viernes, 20 de enero de 2023

Maestros Pampinos

 

Un gran matrimonio de Maestros Pampinos

            Para quienes deseen saber un poco de la historia de un distinguido matrimonio de maestros de nuestra querida y recordada Escuela Consolidada, Don Enrique Maldonado Rückoldt  (así como suena, de origen alemán), y que fue también su Director,  casado con la Sra. Perla Diaz, otra maestra distinguida y de excelencia, de cuyo matrimonio nacieron Enrique, (Kiko), Ximenita, Mónica, (mi querida compañera de enseñanza básica),  y ese pequeño, de cabellos colorines como el padre,  que fue un regalo de crianza final, y a quien conocimos cuando recién comenzaba a balbucear algunas palabras, el recordado Marcelo.

            Nuestro querido profesor, Don Enrique, por muchos años, y después de dejar la docencia en María Elena y ejercerla también como la pasión de su vida en Antofagasta, dedicaba sus tiempos a la pasión de su vida, el deporte en todas sus gamas. Era un activo y destacado cultor en muchas disciplinas deportivas, alcanzando siempre niveles de alto rendimiento en las pruebas atléticas en la ciudad, defendiendo su categoría "Seniors" en toda oportunidad.          

            Era un asiduo y reconocido nadador del Balneario Municipal, invierno o verano daba lo mismo, allí estaba su figura nadando entre el oleaje de las frías o tibias aguas de la estación,   y tenía notables records de  rendimiento físico en las pruebas de atletismo de largo aliento. Nunca dejó de obtener galardones deportivos importantes, de hecho  participaba todos los años, en el mes de Febrero, en la conocida, esforzada y muy disputada prueba llamada "Carrera de Ascensión al Cerro el Ancla" organizado por el Comité Patriótico de la Población Oriente, y que reunía  los mejores deportistas institucionales y particulares de todo Chile,  movilizando gran cantidad de participantes y largas premiaciones con el apoyo del ejército y las autoridades deportivas,  todo ello para dar un realce  importante al aniversario  de  la ciudad.

            En todos los eventos habidos y por haber, siempre estaba Dn. Enrique presente, sorteando las pruebas de ciclismo, atletismo y tantas otras. Era incansable, jovial y enérgico el querido profesor al cual nunca dejamos de aplaudir, apreciar y admirarle por toda su vitalidad y entereza en muchas de estas actividades a las cuales alguna vez fui de espectador.

            Nadie destacó nunca el valor deportivo de nuestro querido profesor, que tuvo el alto honor de coronarse “Campeón Sudamericano” en el “Salto de Garrocha” en su categoría Seniors, lo cual no ha quedado mucho en los registros históricos del deporte nacional, pero que alguna vez lo mantuvo como noticia de primera plana en algún periódico local.

            En esa fotografía que tengo el honor de compartir, y que guardo con mucho respeto y cariño  en mi álbum personal,   tuve el gusto alguna vez de saludar e intercambiar un breve instante de conversa, en medio de sus  elongaciones y ejercicios de precalentamiento físico con el Maestro antes de iniciar esa prueba de alta resistencia como lo es la conocida “Ascensión al Ancla”, y en esa misma oportunidad pedirle el permiso correspondiente, (nunca dejó de ser para mí, la “autoridad” de mi escuela,)  y entonces con su venia, retratarlo.

            No era muy amigo de hacerse protagonista de ningún evento deportivo, pues con solo participar y estar allí, “donde las papas queman” se ponía a prueba a si mismo y con solo participar, se sentía desde ya triunfador y más que satisfecho. Era una forma generosa de humildad que siempre conservó y trató de mantener en todos sus desafíos deportivos, pues era así el maestro, quería y podía y se esforzaba por dar y darse por entero a lo que le parecía bueno y sano para su propia vida.

            El recuerdo del dilecto profesor y su esposa Perla y su hermosa familia, son parte de nuestras historias pampinas que nunca se cuentan, y siempre es justo traer sus recuerdos a nuestras mentes, para que rescatemos de ellos su valor, sus enseñanzas, sus ejemplos y   mantengamos siempre vivos en nuestras memorias su justo recuerdo.

