(Imagen de la red solo de referencia)
BLAS ERNESTO
No me olvido de este
nombre, el de BLAS, porque en los tiempos de la “Peña de la U”, había un
apreciado amigo, Jefe de la Imprenta, de una voluntad de oro, de un espíritu alegre como nadie, que reía y
bromeaba todo el día, contándonos sus
amenas anécdotas y que nos hacían la vida agradable en nuestros tiempos de
trabajo voluntario en La Peña.
Don Blas, siempre nos acogía con cariño, en ese espacio
sagrado para su trabajo junto a sus
ayudantes o trabajadores de la misma imprenta.
Marca Don Blas para mis recuerdos y vida, un personaje simpático,
empático, alegre y honesto. Sencillo, trabajador como nadie y sobre todo
colaborador extremo en cualquier detalle que pudiera servir a quienes participábamos
en las actividades del Conjunto Folklórico de la Universidad de Chile.
(COFUCHA)
Pero…hay otro Blas, con un agregado, casi como apellido de
Ernesto: BLAS ERNESTO, otro personaje netamente artístico que tenía sus encantos
y que poseía un lenguaje convincente y de mucha claridad. Se expresaba muy
bien, tenía esa impostación de voz, como si fuera un experto comediante y transmitía
con su palabra todo el arte y experiencias acumuladas en su vida de artista de
las tablas santiaguinas y debo
reconocer que nos deleitaba con sus historias de campo.
Veíamos en él, al
esforzado campesino, trabajador de nuestras tierras sureñas y en sus
creaciones poéticas, siempre tenía un
consejo propio de nuestro hombre de la tierra, que conoce los secretos y
detalles de la bondades de la naturaleza.
Hablar, por ejemplo en uno de sus versos, de “La Receta”,
era impregnarse de tradiciones que solo conocían
los habitantes de los pueblos campesinos
de la zona central y sur de nuestro país. Nos decía en su elocuencia y lo
recuerdo claramente que:
“No vaya al hospital, si
tiene una herida , deje que se la “lamba” (de lamer) un perro y Santo Remedio. Si tiene
indigestión, tampoco vaya al hospital…”Mezcle
un poco de mierda de chancho con azúcar quemá, échele agüita caliente y se la toma y ¡Listo!...Se
le pasará por arte de magia la diarrea“…
Y en medio de las risas y de la novedad de sus poemas,
disfrutábamos de sus creaciones y esa gran cercanía con las personas del
público. Vestía siempre un pesado “Poncho” campesino. De pelo más bien largo y con varios kilos a su favor, no se inmutaba
por nada. Se paraba en el escenario, acompañado de algún guitarrista voluntario
de “La Peña”, y se lanzaba con sus hermosas poesías costumbristas que nos hacían
vibrar de risas y alegrías.
Blas Ernesto era un hombre que llegó en esa temporada de Peñas una tarde a la calle Maipú, y ofreció sus servicios, a cambio de algunos pocos pesos para su mantención, y poco a poco, fue entrelazándose amistosamente entre nosotros, aparte de la gran admiración que provocaba su sencillez, su carita seria pero bondadosa y más que nada por que era el representante genuino de nuestro hombre de campo al que tanto apreciábamos, y que él lo irradiaba con ese magnetismo propio de las personas que emiten señales que indican el poseer ese “algo especial” y que finalmente los hacen ser triunfadores en sus intentos de dominar al público con su arte y sus desafíos por la vida.
Declamar y recitar poemas de campo, de vida y
costumbres de esos desconocidos rincones y lugares alejados de las montañas de nuestra amada Patria, lo hacían un ser de excepción. Era todo un bagaje destinado al éxito y complacencia por sus virtudes que eran todo lo que representaba su personal figura.
Admirable Don BLAS ERNESTO…
Y en esa magia, como era hombre mayor, no había mucho
intercambio de palabras con los más jóvenes del conjunto, sin embargo a veces
me saludaba amablemente en sus actuaciones, pues yo acompañaba a Villafaña, que tenía a cargo la amplificación, grabación y luces en un rinconcito, parecido
a una caseta sobre el escenario y de la
cual en pequeños agujeros, oteábamos al
interior de la Peña para saber los
detalles y exigencias de los artistas.
Y muchas veces Blas
Ernesto decía: “Y un saludo al querido amigo "Carolo", que se encuentra
calladito allá arriba, apoyando las luces
y la amplificación, por lo que en esa historia
de vanidades humanas te hacía sentir anónimo pero importante sin ser visto.
