sábado, 15 de mayo de 2021

Feliz Cumpleaños mi SOM. REMIGIO ROJAS PARRA

 A nombre de los "Esmeraldinos", repartidos en todos los lugares de Chile, y que conforman esa legión de soldados silenciosos pero llenos de recuerdos y emociones, saludamos al querido amigo y camarada  ejemplar, generoso, buen compañero y lleno de virtudes humanas que lo hacen un ser excepcional, el querido Instructor militar Suboficial Mayor Dn. Remigio Rojas Parra, a quien tenemos la dicha de tenerlo con juveniles 85 años y lleno de vitalidad y energías, un gran ejemplo, eximio deportista, dueño del balón del fútbol en su Regimiento "Esmeralda", el cual ahora le ha provocado algunas dolencias propias de futbolero eterno, sus rodillas, pero no deja de sonreír y y disfruta los regalos más hermosos de la vida: su esposa, hija y nietos que al final le regalan paz y tranquilidad pues ha sido, es y será siempre un hombre bueno íntegro y amistoso. Felicidades camarada y amigo.

Con el cariños de todos los "Esmeraldinos " de Chile y el mundo.
















martes, 11 de mayo de 2021

Amada Madre María

 


Gratitud a nuestra Amada Madre

 Fueron días de largas emociones tu inolvidable visita por Antofagasta, removiendo heridas espirituales y despertando corazones dormidos. Tu presencia simbólica Madre, escoltada por el “Baile Chino”, que jamás decayó una gota en tantas y  extensas esperas, fue siempre como tu alma: inalterable. Los  que estuvimos cerca como ciudadanos comunes, agradecemos tu visita, porque con ella se descubre la ferviente corriente de amor de tu pueblo chileno amado, que luciendo vistosos colores,  danzando como signo de  respeto  y gratitud, lo hicieron con esa fuerza energética que emana de los grandes espíritus y corazones nobles. Sabemos que el amor que se te profesa con desinteresado  sentimiento, es una muestra del amor y confianza a tu amado hijo Jesús y sabemos que  siempre está viva tu palabra en ese recuerdo del Santo Evangelio, en las boda de Caná: “Hagan lo que  Él les diga”, dejando toda tu confianza en ese Jesús que llevas pequeño en brazos y que acurrucas con maternal protección, y que nos hace sentir que siendo sus hermanos, TÚ nos protejes con idéntico amor y celo y de igual forma. Madre Admirable, Estrella de la Mañana y Estrella de Chile, nos bendices con tu amor, y sentimos que tu mirada nos penetra,  hasta tocar nuestras fibras de dureza humana, convirtiéndonos en seres sensibles  que vivimos con tu presencia una inigualable experiencia de amor.

Fueron muchas horas, interminables, agotadoras para quienes asumieron el acompañarte hasta pasada la tarde de este inolvidable domingo, “Día de la Madre”, y en que los ritmos de los bronces y las percusiones  invadieron todos los espacios y volaron junto a las palomas dejando sus ecos en los cerros y quebradas, y  anunciando que te vas, quizás hasta qué tiempo,  extrañando el no verte quizás en cuánto tiempo, ya que muchos nunca hemos podido visitarte en tu Santuario de “La Tirana”, habiéndote acercad humilde a nuestros hogares y sentir tan de cerca la historia de la Madre Celestial, que vino invitada por los Bailes Religiosos y recibida en todas partes con los brazos abiertos, como si con ello nos acercáramos al manto sagrado de tu hijo amado, para tocarlo y pedir con nuestro gesto, sanación espiritual, pero también mejoría de los dolores que van horadando nuestros débiles cuerpos y atormentando nuestras vidas en estos tiempos de nuestra propia existencia y que cada día se hacen más largos, difíciles y hasta dolorosos, pero siempre llenos de esa cierta y real esperanza que el día final nos acogerás con tu amado Hijo en ese cielo eterno y tantas veces prometido, donde todos nos amaremos con esa dulzura que nos mostraste hoy en tu despedida de nuestra  sufrida ciudad.

Debemos agradecer con nuestra humilde oración, por todos  aquellos que permitieron tu presencia entre nosotros, celebrando este día como algo inolvidable y especial y que nos permite aumentar en nuestro ser, esa débil fe que profesamos y que tú nos muestras que entre los humildes, florece y se alimenta de sanas alegrías, porque es precisamente allí, entre los más débiles, los siempre marginados, los que más sufren, los que han sido olvidados por los hombres,  donde tú estás cada día colaborando al milagro de la vida, la existencia y hasta la subsistencia.

Gracias María Santísima, por que aprendemos de tu humildad y tu grandeza a ser mejores Cristianos, protegidos  y férreamente unidos y apretados como a un solo cuerpo, recibiendo el calor protector de los pliegues de la tela de tu propio manto y unidos a tu corazón, que vibra como nosotros por el rostro de tu amado Hijo  Jesús.