            Conversando con mi amiga de infancia y compañera de colegio Mónica Maldonado Díaz, sobre las desventuras que significa perder a su padre, me decía que  “él fue un maestro de vocación, de esos que daban todo por  cumplir sus tareas y obligaciones  educativas”, y además agregaba: “Curiosamente, una tarde  de un 16 de Octubre,” (quizás recordando esas tremendas jornadas educativas y de tanta actividad como lo eran la “Semana del Niño”, en ese día 16, consagrado en esa semana como “El Día del Maestro”, en el que saludábamos a todos nuestros profesores), “Decidiera sumisamente  acatar la voluntad del  Divino Maestro y partir en el silencio”, con los saludos y vítores de esos cientos de niños de distintas generaciones y épocas que  coreaban en su mente y sus recuerdos su nombre de “Maestro”, y que le dieron  consuelo y emoción en el preciso instante del inicio de su viaje a la eternidad, camino  al “recreo celestial”, y sentir profunda paz en medio  de esos bullicios y algarabías que le regalaron sus memorias como ofrenda final, cientos o miles de niños pampinas o de la ciudad, que conocieron sus bondades.

            Poco tiempo después, sumida en las nostalgias de la ausencias obligadas que se anidan en el alma de las personas y que las hacen caminar y vivir de los recuerdos, especialmente en esos silencios prolongados de esas noches de insomnio e incertidumbre, en que muchas veces fueron, en otras circunstancias de masiva actividad educativa, de  análisis y corrección de pruebas, planificaciones, programas, largas jornadas de estudios, (y en esos tiempos sin tecnología como hoy), y preocupaciones por sus alumnos, en esas noches de dolor ausente y enfermedad presente  entonces también le tocó  el momento de partir a nuestra hermosa y tierna maestra Perla Diaz, gran esposa, madre y amiga de sus hijos, que era todo dulzura, delicadeza y una profesora ejemplar de nuestra pampa.

            La vida me regaló la oportunidad de conocerlos y el placer de divisarles muchas veces, llenos de entusiasmo por la vida, en los años que vivieron cercanos al barrio de la Avenida Argentina, aledaño al antiguo hospital regional, en la ciudad de Antofagasta.

            Quiso la Divina Providencia que pudiera, gracias a la confianza y cariño de la familia Maldonado, participar en sus exequias, y estar allí, en medio de muchos pampinos y familias despidiendo sus sagrados restos un inolvidable y también triste 11 de febrero de 2015.

            Se reunieron finalmente Enrique y Perla, en esa Escuela celestial que reúne las almas de todos aquellos lindos Maestros que alguna mañana nos invitaron a cantar emocionados y comprometidos con los valores de la educación, esos versos que no se olvidan y cuyas notas son también nuestro mejor regalo de las enseñanzas recibida:

 

“Vibre ya la canción que proclama,

de la Escuela Supremo Ideal,

elevemos el himno que llama,

al progreso al amor y a la paz.”






COMENTARIOS PUBLICADOS EN EL FACEBOOK "GENERACIONES PAMPINAS" Y MI MURO PERSONAL, A RAIZ DE ESTA NOTA:  (Entre el viernes 20 y sábado 21 de Enero de 2023),

Jimena Maldonado

Carlitos. parto con darte infinitas gracias por el resumen hermoso de tus palabras de lo que fueron mis padres, especialmente mi padre. Las historias de su espíritu inquieto que no pasó desapercibido de ninguna manera, me llena de emoción, participó en el Coro Magisterio también, ajedrecista destacado en María Elena, amante de poner frases célebres diariamente en una pequeña amasandería que tuvieron en Antofagasta durante mucho tiempo,. hizo una carta a la Municipalidad para que otorgaran permiso a entrar a la piscina Olímpica y asistía diariamente, también tenía la llave del Estadio e iba a correr. etc.

Morales Paz Marcela

El Sr. Maldonado. Así lo llamábamos con mis hermanas ya que fue el Director de la Escuela D-59 donde trabajan mis padres Pedro Morales Vera y Norma Pizarro. También fueron amigos y tengo lindos recuerdos de amistad con el, Sra Perla y algunos de sus hijos. Reuniones en nuestras casas, idas a la playa, viaje a Iquique en fin, muchos recuerdos. Lindo homenaje. Mis padres lo apreciaban mucho. Mi mamá hasta la fecha lo recuerda con mucho cariño. Gran Director y mejor persona !! 👏

Marcelo Antonio Maldonado Diaz

Morales Paz Marcela tus papas fueron unos excelentes amigos de mi padre lo acompañaron hasta el último, ahora con Pedrito estarán brillando en el cielo. Mi eterna gratitud con tus papitos

Uberlinda Del Rosario Ahumada Robledo

Emotivo homenaje para quienes fueron excelentes personajes pampinos

 

Mónica Maldonado Díaz

Que generoso eres Carlitos. Gracias!

