su trabajo junto a  sus ayudantes o trabajadores de la misma imprenta.

            Marca Don Blas para mis recuerdos y vida, un personaje simpático, empático, alegre y honesto. Sencillo, trabajador como nadie y sobre todo colaborador extremo en cualquier detalle que pudiera servir a quienes participábamos en las actividades del Conjunto Folklórico de la Universidad de Chile. (COFUCHA)

            Pero…hay otro Blas, con un agregado, casi como apellido de Ernesto: BLAS ERNESTO, otro personaje netamente artístico que tenía sus encantos y que poseía un lenguaje convincente y de mucha claridad. Se expresaba muy bien, tenía esa impostación de voz, como si fuera un experto comediante y transmitía con su palabra todo el arte y experiencias acumuladas en su vida de artista de las tablas  santiaguinas  y  debo reconocer que nos deleitaba con sus historias de campo.

             Veíamos en él, al esforzado campesino, trabajador de nuestras tierras sureñas y en sus creaciones  poéticas, siempre tenía un consejo propio de nuestro hombre de la tierra, que conoce los secretos y detalles de la bondades de la naturaleza.

            Hablar, por ejemplo en uno de sus versos,  de  “La Receta”, era impregnarse de tradiciones  que solo conocían los habitantes  de los pueblos campesinos de la zona central y sur de nuestro país. Nos decía en su elocuencia y lo recuerdo claramente que:  

“No vaya al hospital, si tiene una herida , deje que se la “lamba” (de lamer)  un perro y Santo Remedio. Si tiene indigestión,  tampoco vaya al hospital…”Mezcle un poco de mierda de chancho con azúcar quemá,  échele agüita caliente y se la toma y ¡Listo!...Se le pasará por arte de magia la diarrea“…

                Y en medio de las risas y de la novedad de sus poemas, disfrutábamos de sus creaciones y esa gran cercanía con las personas del público. Vestía siempre un pesado “Poncho”  campesino. De pelo más bien largo y  con varios kilos a su favor, no se inmutaba por nada. Se paraba en el escenario, acompañado de algún guitarrista voluntario de “La Peña”, y se lanzaba con sus hermosas poesías costumbristas que nos hacían vibrar de risas y alegrías.

                Blas Ernesto era un hombre que llegó en esa temporada de Peñas  una tarde a la calle Maipú, y ofreció sus servicios,  a cambio de algunos pocos pesos para su mantención, y poco a poco, fue entrelazándose amistosamente entre nosotros, aparte de la gran admiración que provocaba su sencillez, su carita seria pero bondadosa y  más que  nada por que era el representante genuino de nuestro hombre de campo al que tanto apreciábamos, y que él lo irradiaba  con ese magnetismo propio de las personas que emiten  señales que  indican el poseer ese “algo especial” y que finalmente  los hacen ser triunfadores en sus intentos  de dominar al público con su arte y sus  desafíos por la vida.

             Declamar y recitar poemas de campo, de vida y costumbres de esos desconocidos rincones y lugares alejados de las montañas de nuestra amada Patria, lo hacían un ser de excepción. Era todo un bagaje destinado al éxito y complacencia por sus virtudes que eran todo lo que representaba su personal figura.

                    Admirable Don BLAS ERNESTO…

             Y en esa magia, como era hombre mayor, no había mucho intercambio de palabras con los más jóvenes del conjunto, sin embargo a veces me saludaba amablemente en sus actuaciones, pues  yo acompañaba a  Villafaña, que tenía a cargo la amplificación,  grabación y luces en un  rinconcito, parecido a una caseta sobre el escenario y  de la cual en pequeños agujeros,  oteábamos al interior de la Peña para saber   los detalles y exigencias de los artistas.

             Y muchas veces Blas Ernesto decía: “Y un saludo al querido amigo "Carolo", que se encuentra calladito allá arriba,  apoyando las luces y la amplificación, por lo que  en esa historia de vanidades humanas te hacía sentir anónimo pero importante sin ser visto.