Gracias Madre Divina y Eterna del Cielo.

Antofagasta, mayo de 2019

sábado, 8 de mayo de 2021

Mayonesa de mamá....

 Era  frecuente en los días de escuela de la pampa, a la que concurríamos los de cursos más pequeños solamente en las tardes,  que estuviéramos con mamá  toda la mañana, acompañándola en las rabietas del día y  obligadamente ayudándola en los quehaceres de la casa. Nadie estaba exento en nuestra casa de trabajar,  en lo que fuera, para el bien de todos. Siempre nuestra madre fue muy exigente, al menos con los que éramos los hermanos mayores.

Mientras ella cocinaba o picaba la cebolla, nosotros corríamos las sillas que se usaban en ese entonces en lo que llamábamos la “Sala” principal a la entrada de la pequeña vivienda.

 Con mi respetada “hermana mayor”, Ana Maria “jugábamos” a pasar el “chancho” con una virutilla bajo el  peso de ese armatoste de fierro que tenía apernado un escobillón a veces muy gastado, y que servía para sacarle brillo, después del encerado, al piso entablado. Nos entreteníamos desplazándonos como  campesino en el arado, arrastrando el pesado “chancho” sobre las tablas,  que ennegrecidas por la cera  acumulada en sus hendijas y porosidades  al transcurrir de las semana,  se tornaban opacas y oscuras. A veces en los pocos días libres que tenía mi padre, él hacia su gimnasia de piernas tipo boxeril, desplazándose a dos piernas y sacando como verdadera escofina  con las mallas del acero de la virutilla, toda esa grasa de la cera pegada y oscura,  y con ese ejercicio, iba floreciendo la madera viva, llena de hermosas vetas, entonces nos alegrábamos de esa limpieza que con tanta efectividad efectuaba en un juego de colaboración permanente a mi madre, y que nosotros en sus ausencias laborales, imitábamos,  con ese mismo entusiasmo con el pesado “chancho”, pero con un gran interés, puesto que después de hecho aquello, tendríamos el “permiso” y los “setenta pesos”  correspondientes al valor de la entrada, para arrancar alguna tarde a  sentarnos  a ver una película  en nuestro Teatro de Maria Elena. Debo ser sincero, yo  me ganaba los setenta pesos, ese billete azul con el rostro de OHiggins y esas dos monedas blancas para mi entrada a la  “Galería”; pero mi hermana, más fina y  no tan de pueblo como yo, había que darle el doble, porque ella se sentaba en la platea que tenía sillones cubiertos  y blandos en cambio nosotros los de abajo, sillones con tablas  bien moldeadas para las sentaderas pero por cierto más duras. Los de “arriba” en la platea, los de “abajo” en la galería.

En la faena del “Chancho” nuestro y en la de la cocina el picadillo de  las cebollas para los tallarines con salsa, oíamos a veces a mi madre  llorar de vez en cuando  y la sorprendíamos   cantando, mirando un papel con la letra escrita de la canción a lápiz grafito sobre su mesa de trabajo de cocina,  muy afinada como era ella, entre lágrimas de la cebolla o quizás de algún personal  recuerdo, entonando: “Era un triángulo, triángulo, triángulo (había allí una pausa: tatata - tan) y proseguía alargando el final del verso, “Nuestro quereeeer…”. Sus lágrimas entonces corrían por su hermosa y tostada mejilla,  la suponíamos siempre, por causa de la fuerte esencia de la cebolla,   no por algún sentimiento que le recordaba quizás un secreto triángulo de esos tan comunes  que se leían mucho en las revistas de “Fotonovelas”, o “Cine Amor”, o en  esos libros como “Pampa Desnuda” que en esas largas horas de biblioteca escribiera el Sr. Sánchez y que con los años vendía en las esquinas de la ciudad de Antofagasta o Santiago, con tanta ilusión y con un casco de minero, que algunos lo tildaban de loco, aunque fuera para honor de los pampinos, uno de los primeros escritores reales de nuestra pampa.

Para alegría nuestra, el olor a cebolla no nos alcanzaba en la faena de limpieza, arando con el chancho, puesto que los olores se disipaban rápidamente, aprovechando la corriente de aire  que entraba de la mosquitero de la  puerta hacia la calle Luis Acevedo,  y que se llevaba los olores de la cebolla y las notas de las canciones, por una hermosa “Claraboya”, que mi papito con ingenio y ayuda de unos maestros de la carpintería,  había construido en el tejado, con ventanales que se abrían tirando con una cuerda desde abajo, y que más allá de la utilidad práctica que muchos luego tuvieron en sus casa, nosotros como niños,  creíamos que eran ventanales o  puertas que nos llevaban al cielo.