 

Osvaldo Enrique Rodriguez Pastenes

Gran maestro fue director y mi profesor jefe en 7mo y 8vo basico en la ex escuela 32 hoy D59 de la Pob Prat B aun guardo lindos recuerdos de su enseñanza.

 

Veronica Brookes

Qué hermoso y expresivo homenaje a nuestro legendario ex director de la Escuela Consolidada, don Enrique, y a la tierna y cariñosa Sra Perla. Tengo lindos recuerdos de ambos, y de su linda familia.

Muchos cariños a sus orgullosos hijos Kiko, Ximena, M… Ver más

 

Fernando Rojo

Gran director y profesor junto a su señora esposa doña Perla

 

Carlos Garcia Banda

Autor

Monica Mónica Maldonado Díaz, Jimena Maldonado, Enrique Maldonado Diaz con mucho respeto a la familia de nuestros profesores.

 

 

 

Danton Villarroel

Mira Marcelo Antonio Maldonado Diaz

 

Lile Vielma B.

Tengo muchos recuerdos de ellos la Sra Perla fue mi profesora y el como director del colegio

 

 

Maritza Georgina Aguilera Barraza

Excelente REPORTE SOBRE NUESTROS MAESTROS Y QUERIDOS PROFESORES PAMPINOS...AMBOS FUERON PROFESORES MIOS

 

Gustavo Rivera

Muy buen profesor y director de la Consolidada de María Elena.

 

Marcelo Antonio Maldonado Diaz

Que hermosas palabras hacia mis queridos padres y hermanos (la emoción me embarga las lágrimas en mis ojos no me dejan seguir)

 

Cristina Gomez Matus

Los conocí, la Sra Perla fue mi profesora hasta cuarto básico. Él era el director en ese tiempo

 

Carlos Barraza Martinez

Excelente narración!

 

 

Patricia Rojas Balcarce

Sra perla fue mi profesora

 

 

Adriana Castillo

Que lindo recuerdo

 

 

Magdalena Guardia

Hermoso recuerdo gracias por compartir

 

 

Gonzalo Nicolas Pinto Lampidis

Que lindo relato Carlitos, un gran abrazo para sus hijos...

 

 

Tatiana Aurora

 

Rubi Vasquez Pozo

👏👏👏

 

 

De mi MURO

Olga Pizarro Plaza

Que Bello Carlitos lo que escribes Dios te bendiga. Y sí me traes recuerdos y la Sra.Perla fue mi primera profesora la que me enseñó a leer y a escribir en primero, segundo y tercero básico 1957, 1958 y 1959. Besitos al cielo para ellos.

 

Juan Pichi Lopehandia

Tremendos profesores la Sra.fue mi profe hasta cuarto básico siempre la recuerdo con mucho cariño ,una anécdota que siempre la cuento con una psicología tremenda llego a nuestro en cuarto un gran amigo Pedro Godoy Carvajal conocido como pituta el verdadero llegó al curso por que ningún profe lo quería obvio era travieso el loco la Sra. Perla cuando llegó le dijo hijo yo lo recibí porque nadie de mis colegas lo quiere así que yo acepte traerlo pero tiene que portarse bien y de ahora en adelante Ud. me ayudará y lo nombró jefe de disciplina del curso pituta tubo un cambio fuerte y cuando nos hacíamos desorden en la sala pituta se paraba y solo nos decía en el patio o la salida te agarró un abrazo para estos grandes profesores donde estén

Carlos Garcia Banda

Que buena anécdota y tremenda decisión de la profesora. Yo conocí al "Pituta" Godoy, en esos tiempos y tenía fama de desordenado y bueno para los "combos" jajaja Gran valor el de la Sra. Perla. Con el "Pituta", y varios otros, como Aranda, Contreras, Fres, fuimos Scouts y viajamos hasta Concepción en un "Encuentro Internacional de Patrullas", y él era como el líder, pero ya se portaba siempre bien...Muy risueño y alegre, pero igual "bueno" pa los combos jajajaj.. Gracias por tu aporte, que nos ayuda a recordar.

Carolina Ines Pizarro Pereira

Recuerdo cuando con Mónica nos encontramos en el Liceo de Niñas (fuimos compañeras de curso) le comenté a mi papá de ella porque el vivió muchos años en María Elena y fue presidente del Consejo local de deportes en esa localidad, lo cual me respondió m… Ver más

 

Mónica Maldonado Díaz

Linda Carolina , siempre te recuerdo y estás presente tenemos algo que nos unirá siempre.

