RECUERDOS DE UN GRAN SOLDADO: CAPITÁN MAURO ARAYA AGUILERA
La vida se va demasiado rápido. Cada vez que leo algún comentario, o que alguna persona rememora su tiempo en el “Esmeralda” a través de los posteos de notas que tengo el agrado de compartir en nuestras redes, mis canas de soldado viejo, o de viejo soldado, se tiñen de negro y se llenan de juventud, pues pareciera que retrocedo cincuenta años, así como de la nada, a esa época de juventud maravillosa, en que todos somos dueños del mundo y de la vida, que queremos ser “únicos”, pues a esa edad, tenemos la fuerza suficiente para “creernos el cuento” de que somos capaces de taladrar el túnel más profundo de la tierra (con pala y picota) y aparecer sonrientes y descansados en el otro extremo del mundo, y esa idea nos hace vencer tantos obstáculos, de carácter, temores propios de la inmadurez y tanta situaciones que debimos enfrentar en muchas tareas, y en ese sentido, se vienen a la memoria las grandes personas o personajes que influyeron en nuestra personalidad y nos acompañaron, nos educaron y formaron, e hicieron de nosotros, jóvenes de ayer, personas de bien y que aprendimos con ellos a impartir justicia, a ser ecuánimes, transparentes y mantener siempre ese entusiasmo por servir, sin tener ningún reparo de que lo que cumplíamos, estaba en medio de las tareas propias de soldados que juraron solemnemente a su bandera y que estuvieron dispuestos a darlo todo por Chile y su historia si recibir nada a cambio, como es el principio de la honestidad del “santo” servicio.
Hoy quisiera recordar a ese líder natural que nos recibió en esa larga jornada de acuartelamiento, después de haber estado todo un día parados bajo el sol inclemente del desierto pampino, en esa inolvidable cancha de fútbol de “Esmeralda”, donde fuimos sometidos a exámenes, entrevistas, y a organizarnos en las distintas Unidades de esa “Promoción 74”, antes de iniciar el cumplimiento de nuestro servicio militar, y en esa tarde ya casi noche, recibir el saludo oficial de quien seria nuestro Capitán Comandante de la Compañía de Plana Mayor, el recordado e inolvidable (y casi “paternal”), MAURO ARAYA AGUILERA, a quien aprendimos desde el primer minuto a respetar, a mantener la prudente distancia del mando, pero a imbuirnos de su espíritu, de su consejo y de sus palabras en cada mañana, tarde, o cada noche de retreta, o en cada misión compartida en esos duros años de tanto trabajo y sacrificio, que solamente la historia registra y que en los tiempos modernos nada importan, pues es así es la vida del soldado: Jurar, combatir, caer y quedar cubierto por el polvo del olvido, y muchas veces sus cuerpo diseminados en territorio adversario como un número más, otro que cayó cumpliendo su sagrado deber. Los cementerios militares del mundo están llenos de “Soldados desconocidos”, héroes anónimos que sucumbieron a distintos enfrentamientos cumpliendo su compromiso con su bandera y convencidos de otorgar con su vida y sacrificio un laurel de victoria a la patria, e injustamente olvidados por su propio pueblo, y especial aquellos que se encargan de recordar el pasado, malos o buenos historiadores, que muchas veces no saben lo que es ser soldados y que nunc se formaron en un cuartel, como partes de una escuadra, sección, Compañía o simplemente una instancia en que aprendieran el empleo de armamento, el celo con las municiones, las destrezas delicadas de su transporte y el respeto que debemos tener por esos instrumentos de guerra tan necesarios para la paz.
Entonces, al partir y quedar sus cuerpo abandonados y dejados en el recuerdo, es el propio destino que sabemos que puede ocurrir y aún así elegimos servir a Chile hasta “rendir la vida si fuese necesario”, sumando a ese sentimiento llamado de vocación, la indiferencia, el injusto olvido y la terrible indiferencia de quienes tienen la obligación moral de escribir la verdad de las historias.