            Una tarde de esas en que yo llegaba de mis faenas de Mantos Blancos, donde estaba haciendo práctica de estudiantes, en largas jornadas de trabajo. trataba de dejar mis temas de inicio de  jornada del día siguiente preparado y listo,(lonchero, ropa, documentos) y volaba a  ese encantador lugar que se llamaba la Peña, donde  siempre había algo que hacer y en qué colaborar.      No digo yo que haya sido un músico o bailarín experto. En realidad los “team” de guitarristas, acordeonistas,  intérpretes de  vientos  nortinos y percusión, abundaban en ese lugar, para todos los gustos. Yo disfrutaba más con la escoba que con el canto, pero estábamos allí haciendo nuestro aporte humano y generoso por el puro placer de ser útil, aunque mi corazón latía por la "Carola, esa rubia de la Peña" como le cantara Don Oscar Olivares.

            Blas Ernesto llegó esa tarde un poco más temprano, dispuesto a  participar en esas tertulias de fin de semana, y con su cuaderno lleno de poemas de campos, elegía  sus repertorios y miraba serenamente desde un rincón  de la entrada  hacia el salón principal de la Peña y  en su mente mágica  interpretaba  el sentir de la gente y  ya tenía sus ideas claras.

            Siempre sacaba aplausos y  tenía una virtud, no tomaba alcohol, solo recitaba y no tenía ningún instrumento, solo su gruesa presencia y su poncho campesino y su privilegiada memoria y capacidad de improvisación.

            -Hola Carolito-  me dijo  en esa tarde casi noche, esperando la llegada de las personas que disfrutaban de esas tertulias.

            -Tengo que pedirte un favor- me dijo, como si fuéramos amigos de toda una vida

            Blas Ernesto era el típico “Santiaguino” entrador y arrasaba con su personalidad. Siempre teníamos la aprensión de sentir que en las regiones, éramos incautos y torpes y entonces me la dijo en directo sin tapujos:

            -Tengo que viajar urgente a Santiago, porque tengo mi señora enferma….Así que  como vuelvo en 15 días más,  necesito me compres un pasaje de ida y vuelta  en avión, para ir y volver a la brevedad a Santiago

            -El dinero de los pasajes te lo traigo en mi regreso y  no te preocupes. “TODO ESTARÁ BIEN.”

            Comprenderán ustedes la situación de preocupación con mis pocos haberes de estudiante en práctica  recién ingresado a la minería de Mantos Blancos, para pensar cómo le hago…

            Pero como siempre  debemos ser generosos con el prójimo, y por principios cristianos y de  ayudar a quien necesite, “pisé el palito”, y al lunes  siguiente  un préstamo que en ese tiempo abundaba en facilidades,  me permitió reunir los recursos y tenderle la mano al  apreciado BLAS ERNESTO…..

            No era poco, un pasaje  (o mejor dicho "dos")  a Santiago en esa época, era  bastante honeroso y viajar en avión era todo un lujo.

            Pero la paz del corazón, cuando haces el bien, descansa en la satisfacción más plena y  se siente flotar el alma en ese espacio  celestial que te señala el que estás en buen camino, y el hacer el bien sin mirar a quien, marca ese impacto de darlo todo sin tener nada.

            Las Peñas continuaron los fines de semana. Siempre con la rutina y el entusiasmo juvenil de esos jóvenes intérpretes y bailarines que montaban hasta tres cuadros folklóricos por noche:     Campesinos, Chiloé y Huasos y entre medio algunos invitados especiales como lo eran los conjuntos de interpretación nortina con quenas, charangos y zampoñas que  se paseaban entre la Peña, el Tambo Atacameño y las actividades artísticas folklóricas de  grupos sociales, entidades deportivas y  universidades.

            Viví los mejores años, abnegados y  hermosos en ese grupo humano del COFUCHA. Amigos  afectuosos y afectivos, y más que integrante fui amigo, colaborador y siempre estuve dispuesto a  desempeñarme  en los trabajos más sacrificados que no eran  especialmente los artísticos, a los cuales me acoplaba con algunas falencias y dificultades por no  tener dominio  como los más avezados que eran los fuertes del grupo. 

            Blas Ernesto me sonaba a veces en mis preocupaciones.

            No fue fácil pagar mes a mes las cuotas de ese banco como lo era el "Morgan Finanzas",  que en la calle Matta, me quitaba  (por avispado) todo los meses  una hojita, de mi deuda, y  hoja por hoja se iba disminuyendo lentamente la abultada chequera de pago,  y que con el pasar del tiempo,  fue mermando en grosor, hasta alcanzar  la última letra y dar con el cartón vacío de ese instrumento de cobranzas que me tuvo complicado por varios meses por no decir  más de un año.