En realidad los tejados estaban siempre cubiertos de gruesas capas de tierra y elementos de desecho, cajas vacías con botellas que alguna vez fueron de la cantina de nuestros vecinos del “Rancho Chuqui”,  algunas alpargatas  abandonadas o tiradas al techo a  propósito, pelotas de trapo ajadas por el sol inclemente, o juguetes de lata de sardinas, que eran nuestros mejores entretenciones.

Una vez fueron los maestros “plomeros” a instalar una chimenea para la cocina a leña del patio de mi casa,  subieron al tejado a la faena desde muy temprano en la mañana, y al parecer era solo perforar el zinc del tejado,  poner  la prolongación del tubo  metálico y sellarlo con brea y/o algo de  felástica con pintura, una sencilla tarea; sin embargo, aparte de la brea caliente, que fundían en un tarro con leños en la calzada de la casa, seguramente alguno de los  maestros de la “cuadrilla”, subió al remate final  con su botellón de vino oculto,  y ya muy tarde casi noche, sentimos los ruidos en el tejado, pensando que era un gato, y los gritos del  buen hombre nos pedían la escalera. Seguramente se durmió cansado y asoleado toda la tarde tapando el  orificio con brea y esperando  que se secara con su buen botellón de vino. Hubo que llamar  por teléfono desde el Pasaje “Orella”, a la “Oficina de Casas” para traer una escala y nuestro  buen trabajador, se fue con una sonrisa en los labios, descansado de la “mona”  y feliz con el resultado óptimo de su eficiente trabajo.

Yo me subía muy seguido al techo, por el palo del asta de la bandera, con esforzada destreza y cuidado, y entonces les decía a mis hermanas que allí había un mundo de muñecas y que  era todo hermoso, en especial sentirse como en las nubes pampinas que  a veces eran muy escasas en las tardes calurosas, pero que nos pintaban el cielo de crepúsculos arrebolados  multicolores en esos inolvidables atardeceres en su caída hacia el oeste de “nuestro sol” pampino que se retiraba a dormir  en alguna cama del lejano océano en las noches.

El tejado era otro mundo y cuando estábamos en la sala pasando el chancho mi hermana  menor me preguntaba que como sería subirse al cielo por esa ventana y cabalgar en las nubes,  esas que yo le hablaba que abundaban en ese espacio y que soñaba con conocer ese mundo de cuentos y acunar alguna bellezas de carey.

Limpiar  con el famoso y pesado escobillón de fierro, era toda una  odisea de movimiento en espacio tan pequeño:  corríamos las sillas que  eran de madera  noble y fina, como casi todos los muebles de los pampinos, construidos en la misma carpintería de la empresa, con esas perforaciones en su maderas de la sentadera como  bizcochos de naipe y  muy barnizadas  con un  cubre sillas de género para evitar  que se destiñeran y que mi mama  confeccionaba con algún  cortinaje o tela barata adquirida en  nuestra pulpería, para proteger . de la tierra nuestros humildes pero útiles  muebles.

Después de terminar la sala, venían los dormitorios, cada cual debía hacer “su” cama,  y allí trabajábamos toda la mañana sin antes terminar mi jornada,  subiéndome a una silla y  alcanzando la alta tabla de aplanchar y  mojar con una escobilla con té, mis pantalones cortos café para ir en la tarde a la Escuela, pues mi madre nos daba a todos pequeñas misiones y debíamos limpiar  y barrer toda la casa y  en mi caso eso era especial,  me gustaba aplanchar mis pantalones  cortos de la escuela. Así ayudábamos los habitantes del pequeño hogar mientras ella asumía mayores obligaciones mientras se paseaba afanosa y  diligente con su barriga “siempre llena”, esperando una cuarta o quinta niña. No creo haya sido fácil para ella asumir tanto con esos pampinos pequeños y buenos  para comer,  jugar y hacernos  cumplir las tareas escolares  o dejarnos después de cumplidas nuestras obligaciones,  recostarnos a descansar en las camas recién estiradas  con un libro de lectura o una revista de aventuras  disfrutando algunas veces del fresco aire que entraba en poca cantidad, pero fresco al fin, por las ventanas enrejadas.

Llegaba la hora de terminar el almuerzo y allí sí que mi mamá se tornaba una mujer casi religiosa, nos dejaba mirarla en silencio absoluto en su tarea que reiniciaría pronto, si queríamos permanecer en ella como espectadores,  o nos dejaba salir a la calle a jugar para no entorpecer más el urgente trabajo  del día.