Una tarde de esas en que yo llegaba de mis faenas de
Mantos Blancos, donde estaba haciendo práctica de estudiantes, en largas jornadas
de trabajo. trataba de dejar mis temas de inicio de jornada del día siguiente preparado y listo,(lonchero,
ropa, documentos) y volaba a ese
encantador lugar que se llamaba la Peña, donde siempre había algo que hacer y en qué
colaborar. No digo yo que haya sido
un músico o bailarín experto. En realidad los “team” de guitarristas,
acordeonistas, intérpretes de vientos nortinos y percusión, abundaban en ese lugar,
para todos los gustos. Yo disfrutaba más con la escoba que con el canto, pero estábamos
allí haciendo nuestro aporte humano y generoso por el puro placer de ser útil, aunque mi corazón latía por la "Carola, esa rubia de la Peña" como le cantara Don Oscar Olivares.
Blas Ernesto llegó esa tarde un poco más temprano,
dispuesto a participar en esas tertulias
de fin de semana, y con su cuaderno lleno de poemas de campos, elegía sus repertorios y miraba serenamente desde un
rincón de la entrada hacia el salón principal de la Peña y en su mente mágica interpretaba el sentir de la gente y ya tenía sus ideas claras.
Siempre sacaba aplausos y
tenía una virtud, no tomaba alcohol, solo recitaba y no tenía ningún instrumento,
solo su gruesa presencia y su poncho campesino y su privilegiada memoria y
capacidad de improvisación.
-Hola Carolito- me
dijo en esa tarde casi noche, esperando la
llegada de las personas que disfrutaban de esas tertulias.
-Tengo que pedirte un favor- me dijo, como si fuéramos amigos
de toda una vida
Blas Ernesto era el típico “Santiaguino” entrador y
arrasaba con su personalidad. Siempre teníamos
la aprensión de sentir que en las regiones, éramos incautos y torpes y entonces
me la dijo en directo sin tapujos:
-Tengo que viajar urgente a Santiago, porque tengo mi señora
enferma….Así que como vuelvo en 15 días
más, necesito me compres un pasaje de
ida y vuelta en avión, para ir y volver
a la brevedad a Santiago
-El dinero de los pasajes te lo traigo en mi regreso
y no te preocupes. “TODO ESTARÁ BIEN.”
Comprenderán ustedes la situación de preocupación con mis
pocos haberes de estudiante en práctica recién
ingresado a la minería de Mantos Blancos, para pensar cómo le hago…
Pero como siempre
debemos ser generosos con el prójimo, y por principios cristianos y
de ayudar a quien necesite, “pisé el
palito”, y al lunes siguiente un préstamo que en ese tiempo abundaba en
facilidades, me permitió reunir los
recursos y tenderle la mano al apreciado
BLAS ERNESTO…..
No era poco, un pasaje (o mejor dicho "dos") a Santiago en esa época, era bastante honeroso y viajar en avión era todo
un lujo.
Pero la paz del corazón, cuando haces el bien, descansa
en la satisfacción más plena y se siente
flotar el alma en ese espacio celestial que
te señala el que estás en buen camino, y el hacer el bien sin mirar a quien, marca
ese impacto de darlo todo sin tener nada.
Las Peñas continuaron los fines de semana. Siempre con la
rutina y el entusiasmo juvenil de esos jóvenes intérpretes y bailarines que
montaban hasta tres cuadros folklóricos por noche: Campesinos,
Chiloé y Huasos y entre medio algunos invitados especiales como lo eran los
conjuntos de interpretación nortina con quenas, charangos y zampoñas que se paseaban entre la Peña, el Tambo Atacameño
y las actividades artísticas folklóricas de
grupos sociales, entidades deportivas y universidades.
Viví los mejores años, abnegados y hermosos en ese grupo humano del COFUCHA.
Amigos afectuosos y afectivos, y más que
integrante fui amigo, colaborador y siempre estuve dispuesto a desempeñarme en los trabajos más sacrificados que no
eran especialmente los artísticos, a los
cuales me acoplaba con algunas falencias y dificultades por no tener dominio
como los más avezados que eran los fuertes del grupo.
Blas Ernesto me sonaba a veces en mis preocupaciones.