            Sin duda que Blas Ernesto nunca volvió. El viajecito de placer y el otro pasaje que seguro fue para su esposa,  fueron el mejor regalo de Antofagasta  para sus aspiraciones.

            No me gusta hablar mal de la gente, era un artista extraordinario, bueno en lo que hacía, convincente, sacaba aplausos y risas, y ya alguien me había contado en reserva tras bambalinas, que tuviéramos cuidado.

            Me fui a Santiago como postulante aceptado a la Escuela de Suboficiales del Ejercito.

            Un fin de semana, de esos que pocas veces teníamos la oportunidad de disfrutar, instalado en ese cuarto de la casa de calle Baquedano 740, donde me alojaba los fines de semana, una querida “Madrina” de la familia, que me cobijaba  y me permitía  tener un espacio personal, llevar mi ropa para el lavado y aplanchar  mis tenidas de soldado y   descansar como todo mortal, me encontré nostálgico. Sin duda que mi mente volaba cada día donde la amada Carolita, mi  “polola” por entonces y amor eterno,  y entonces con ese sentimiento de extrañarla,  caminé por la larga calle San Pablo hacia la Plaza de Armas,  y me encontré  por allí cerca de Teatinos, un letrero que decía: “Hoy Peña Folklórica”.

            Así que entré a ese lugar un tanto vacío a esperar que se tejía. Para nada se comparaba a nuestra inmensa Peña, allí era solo un saloncito, con algunas  sillitas individuales y pequeñas mesas, medio oscuro. Se pagaba una  entrada económica, pero el recurso de ganancia estaba en el consumo.

            Para mi suerte y agrado,  vi en directo en esa oportunidad al entonces conocido intérprete de los Moros,  Jorge Yáñez, que  recitaba versos costumbristas como ese de “Con brotes de mi siembra"….(¡Quién se lo iba a  imaginar!!.) y  nos regalaba todo su arte, por esas pocas monedas, y que sin duda recibía el merecido aplauso por sus poemas…

            Algún conjunto menor, nunca tan bueno como los “nuestros”, animó con un par de canciones  la tertulia de Santiago, permitiéndome un rato de paz, consuelo  y alegría.

            Y entonces vino el anuncio de la “Estrella de la Noche”.

            Con ustedes..   "BLAS ERNESTO……..” "EL CAMPESINO"....

            Y  vinieron mis inquietudes, mis preocupaciones, (¿Le cobro o no le cobro? ¿Se acordará del Carolo y “su” deuda en la Peña de la U? ¿Qué “chiva” me dirá?)

            Nuevamente después de más de un  año, oí su  entretenida declamación de “La Receta”,  con el conocido brebaje de la “Mierda de Chancho” con agua y azúcar para aliviar la diarrea….

            ¡SI!, los pocos parroquianos presentes, lo aplaudieron como a todos.

             Al terminar, se sentó junto a una dama, compartieron algún tecito o algo parecido,  me levanté  decidido,  me dirigí a su lugar con la única intención de saludarlo, sin pensar en los otros aditivos agregados de mi mayor interés que eran “la deuda”, y en el segundo  que antecede a la llegada y el  educado ¡¡Buenas Noches!! , Blas Ernesto dio vuelta la cara, se levantó y se dirigió por un pasillo al fondo, de la vivienda que servía de "Peña", después de haber visto de reojo mi mirada y sorprenderse de mi ingrata presencia.

            Esperé. 

            Pronto se levantó la dama y  esperé y esperé.           

            Y como en todo cuento de hadas, mágicamente desapareció de la escena entre el humo del tabaco y los aires románticos del “Cóndor pasa”, que interpretaba un joven en el escenario principal del pequeño salón.

            No apareció jamás en la vida el famoso Blas Ernesto que seguro me reconoció con su rabillo del ojo y como buen campesino chileno, se hizo el webón y escapó para nunca más volver.

            Pero recitaba lindo y  seguro habría otros  Carolos poco avispados en Chile que le tenderían la mano y que todavía le buscan con ansias y frenesí para recordarle su agradable paso por las costas de nuestro Antofagasta.

             Salud con agua Don Blas Ernesto. (Cuando se acuerde….)

 


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