Antes de ello inspeccionaba el aseo, secaba sus lágrimas de la cebolla, lavaba sus manos y entonces se sentaba después de poner la mesa con las cucharas, tenedores, cuchillos y las servilletas de género que ella, al igual que las tibias sábanas de invierno,  confeccionaba  con la tela los sacos de harina que se hacían pocos para tanta población, comprados clandestinamente  a algún panadero  de la pulpería, siempre albas y limpias y que antes de confeccionar sus paños de plato  o bolsas para el pan,  remojaba con agua y jabón gringo rallado y  mezclado con “Agua de Cuba” , en  agua hirviendo, dentro de unos  tarros cuadrados metálicos, donde se envasaba la manteca,   a fuego lento pero intenso  del carbón de nuestra amada cocina a leña de nuestro pequeño patio. Y en ese ambiente de tranquilidad  y  mientras calculaba la hora para el “pito” de la “Una y cuarto”, que anunciaba la hora del almuerzo, se sentaba en la esquina de la mesa, más tranquila, lavada sus manos, todo revisado y acorde a lo que le gustaba el orden y la limpieza, y empezaba su maravillosa tarea, la última de la mañana antes del almuerzo: su artística, ceremoniosa, llena de oraciones y buenos pensamientos: “Su” apreciada y deliciosa “mayonesa”.

Dos  yemas de huevos, un plato hondo blanco de esos de loza  que se usaban en la pampa,  medio limón cortado listo para exprimir su jugo,  un poco de  ajo picado y entonces, y el salero a mano. Nos decía que para éxito de esa mezcla, debía estar  sola y tranquila y entonces nos dejaba elegir: permanecíamos mirando para aprender silenciosos y sin hablar sin mirar el plato por temor a que nuestra vista le hiciera “ojo” a su manjar,  o salir arrancando a jugar a la calle. Más preferíamos la calle, pero alguna vez  me quedé allí para aprender la  obra de su manos.

La más rica y sabrosa mayonesa  que hayamos comido como niños de la pampa, y hasta hoy como adultos,  la confeccionaba en casa mi mamá, y como ella muchas mamitas de nuestra querida “oficina salitrera”.

Comenzaba con un tenedor engañando a las yemas,  dándole vueltas lentamente y con la otra mano, tomaba su botella tradicional de aceite, que comprábamos por litro y a granel”, en la pulpería y lentamente, mirando siempre al centro, casi sin respirar,  con un  sentimiento casi de retiro espiritual, le daba vueltas y vueltas a las yemas de huevo y  poco a poco vertía muy sutilmente el aceite mezclando y  tomando esa consistencia que después de mucho rato, de girar incansable y constante, recién comenzaba a tornarse cremosa y firme dándole todo su cariño y concentración a esa delicia aceitosa casera que le había enseñado a hacer nuestra adoptiva abuela Anita, que tanto la quería, y que le enseñó a cocinar,  a  hacer queques,  a confeccionar el pan y hasta   a coser sus propias cortinas.

Entonces  el tenedor danzaba la ronda interminable de la vueltas de la vida y ella concentrada, casi absorta, sin bulla, sin niños, sin ollas que mirar, sin camas que estirar, sin el “chancho” que limpiar,  aprovechaba ese silencio para sus Rosarios diarios, dándole vueltas y observando los círculos y óvalos que dibujaba con su tenedor entre la yema y el aceite,  imaginando galaxias amarillas, estrellas y nebulosas  que  agitadas se movían en el firmamento de sus sueños y de su mano,  dándole a esa arremolinada mezcla, sabores de polvos de estrellas y caminos de lunas, que cantaba balbuceando casi en sordina, y  tarareando silenciosamente para no despertar los crueles demonios de las yemas que al verse descubiertas  destruían  su danza armónica cremosa y cambiaban sus esencias a  débiles y aguachentas espumas aceitosas. A veces el cansancio  la hacía agitar sus hombros para no  acalambrarse, y no se daba cuenta que la   mirábamos oculto  desde la ventana y captábamos la melancolía de su mirada , que entre giros de tenedor y aceite, dejaban escapar alguna lágrima pequeña sin saber si de alegría o de tristeza, pero que la llevaban en sus recuerdos a su dura, sacrificada, pero feliz infancia, y a las nostalgias de su familia y madre ausente y lejana allá  en la capital, limpiándose las lágrimas cuidadosamente con un gran pañuelo de seda, para no mezclarlas con el aceite y  entre tantas vueltas, recuerdos, galaxias y nubarrones celestiales,  en menos de media hora,  el volumen del plato sobrepasaba el círculo verde  que marcaba su máxima capacidad y lentamente iba deteniendo su impulso, y dejando de a poco  su constante girar, hasta detener silenciosamente  su trabajo y comenzaba la tarea lenta del ajo, la sal y el limón, girando ya más tranquila y relajada la ya cremosa materia,  con esa paz que le daba hacer su buena, y su “mejor” mayonesa.