No fue fácil pagar mes a mes las cuotas de ese banco como lo era el "Morgan Finanzas", que en la calle
Matta, me quitaba (por avispado) todo los meses una hojita, de mi deuda, y hoja por hoja se iba disminuyendo lentamente la abultada
chequera de pago, y que con el pasar del
tiempo, fue mermando en grosor, hasta
alcanzar la última letra y dar con el
cartón vacío de ese instrumento de cobranzas que me tuvo complicado por varios
meses por no decir más de un año.
Sin duda que Blas Ernesto nunca volvió. El viajecito de
placer y el otro pasaje que seguro fue para su esposa, fueron el mejor regalo de Antofagasta para sus aspiraciones.
No me gusta hablar mal de la gente, era un artista extraordinario,
bueno en lo que hacía, convincente, sacaba aplausos y risas, y ya alguien me había
contado en reserva tras bambalinas, que tuviéramos cuidado.
Me fui a Santiago como postulante aceptado a la Escuela
de Suboficiales del Ejercito.
Un fin de semana, de esos que pocas veces teníamos la oportunidad
de disfrutar, instalado en ese cuarto de la casa de calle Baquedano 740, donde me alojaba los fines de semana, una
querida “Madrina” de la familia, que me cobijaba y me permitía tener un espacio personal, llevar mi ropa para el lavado y
aplanchar mis tenidas de soldado y descansar como todo mortal, me encontré nostálgico.
Sin duda que mi mente volaba cada día donde la amada Carolita, mi “polola” por entonces y amor eterno, y entonces con ese sentimiento de extrañarla,
caminé por la larga calle San Pablo
hacia la Plaza de Armas, y me encontré por allí cerca de Teatinos, un letrero que decía:
“Hoy Peña Folklórica”.
Así que entré a ese lugar un tanto vacío a esperar que se
tejía. Para nada se comparaba a nuestra inmensa Peña, allí era solo un saloncito,
con algunas sillitas individuales y
pequeñas mesas, medio oscuro. Se pagaba una
entrada económica, pero el recurso de ganancia estaba en el consumo.
Para mi suerte y agrado,
vi en directo en esa oportunidad al entonces conocido intérprete de los Moros, Jorge Yáñez, que recitaba versos costumbristas como ese de “Con
brotes de mi siembra"….(¡Quién se lo iba a imaginar!!.) y
nos regalaba todo su arte, por esas pocas monedas, y que sin duda
recibía el merecido aplauso por sus poemas…
Algún conjunto menor, nunca tan bueno como los “nuestros”, animó con
un par de canciones la tertulia de Santiago, permitiéndome un rato de paz, consuelo y alegría.
Y entonces vino el anuncio de la “Estrella de la Noche”.
Con ustedes.. "BLAS ERNESTO……..” "EL CAMPESINO"....
Y vinieron mis
inquietudes, mis preocupaciones, (¿Le cobro o no le cobro? ¿Se acordará del
Carolo y “su” deuda en la Peña de la U? ¿Qué “chiva” me dirá?)
Nuevamente después de más de un año, oí su
entretenida declamación de “La Receta”,
con el conocido brebaje de la “Mierda de Chancho” con agua y azúcar para
aliviar la diarrea….
¡SI!, los pocos parroquianos presentes, lo aplaudieron
como a todos.
Al terminar, se sentó
junto a una dama, compartieron algún tecito o algo parecido, me levanté
decidido, me dirigí a su lugar
con la única intención de saludarlo, sin pensar en los otros aditivos agregados
de mi mayor interés que eran “la deuda”, y en el segundo que antecede a la llegada y el educado ¡¡Buenas Noches!! , Blas Ernesto dio vuelta la cara, se levantó y
se dirigió por un pasillo al fondo, de la vivienda que servía de "Peña", después de haber visto de reojo mi mirada y sorprenderse de mi ingrata presencia.
Esperé.
Pronto se levantó la dama y esperé y esperé.
Y como en todo cuento de hadas, mágicamente desapareció de la escena entre
el humo del tabaco y los aires románticos del “Cóndor pasa”, que interpretaba
un joven en el escenario principal del pequeño salón.
No apareció jamás en la vida el famoso Blas Ernesto que
seguro me reconoció con su rabillo del ojo y como buen campesino chileno, se
hizo el webón y escapó para nunca más volver.
Pero recitaba lindo y
seguro habría otros Carolos poco
avispados en Chile que le tenderían la mano y que todavía le buscan con ansias
y frenesí para recordarle su agradable paso por las costas de nuestro
Antofagasta.
Salud con agua Don
Blas Ernesto. (Cuando se acuerde….)

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