El “Pichunga” Ovalle
En
mis años de juventud, tuve un amigo pampino. Yo estudiaba con su hermana, Rosita
Ovalle, (que ha marchado al cielo) y recuerdo con cariño a sus hermanas
Margarita, René, Verónica..
Le tocó al amigo Félix Ovalle, cumplir su
"Servicio Militar" en la dura cordillera de Calama. (En ese tiempo había que tener 21 años).
Fue todo un acontecimiento para los jóvenes
del barrio. Era incluso tradicional hacerles una despedida a los futuros
“Pelaos”, parecida a las despedidas de
“soltero”, pues vendrían tiempos de austeridad, mucha “sed” y sacrificio
y había que llevarse “todo” puesto para
la época de las falencias o las “vacas flacas”.
Por
allí estuvo formándose como soldado en los sectores de la precordillera,
cambiando su apacible vida de pampino futbolista, deportista por excelencia y
scout, por esa vida sacrificada que conocen lo que la hemos vivido, sin
desmerecer que la vida en sí, en todo campo, es una constante de esfuerzo
personal, sacrificios y renuncias. (Los pampinos sabemos mucho de eso, podemos
dar cátedra al respecto.)
Ya
no le fue desconocido el tema de la vida de soldado en la cordillera. Dormir en
alguna trinchera, amanecer congelado con la nieve cubriéndole los pies y pese a
lo difícil del tiempo, disfrutando de
Conchi, de las caminatas con mochila por los desolados salares.
Entierrados hasta las orejas, y en la memoria fotográfica grabando todos esos paisajes que jamás se
olvidan.
Cuando
volvió con "permiso", después de su primera y esforzada campaña de
más de un mes, nos deleitaba y brindaba momentos de risas y alegrías junto a mi
madre, que oía con gran atención sus entretenidas historias de soldados.
No
era común en nuestro lenguaje oír, ni
menos conocer eso de “Regar el patio con una cuchara” toda la noche, o pasar horas de pie con el “Equipo completo,
incluido el colchón al hombro, (“Plantón” le llamaban) en medio de algún patio,
o pedir a los soldados de la Compañía que tenían “carné de chofer”, para que
tomaran una carretilla y una pala para
el acarreo de tierra en las faenas de los arreglos de jardines del cuartel. Los
que tenían alguna “yayita” debían hacer esfuerzos
físicos para pagar las “deudas”, como el
”Relojito”, el “Trípode Araucano”, los consabidos “Tiburones”, y los casi siempre
llamados de atención colectiva con los ¡¡¡“Media vuelta carrera mar…”!!! o los “Aporreos” y el ingrato “Don de Mando” que
manejaba en forma excepcional algún instructor, y que era un palo de dos por
dos, con cuatro lados marcados con “sorpresas”, llamado también jocosamente la “Pirinola” (Toma
uno, toma dos, toma tres o toma cuatro “palos” en la “erre”). Si había alguna
falta, se lanzaba la “pirinola” al aire y al caer ésta marcaba la preferencia ligada a la suerte, como un juego
de dados. Y te ganabas esos suaves golpecitos en los glúteos para no olvidarse
para la próxima. No había posibilidad de ganarle a la “Pirinola”. Siempre se
perdía con ella.
Soy
un agradecido de haberlo conocido y entender ese sano humor militar que después
viví también en mi sagrada vocación de soldado de Chile. Gran parte de sus
bromas me animaron también a cumplir con mis obligaciones militares.
Nos encontramos no hace mucho en el centro de
la ciudad de Antofagasta, no hubo tiempo para más, siempre nos encontramos en trámites personales o búsquedas de medicamentos, pero no dejamos de
demostrarnos la amistad pampina que “dura
para toda la vida” con un sencillo y apretado abrazo con olor a tierra y sudor de sol
pampino que se ha quedado impregnado en nuestros cuerpos y en la mente.
Buen
amigo el "Pichunga" Ovalle.
Tampoco
hubo tiempo para la “Pirinola” más moderna, esa que se disfruta después de las
reuniones de encuentros de pampinos en el centro de la ciudad, en algún refugio
como “La Cabaña”, por decir un nombre y que algunos más osados lo consideran
como el preciso espacio y lugar para el “tercer tiempo”: -Te “tomay” una, dos, tres o cuatro cervezas y
al “hilo”, para recordar con magia de espumas ácidas que calman la sed y que
refrescan en la memoria esos viejos e inolvidables tiempos que viven y se reviven en nuestros gratos recuerdos.
El
padre del “Pichunga” Don Neftalí, un
gran trabajador. Experto en su oficio, íntegro y sencillo, sabía mucho en su
trabajo y por allí “alguien” (de los que siempre hay), le quiso “aserruchar” o
mejor dicho despachar a otras funciones que no eran sus habituales, siendo observado en un control de calidad por
el propio gerente que reclamó su
ausencia y de inmediato ordenó su reintegro y presencia en esa área en que él
se manejaba como experto.
Don
Neftalí y la Sra. Coca, matrimonio esforzado y cariñoso con todos los niños de
ayer del barrio, nos entregaba siempre
un buen consejo, y nos llenaban las botellas de agua para calmar la sed en
las acaloradas y disputadas “pichangas”
con los de la corrida de más abajo.
Nadie
desconoce que dentro de los Ovalle, estaba también el recordado Félix, que
era como el más absoluto representante del siempre necesario “Médico del
Pueblo”, se sabía todos los secretos de
la medicina, era estudioso y caballero y silenciosamente
ayudaba a quienes le pedían algún consejo. Siempre impecable, de tenida blanca por su trabajo o de impecable
traje con corbata en sus actividades oficiales. Fue un
gran dirigente y deportista del Cuadro Blanco.
La
familia Ovalle, fue y sigue siendo esa familia icono pampina, que nunca olvidó
sus raíces y que hicieron tanto bien, por todos quienes tuvimos la suerte de
conocerles y vivir tan cercanos de nuestra “corrida”, y conocer a las bellas de
la descendencia. (Rosita, Denny, Jacqueline y su madre la recordada Sra. Minerva).
Todos los Ovalle una gran familia de la pampa, de María Elena…
………………………………………………………………………………………………………………………
(¡Qué
vida la de hoy!)
(Andamos
todos “apurados”, buscando aceleradamente un “no sé qué”, con las pastillas de
la hora en el bolsillo y la botellita de agua, para que no se nos pase el horario y se nos suban
los azúcares…..
¡Vivimos
tan apurados!
¡¡Nos
vemos “Pichunga”!!.
¿“La
pirinola”? Pa la otra, si se puede…….¡Salud! por si las moscas.



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