Cariños 😘

 

Luis Vera Alucema

Hermosísimo texto de homenaje y reconocimiento a dos insignes Maestros. Muchas Gracias Carlos.

Respetuosamente me inclino en genuflexión y oración de gratitud, muy especialmente a Dn Enrique, Sra. Perla y a cada uno de nuestros profesores que abrieron un sendero de luz para nosotros, sus queridos alumnos.



 

martes, 10 de enero de 2023

Promoción 1998 - 1999

 



La vida de los soldados comienza siempre a partir de la experiencia dura, pero de grandes valores, como lo es el Servicio Militar.       

         ¡¡Una vez soldado, siempre soldado!!

         Las mejores muestras de amistad, de respeto, de camaradería, de cariño, se viven en esos momentos que en que “la unión hace la fuerza”, y venciendo lo imposible,  se unen nuestros espíritus en torno a nosotros mismos, y no hubo ni habrá noche solitaria o de abandono  bajo las estrellas, o bajo el inclemente sol de la pampa y el desierto, en que un soldado haya estado o se hubiera sentido abandonado, triste y solo.

         Siempre estuvo el camarada  más próximo de la escuadra, el grupo más selecto de la sección, el gran equipo  de combate de la Compañía, el Batallón y finalmente el Regimiento, que es la  Unidad  que lo cobijó bajo un mando  y que le dio ese sentimiento de compromiso y amor a Chile, y que le inculcó los valores  de esa entrega generosa que solo se vive una vez,  y que con los años se transforma en la filosofía personal de vida que nos lleva por los distintos caminos con el optimismo, confianza, sonrisa y  la fuerza para vencer los desafíos y obstáculos, en los distintos campos de la vida, y   es tal esa unión  nacida en esa experiencia dura pero maravillosa, que los años no pueden pasar en vano ni permitirse el lujo del olvido, y es que en esas circunstancias,  la amistad florece siempre eterna, como algo mágico y  ya nunca pasarás por el lado de un individuo  que haya estado contigo en  el servicio militar, aunque haya sido de otra Compañía, para saludarlo con fraterno y sincero espíritu de amistad, y desearle siempre lo mejor, sin envidias, sin cuestionamientos, sin rencores, solo amistad, de la buena, de la más pura, de esa que surge en medio de algún dolor o incomprensión, en alguna tristeza, o a veces también, por no saber enfrentarla esa  llamada soledad, pero también en la alegría de compartir y vivir juntos tan magnifica experiencia.

         Ese sentimiento de amistad, nunca ha cambiado, no cambia ni cambiará, aún en las peores situaciones.

         Son muchas las agrupaciones de soldados, (no digo “ex soldados” por que se es soldado para siempre), en que ese sentido de solidaridad y amistad, permite  muchos grupos de jóvenes de ayer, hoy quizás adultos,  a reunirse con sano espíritu de camaradería, en torno a los recuerdos que afloran cuando existe esa feliz oportunidad de compartir  y rememorar esta experiencia, y que se dan un tiempo para detener sus propios caminos, saliendo de sus tareas diarias, de sus particulares formas de supervivencia individual junto a sus familias, para detenerse un instante, compartir, brindar, cantar y recordar con alegría y valentía los obstáculos que tuvieron que vencer y las formas con las que debieron vivir, y que hoy les regalan esa posibilidad de disfrutar la vida en esta dimensión de mayor apego a lo fundamental del hombre, la familia, el amor, la amistad.

         El compañerismo nunca muere, se está con el soldado amigo, el camarada caído, en el dolor, en la alegría y en la enfermedad.

         Hace pocos días conversando con mi amigo y soldado del Glorioso “Esmeralda”, radicado en Ovalle, Manuel Rivera Araya, me contaba de  la  Agrupación de Soldados que se reúnen  todo el tiempo y que pertenecen a la “Promoción 88 -  89”.

         Aparte de los recuerdos positivos y agradables de tanto tiempo compartido, me comunicó la tristeza de la partida de un camarada soldado, que  se ha marchado a la legión de los invencibles  junto al mayor comandante de la vida: Dios.

         En estas palabras simples, como es nuestra vida de soldados,   queremos entonces junto con Manuel Rivera, que ha tenido la oportunidad de compartir más tiempo con nuestros soldados, rendir un homenaje al  Soldado PEDRO ANACONA VILCHE,  que nos dejó   durante el mes de Diciembre de 2022,  y que era sin duda un alegre y servicial hombre que compartió tantas emociones  y alegrías en esas gratas reuniones a que acostumbran a desarrollar los soldados de Ovalle y alrededores y que  también ha contagiado a los que han debido marcharse a otras ciudades en la incesante  búsqueda del mundo del trabajo y la materialización de sus propios proyectos de vida.