En otras ocasiones, en medio de la bulla de nuestros juegos, ella nos hacía callar, y entre tanto girar la mezcla, de pronto se detenía abruptamente  y gritaba impotente y  enojada:

- ¡¡ Se me cortó la mayonesa. Ustedes tienen la culpa!!”

Y nosotros que ignorábamos esos lenguajes de cocina,   y para ser conciliadores buscábamos los trozos de la mayonesa que suponíamos cortada a pedazos entre medio de las sillas y entonces nos lanzaba con un nuevo grito a que fuéramos a jugar un rato a la calle, y volvía a comenzar con nuevos ingredientes una nueva  mayonesa, hasta cuando ya tenía su mezcla  casi lista, volvía lentamente  a echar sobre aquella, esa espumosa  mezcla de mayonesa cortada,  así entonces  iba salvando la vieja mayonesa y convirtiendo todo en un mágico bálsamo amarillo,  sonriendo, al final, satisfecha de su ingenio de cocinera.

Terminada su tarea,  nos convocaba a la mesa  del almuerzo. Algunas veces papá podía estar con nosotros,  otras  no. Cuando así era, compartíamos  las crujientes marraquetas pampinas, cortadas  en la panera, las que con  gusto y satisfacción, nos llenaban la boca de deliciosos y aromáticos  jugos cremosos de la  rica mayonesa, hasta hacíamos  un sorteo: El primero que se comiera su plato de comida, limpiaba el plato de la mayonesa con deliciosas migas de pan, dejándolo reluciente y limpio, sin quedar en él partículas de aceite, huevos, limón o sal y ajo. Daba gusto rezar esos días,  la oración del Padrenuestro, pidiendo que “el pan nuestro de cada día”, fuera  siempre así: crujiente y con esa rica mayonesa.

¡Ah!, ni decir  de lo delicioso, hasta hoy, las papas cocidas o fritas  con mayonesa. Los “locos” traídos  desde el puerto de Tocopilla con mayonesa; Perejil y salsa verde, con mayonesa. Huevos duros con mayonesa, y siempre había esa mezcla para  regalarnos esos sabores tan de sus manos que  nos acompañaron en las mejores  y humildes comidas, porque pareciera que esa crema  mejoraba todo, las sopas de lenteja, las sopas de porotos, la sopas de garbanzo, el puré de papas,  el pan del té de las 5 en punto,  la ”once”, con pan con aceitunas….y mayonesa..o el resto del pollo fiambre, molido,  con un poco de sal….y mayonesa…¡¡Ay Dios!! Cuántas cosas  nos alimentaron con esa fresca y  refrescante crema de los dioses que mamá (y las madres de los niños pampinos)  nos preparaba, y jamás nadie se enfermó de “salmonella” ni nadie tuvo que correr  de carreritas al baño, porque la  que ella hacia estaba llena de amor, de caridad, de oraciones, y hasta parecía nuestra comunión del almuerzo pues  con tantos padrenuestros y aves marías  no había mejor sabor que esa exquisita mayonesa.

Mañana celebramos el Día de las Madres, de todas esa esforzadas mujeres y madres  pampinas que nos regalaron tanto amor y tanta vida.

Estaremos unidos los mismos de ayer en cada hogar, a pesar de la pandemia,  deseosos de compartir un pan, una taza de té pampino y una tertulia de conversa y de recuerdos.

Mañana será propicio en la sencillez de los encierros de la “Cuarentena” obligada, aprovisionarse de algunas marraquetas crujientes, un buen plato de aceitunas, quizás unos canapés de huevos”, o de  “paté de ternera”,  adornados con trozos cuadrados de zanahorias cocidas y ojalá,  como un homenaje a nuestras esforzadas madres, sentarnos  en la tranquilidad de la tarde,  con la televisión apagada, para dibujar en círculos o en  elipses, las dos sagradas yemas, vertiendo el aceite lentamente, hasta conformar esa pasta maravillosa, llena de estrellas ,  nebulosas o  galaxias amarillas, y que nos traerán el sabor de nuestra amada infancia, que  fue tan simple, tan  delicada y tan noble, como esa rica y amarilla masa de crema de sueños que confeccionó mi madre, sus madres, y nuestras amadas madres: la más rica, única, verdadera y deliciosa  mayonesa.