Este ilustre capitán que hoy toma mis fibras intimas de soldado de ayer, y quizás del cual no haya otra crónica de la vida que se escriba para su reconocimiento en vida, los que les conocimos y que posteriormente siguieron otros rumbos en sus propios desafíos de sus carreras, o eligieron sus propios destinos, siento que es justo y necesario, antes de partir de esta vida no quisiera callarme estas vivencias, y expresar sinceramente que el dilecto Capitán, merece estas humildes palabras de las cuales en ningún caso me siento merecedor a ellas pues no soy cronista ni estudioso, pero nunca es tarde, a través de las mismas, expresarle el agradecimiento por su trabajo, por su familia, por sus hijos, por la relación profesional de un gran líder con sus oficiales y participar en la formación e instrucción y en la diaria preocupación por quienes servimos en ese inolvidable tiempo, que no solo se iniciaba en los amaneceres al toque del clarín de la diana militar, sino que se prolongaban más allá de las retreta del fin del día, y que nos sorprendían a medianoche aun trabajando por que para el Capitán Araya, la instrucción y la preparación, eran su prioridad única, no había mucho tiempo para la familia, no había mucho descanso o mucho tiempo libre, sin embargo había serenidad, capacidad de apreciación y la voluntad perenne de poner el “pecho a las balas” para cumplir su sagrado deber y dedicar su poco tiempo a nosotros, sus soldados. (Nunca apreciamos que el Capitán ordena, Manda y Fiscaliza, pero a él como a todos en las distintas líneas de mando, también lo mandan, le ordenan y lo fiscalizan. A mayor grado, mayor responsabilidad. Así funciona el mando militar.
En estas líneas de recuerdo, lo recordamos como un hombre integral, Comandante de excelencia. No recuerdo haberlo visto “sonreír” pues era de naturaleza inexpresivo, pero tenía esa mirada de hombre noble y afloraba a través de ese fulgor de su mirada como un farol que enciende la sinceridad. Eso traspasaba todo su sentir y éste era siempre relacionado con la satisfacción de estar sirviendo, preocupado de sus hombres, orientando a esos jóvenes subtenientes “recién llegados” y que por ser tan nuevos y sin experiencia, se creían dueños del mundo y las verdades, pero que el Capitán educaba con paciencia, con cariño, convencido de que a través de sus palabras formaría hombres de mejor calidad humana, como lo era él en el interior de su alma.
Estuvo varios años en el “Esmeralda”. En Antofagasta nació su hija Maria Luisa, y la familia se esforzó en criar, con todas las dificultades laborales de ese tiempo, junto a su bella y amada esposa la Sra. Rose Mary Schelenze de origen alemán nacida en Chile, terminando su paso en la ciudad como Comandante del II Batallón, Cada vez que lo divisamos en las pocas oportunidades en que pudo dejar su oficina de trabajo para cumplir alguna tarea personal o familiar, permanecía con su invariable personalidad: siempre sereno, con su mirada altiva y transparente y con el orgullo sano de vestir su uniforme de soldado y su boina negra de paracaidista que orgullosamente lucia en cada formación desde ese año 1972, en que fue distinguido con ese gran honor de pertenecer las FF.EE., permaneciendo siempre humilde, jamás violento con nadie y con su sabiduría e inteligencia supo granjearse el afecto y cariño de sus soldados e instructores, de sus jóvenes oficiales y de sus subalternos y los que tuvieron la alegría de compartir con él esos lazos de la amistad que crece en todas las instancias de la carrera militar en esas largas e inevitables permanencias en las guarniciones, donde a veces se está tan solo, y solamente la familia es la que se suma a ese sacrificio del cual no quedan rastros.
En este reencuentro con sus raíces en estas redes que a veces son de gran utilidad, y gracias a la generosidad de su hijo Mauro Araya Jr., nos hemos enterado a través de sus propias palabras que: “Después de servir en el Glorioso “Esmeralda”, fue destinado a otra gran Unidad como lo fue el Glorioso Regimiento de Infantería N° 2 “Maipo“ con Guarnición en Valparaíso”, ocupando el alto cargo de “Segundo Comandante”, debiendo también asumir posteriormente, esas tareas delicadas que requerían la experiencia de un Oficial conocedor de la tropa, siendo designado como Comandante de Batallón, en las misiones propias que enfrentaron nuestros soldados “Veteranos del 78”, que ocuparon la larga geografía del país y cuyo centro de gravedad, para el caso del ya Comandante Araya, se dio en la Patagonia, sentando su base de operaciones en Porvenir.
Después del conflicto con la hermana República Argentina, y gracias a la mediación del Papa Juan Pablo II, que evitó a todas luces el enfrentamiento inevitable entre dos pueblos hermanos, y resuelto esto con el Tratado de Paz y Amistad, el Capitán Araya, “fue trasladado a la Escuela de Paracaidistas y FF.EE. en Peldehue”, siempre ligado a la formación y educación de sus subalternos.