 

 















martes, 4 de mayo de 2021

 Nostalgias escondidas……

Día de nostalgias escondidas,
De tristezas que nunca afloran
de recuerdos pampinos en el alma,
de risas, alegrías, o recuerdos que lloran.
De tenida limpia para ir a misa
de zapatos humildes, pero bien lustrados
evitando en el camino el polvo de la brisa,
Para llegar a conversar con el Cristo resucitado.
Día de vender “LA VOZ” en la puerta de la iglesia
O esperar la tarde para ir a la retreta
a la magia del odeón de nuestra plaza
mirando enamoradas, a tantas parejas,
y buscar en nuestros ojos inocentes de niño,
entre tantas, que “ella” apareciera,
o quedarse sentados en ese banco de cemento
a sentir los sones marciales de trompetas,
y agitando su batuta, el Maestro Guardia
que dirige los compases de memoria
y la alegría bullanguera de la tarde vespertina,
hasta los gorriones, asustados, se despiertan.
Huelo el polvo, que recorre como niebla
La calle agreste que nace en los Molinos,
y nos impregna de polvo salitrosos
esos sueños que teníamos de niños.
Es domingo, siempre hay nostalgias
La vida se nos va, tenemos los recuerdos
Crecimos en el paraíso de la tierra
Y quizás no tuvimos tiempo para darnos cuenta.
Cada cual escribió su propia historia
Con la pluma de los rayos del sol incandescente
Con los viejos remolinos que giraron a la gloria
Llevándose los volantines hacia el cielo celeste.
Nunca aspiramos a tener riquezas
La vida era simple, como el agua
Y en el sudor del trabajo
de las curtidas manos de nuestros padres,
nos fuimos envolviendo en esa magia
Que hoy con tantos recuerdos nos alumbra
con los faroles luminosos del alma…
Quizás mañana no nos veamos
Tal vez marchemos, - como tantos-
a la desconocida morada
hoy podemos regalarnos sonrisas
Para honrar a nuestra tierra amada,
Mañana, quizás nuestros huesos se disuelvan
Y sirvan de abono a la flor de la esperanza
y en las noches la cruz del sur nos envuelva
y nos cubran las silenciosas camanchacas
esas que se quedaron para siempre en nuestra vida
y que aún nos acarician con sus suaves manos blancas.
Hay que afinar hoy más que nunca
los instrumentos del alma
Los timbales de nuestros corazones
Las venas de nuestras guitarras
Para seguir con nuestras canciones
Y en el tren de la “una” agitando las palmas
Nos iremos soñando con nuestros tiempos mejores
Sin dejar nunca de amarnos,
Llevándonos el tesoro de nuestros amores,
Y en esas nubes de los sueños inmortales
encontrarnos para abrazarnos,
alguna otra y definitiva tarde….
Madrugada del 03. MAY. 2020…

                  Graciela Ramos, arte y belleza ….


Graciela Ramos Rojas, nació en Chañaral  pero fue criada y educada desde muy pequeña en Antofagasta,  como una destacada hija adoptiva de este norte. Fue una destacada artista  de la pintura de Antofagasta, que permanece dormida en el tiempo en los pinceles del recuerdo y que las nuevas generaciones no han tenido la oportunidad de conocer ni apreciar, permitiéndonos hoy sacar a luz con profundo sentido de respeto y homenaje esta nota de reconocimiento a su trabajo y dedicación.

 Perteneció a una  distinguida y  educada familia de la ciudad, que vivió en los sectores del centro alto de Antofagasta y luego en el sector de la Gran Vía,  conformada  por cuatro varones  y entre sus dos hermanas,  nuestra amiga y entonces  “Jefa” coral del coro de la Universidad de Chile,  Ana María Ramos que  decidió radicarse en Venezuela,  haciendo de su vida un permanente servicio a  la educación y al arte, acompañada en todos estos años por su esposo,  otro distinguido ciudadano,  actor   de la Compañía de Teatro de la Universidad de Chile, (Antofagasta) Dn. Francisco Araya,  contemporáneo de  Ángel Lattus, Teresita Ramos, Luz Varas, José Santander, Fernando Reyes entre oros,  y todos esos  pioneros del arte escénico que nos han regalado durante tantos años el talento, la representación de cientos de obras educativas y/o  de aventuras  que la ciudad perfectamente conoce, y que reconoce en ellos un gran grupo de jóvenes  de ayer, que han  permanecido perseverantes entregando su  aporte a la cultura local y nacional.

 Graciela cumpliría años hoy.

     Me he permitido resumir algunas acciones de su vida en torno al arte, y en sus  actividades sociales y de importancia para esa historia y reconocimiento, autorizado por su hermana y amiga Ana  Maria. 

    Graciela fue una  bella y educada dama, que  paseó  el nombre de Antofagasta en varios países, y  proyectó su carrera  pictórica en varias salas de renombre.

 Tal vez por su grandeza y sencillez, no nos hemos enterado de los detalles más importantes de su vida artística y de sus creaciones  que pudiéramos apreciar en alguna galería local. Pero fue consagrada y reconocida en las incursiones del arte, siendo su personalidad también silenciosa y prudente, sin hacer de ella misma aspavientos de su calidad.

 

En lo artístico, se destaca desde temprana edad como estudiante del  Colegio de Religiosas Alemanas  donde obtuvo varios primeros premios en dibujo y en arte.

 

Cursó su Enseñanza Media en el Liceo de Niñas donde se destacó con  su claridad y natural expresión de sus pinceles, con originales creaciones obteniendo por dos años  consecutivos el Premio de Honor de la Universidad del Norte  y una beca en los cursos superiores  de la Academia de Bellas Artes de dicha Universidad.

Egresó de la Enseñanza Media con “honores” por su dedicación al arte,   y por su respeto y cariño a sus profesoras y compañeras, obteniendo en esa época una máxima distinción por su forma de ser y su trato afable con los demás, un premio que quizás se perdiera en la noche de los tiempos pero que era en sí, todo un reconocimiento de entonces: El Premio “Femineidad y Modales”, como una gran distinción por su sencilla y afable personalidad.

 Lamentablemente sus obras no existen en un lugar determinado donde podamos apreciarlas hoy. A veces como  sociedad, olvidamos injustamente el paso de  las personas que nos han entregado arte, cultura, pintura, poesía o interpretación musical. Cierto aquello de que “nadie es profeta en su tierra”, pero  Graciela, merece ser recordada en unas líneas  pues marcó una huella que si bien  duerme en los recuerdos de los más antiguos personajes de nuestra  ciudad, se hace necesario  traerla al recuerdo y rendirle un merecido y justo homenaje.

 El más hermoso recuerdo que nos dejó , aparte de su talento artístico, demostrado en distintas exposiciones  que llegaron a ser exhibidas en importantes escenarios del arte en el extranjero, específicamente en España.  Graciela fue una belleza de nuestra ciudad y  ganó muchos eventos  de esas características,  sumando a su integra belleza, su sencillez y  en especial su personalidad amable  que cautivaba  y permitía ver en ella varias cualidades propias  de una gran artista,   carismática y bella, y  una hermosa mujer del norte de Chile que ha quedado entre los olvidos involuntarios  de la agitada sociedad en que vivimos y que no nos hemos hecho el tiempo necesario para recobrar y destacar. Reina de la Primavera en 1958 representando a la Universidad del Norte  y Reina de las Playas en 1959.

 En el año 1960, obtuvo el “Premio Municipal de Arte”, y a partir de 1961  formó parte del jurado de arte municipal.

 Ese mismo año conoce al destacado poeta Pablo de Rokha quien elogia su arte y la considera “primera figura en arte abstracto del país.” Expone en esta ciudad durante varios años.

 A comienzos del 70, se traslada  a Santiago,  donde estudia arte en la Universidad Católica  (Duoc) con el destacado profesor Humberto Zacarelli, e incursiona también en el mundo de la  empresa,  instalando una tienda de arte y decoración.

 En 1987 viaja a  Boston, EE.UU., llevando su “Serie Venuciana” (òleos)  y recorre galerías y museos recibiendo múltiples felicitaciones.   

 Los mejores recuerdos de su vida de artista y sobretodo de sus lazos sanguíneo, los mantiene en su recuerdo su hermana Ana María, residente en Venezuela, que en el recuerdo de ella nos cuenta: “Ella para mí,  fue mis ojos, mi ángel. Lo menos que puedo hacer es recordarla siempre con mucho amor”.

Una de las características de Graciela fue la permanente e infatigable búsqueda, plasmando en la tela, más allá de lo que vemos, el sentir del infinito y captando a su manera,  lo que ella sentía al traspasar las barreras de lo desconocido, incursionando  en la búsqueda de un mundo nuevo de emociones con nuevas formas que en su oportunidad invitaban a la reflexión, a la luz, a la armonía y paz  en el universo cósmico.

 Pero de las historias que  retratan a las personas de cuerpo entero y que las sitúan en esos ejemplos  que son para “toda la vida”, está este bálsamo para el alma que nos otorga este detalle  tan importante que no queremos dejar tampoco en la historia del olvido, para traer de ella la nobleza de su alma y ese sentimiento que mueve al mundo: el amor.

Joven y bella, se enamoró.

El año 1960, Graciela Ramos fue elegida Miss Antofagasta, pero el amor a  Eddie Marré, industrial minero con quien contrajo  matrimonio al poco tiempo después,  la llevaron  a rechazar dicha elección, renunciando a su derecho  y cediéndole a quien le siguiera merecidamente en ubicación la Srta. Marinka Polamer.

Era de tanta generosidad, que en un viaje a Buenos Aires, invitó a Elisabeth Hasand que no había quedado entre las finalistas, mostrando con ello su  gran desapego  a la fama y  garantías  propias de  los concursos de belleza. En argentina Graciela  tuvo importantes contratos, pero ya para ella ocupaba el principal lugar de su vida y ´sentimientos, el amor, 


Hace cinco años nos dejó Graciela, radicada en Santiago, donde dejó un legado artístico en Providencia, reconocido por embajadores que llevaban sus valiosas obras artísticas a México y otros países.