En esa estadía, la familia aumentó y llegó al mundo el pequeño Mauro, otorgando más tiempo a su educación y crianza , y después de varios años de servicio, destinado al Comando de Apoyo Administrativo cumpliendo tareas importantes de administración como “Jefe de Viviendas Fiscales”, lo que le otorgó una gran oportunidad de independizarse en su Retiro por tiempo cumplido, y emplear todos sus conocimientos y capacidades en tareas que asumió con mucho profesionalismo y que le dieron una nueva oportunidad en la Administración y Control de edificios, compartiendo más tiempo con su familia y sus tres hijos: María Luisa, antofagastina de nacimiento y sus dos hijos varones: Mauro y Francisco.
Lamentablemente, el año 2022, un duro golpe sufrió la familia con la partida de su esposa, dedicando todos estos años a compartir y educar a sus hijos y recibiendo con la alegría natural de un hombre que lo dio todo por su país, gozando merecidamente en esta hermosa edad de hoy, con sus hijos y amado nieto, Santiago.
Nadie escribe el recuerdo del detalle olvidado, nadie rescata el sacrificio del trabajo del militar, nadie dice que en sus mejores tiempos de juventud tuvo la esposa que criar sola y (como pudo) a sus hijos. Nadie se da a la tarea de preguntar el cómo pudieron hacer “familia”, cómo dedicaron o distribuyeron sus tiempos con sus hijos, tiempos de trabajo en sus casas y en las tareas d cotidianas del hogar, cuando al amanecer de cada día encabezaba su unidad desde temprana hora junto sus leales Oficiales y Suboficiales e Instructores que vivían las mismas preocupaciones y cuando en el anochecer, aun permanecían incólumes todos, cumpliendo las tareas y exigencias de sus puestos de mando.
Es así entonces que muchos soldados lo recuerdan con cariño, entre ellos este humilde soldado que allí comprendió la grandeza de servir, el honor de ser soldado y que eligió después de algunos años por sus trabajo y estudios, abrazar esa carrera militar como suboficial, y que hoy después de mas de 50 años recuerdo con cariño y entre esos recuerdos a mis suboficiales e instructores que nos permitieron ser mejores personas y por supuesto al líder indiscutido, ese que aprendimos querer sin compartir mucho la amistad, por que el mando se ejerce en soledad y el que manda, lo hace casi siempre en una soledad tan especial, pero que nos regala tranquilidad por ser un mando justo, ecuánime y servicial, entender siempre cualquier situación que nos pueda afectar en nuestras frágiles e inmaduras mentes de soldados reclutas que recién comienzan a alzarse en esa desconocida vida militar.
Hoy, al saber de mi apreciado Capitán que sigue con su ímpetu de soldado a pesar de ser octogenario y tomar contacto con su hijo, mi alma se emociona y qué buenos que aún permanezca con vida entre nosotros para decirle en un sentido y sincero homenaje, que él fue parte importante de nuestras vidas, que aun tenemos en la mente y el corazón sus sabios consejos, su seriedad, su conducción, pero también sus picardías de hombre serio pero nunca falto de un especial y único sentido del humor y que por esas cualidades recibimos como proyección de sí mismo, todo su ser interior para seguir sus pasos que nos hicieron al fin de cuentas hombres justos y comprometidos con nuestra vocación y con cuyo ejemplo logramos alcanzar también las altas satisfacciones que nos da el deber cumplido.
Gracias mi Capitán Mauro Araya Aguilera, reciba el cariño no solo personal sino de cientos de almas de jóvenes de ayer que confiaron en su mando y que recibieron siempre su consejo oportuno y su sentido de justicia en las dificultades propias del mandar, que sigue siendo hoy un “arte” de caballeros educados y en él se blanden siempre las herramientas y las espadas de la mejor justicia, la única lealtad existente y el reconocimiento a su labor que nos guio sabiamente con su sabiduría, en esos tiempos que permanecen en el corazón de sus subalternos que nunca le olvidan.
Alguna tarde habrá un ¡salud! por usted y su linda familia. Lo recordamos y como alguien me decía que la mejor muestra de confianza con un superior, sea del grado que sea, es y será siempre:
¡¡CON ESTE CAPITÁN O COMANDANTE!!, ¡¡VOY A LA GUERRA !!
Cumpleaños N° 83 de mi Capítán. A su izquierda su nieto Santiago y en seguida su hijo Francisco, también ex Comandante en retiro. A la derecha la hija antofagastina María Luisa y Mauro Araya Jr.
(Fuente: Mauro Araya Jr.)