Quizás nos falte rescatar algunas de sus obras pictóricas, para  apreciar en toda su magnitud su  pintura creativa e inspiradora.

Sin embargo, la recordamos por su belleza perpetuada en algunas de sus fotografías que posee en su archivo personal de recuerdos su hermana menor Ana Maria o quizás sus hijas posean alguna de sus pinturas las cuales podrían ornamentar alguna galería  de nuestra ciudad para recordar su  trabajo que  es la mejor muestra y homenaje que podríamos hacer de esa artista local,  a la que recodamos  hoy con mucho respeto y  cariño, rindiéndole un merecido y póstumo homenaje de su vida como mujer en nuestra querida ciudad, la que adeuda para ella un justo reconocimiento.

                       Actores de la obra "La Remolienda"  dirigida `por Francisco Araya, con el elenco de la  Compañía de Teatro de la Universidad de Chile, Luz Varas, José Santander, Ángel Lattus y Fernando Reyes.  


                                         



                                   Ambas fotografías de un mismo instante: 

Baile en el Hotel Antofagasta donde compartió con su hermano, radicado en La Serena en ese entonces, y que viajó a acompañar a su hermana Graciela, para los actos de celebración por su elección como "Reina de las Playas."


 

 (Fotos: Gentileza Ana María Ramos.)

 


 

Un recuerdo de nuestro Maria Elena, de mis hermanitas menores, Yunia del Carmen (Q.E.P.D.), y mi actual hermanita Lilian. Esa foto en el frontis de nuestro acogedor ranchito...(Y las jardineras en medio del desierto, las sembraba mi padre, con espíritu sureño..)


Comentarios

Carlos Garcia Banda

Me gusta esta foto jajaja por que evoca mis mejores años de niñez...


Alejandra Pinto Saldías

👏👏


Carlos Garcia Banda

Gracias amigo...


Sandra Veliz Souza

... Hermosa foto.



Carmen Emilia Piñones Escudero

yo recuerdo a tus hermanas !!!!



Marjorie Williams

Que belleza de foto



Marcia Alejandra Requena Santibañez



PancHa Pérez

Mamita linda!!! 💖


Lilian García Banda

Mi mamita nos compraba esos hermosos vestidos a la Sra. Alicia Torrico. Recuerdo que para fechas importantes nos vestían con ropa nueva, zapatos y vestidos, era costumbre pampina. Para el 21 de mayo, 18 de sept. , pascua, etc. Felices nosotros con las nuevas "pintas"...pero qué tremendo gasto para los padres.


Zahira Suarez

Tierno y hermoso recuerdo


Ingrid Norma Diaz Ramos

Que recuerdo más hermoso


Maritza Georgina Aguilera Barraza



Patricia Rodriguez

Bellas ,linda foto,buenos recuerdos



Patricia Rodriguez


 

 

CUENTO EN "CIEN PALABRAS"

 ANTOFAGASTA EN 100 PALABRAS........

.... El alma ciudadana llenó masivamente los espacios de la otrora estación, (hoy de Luksic,) y entre historias de vagones y cantores,  buscó afanosa el vuelo literario de las palomas enredadas en los cables  y balcones. 

    Era soñar entre tantos libros, en cada ensayo en cada historia, una semilla que le haría sonreír  en los cuentos de esa tarde.

    Cuando el sol ya se  acostaba en el océano, se retiró cabizbajo girando una única moneda  con sus dedos en su bolsillo. 

    Tan inalcanzable y comercial los precios de los libros. 

    Se fue ansioso pensando concurrir en la próxima  mañana, para seguir viajando en tantas bellas  historias en la gratuita biblioteca......


2 comentarios

Carlos Garcia Banda

(EL QUE SABE...SABE.......GRAN ESFUERZO, GRAN INTERÉS, MUCHO SACRIFICIO DE ORGANIZADORES Y PARTICIPANTES, BUENOS ARTISTAS, BUEN LUGAR DE DISCUSIÓN.....PERO PARA EL LIBRO....NO SE DEBE COBRAR IMPUESTOS.....LA PRÓXIMA FILZIC, DEBE SER SIN IMPUESTOS AL LIBRO, ASEQUIBLE A TODO BOLSILLO  Y CON DESEOS DE COMPARTIR LA SABIDURÍA, NO HACER DE ELLA UN NUEVO NEGOCIO...(HUMILDEMENTE)..

 · Responder · 6 años

Maria Cristina Rojas Neumann

Totalmente de acuerdo.


  

JORNADA DE PLANTACIÓN EN EL SANTUARIO

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