         Nos decía Manuel, que Pedro era el tercer hijo de los siete hermanos que conformaban su núcleo familiar.

         Nació el 13 de abril de 1969, y tuvo  la dicha de hacer su servicio militar en el Glorioso “Esmeralda”  en el año 1988-1989, durante el mando del  coronel Jorge Romero Campos, siendo en esa época  Comandante de la Compañía de Plana Mayor el Capitán Enrique Collante y el Comandante de la sección el Capitán Fernando Morales.

         Recuerdan con cariño entre tantos otros nombres, a Juanito Mendizábal Córdova, entonces CB2 y Comandante de la Escuadra, que es la unidad básica de combate en la orgánica militar y muchas actividades y anécdotas vividas en sus tiempos de cuartel.

         Ya en la madurez de sus años, Anacona se casó y tuvo dos hijos, y en la actualidad tenía también  dos nietas y un nieto, todos habitantes de la hermosa ciudad de Ovalle, en la  población “Fray Jorge”,  un hermoso entorno de ese bello lugar que  es como un vergel en medio de esas hermosas tierras que nos regalan frutos  generosos y donde se forman  personas nobles y comprometidas con el trabajo  como lo son sus habitantes.

                   Su entusiasmo y lazos  de amistad, lo llevó siempre a compartir con sus pares, amigos de toda la vida, surgida en esa experiencia del Servicio Militar,  apoyando con su espíritu de servicio a la “Promoción” y sirviendo como Tesorero en ese grupo organizado  en que Manuel Rivera es el Secretario y el muy estimado soldado,   Rubén Toro que lidera  este grupo, como su Presidente.

         Esta agrupación nació el 23 de noviembre de 2019  y su primera reunión de camaradería  se realizó el 14 de diciembre del 2019.

         Una promoción, sin duda como muchas que pasan por la Unidad, y que mantienen sus lazos y estrechan sus espíritus en torno a sus mejores recuerdos.

         Esta promoción fueron  115 soldados, unidos aun en el tiempo.

         Hoy nos deja, para reunirse con otros “hermanos soldados” que han partido: Patricio Villalobos (Q.E.P.D.), Guillermo Morgado (Q.E.P.D.)  y el querido amigo y camarada Pedro Anacona Vilchis, (Q.E.P.D.), a quien   recordaremos siempre con cariño y por quien hemos escrito estas palabras de gratitud, puesto que en su amada ciudad de Ovalle, era un ciudadano muy querido y será siempre recordado por sus amistades, su familia, sus hijos y nietos,  su familia, y por todos los camaradas de la “Inolvidable  Promoción”.

         Gracias a Manuel Rivera, por mantener vivo el espíritu del Soldado de Infantería que jamás termina, al contrario, nos acompaña a todos, hasta esa última morada.

         Deseamos en nuestra calidad de amigos y camaradas, que siempre mantengan ese espíritu  de cariño y  solidaridad entre todos ustedes, y que nuestro camarada Pedro Anacona Vilche, descanse siempre  en paz, con la satisfacción de haber cumplido su sagrado deber para con la Patria en el histórico y “Glorioso” Regimiento de Infantería N° 7 “Esmeralda”, el “SÉPTIMO DE LÍNEA”.

 

“Yo tenía un camarada, otro igual no encontraré, siempre a mi lado marchaba y a ¡¡Fuego!! el clarín tocaba, al mismo paso y compás….”   

SUS AMIGOS DE LA PROMOCIÓN


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

lunes, 9 de enero de 2023

El "John Kennedy"

 

                                                        Foto colección Sr. Misael Tapia.

El “JOHN KENEDDY”  

(Carlos Garcia Banda)

            Hay tantos personajes famosos de nuestra pampa salitrera y que fueron nuestros héroes de la niñez; quizás en mis recuerdos haya muchos otros nombres grabados con sus historia simples y sencillas, como lo era todo en la pampa, pero esta pequeña historia, puede que algunos la hayan vivido o la hayan experimentado y que duerma en sus recuerdos. Como no tengo “memoria” de elefante, puede que la podamos reconstruir entre todos, puesto que para mí hay algunos fragmentos olvidados, pero no así la esencia heroica de este alumno de la Escuela Consolidada, uno de los hijos menores del matrimonio Cancino,  que vivían por allí por nuestra calle Luis Acevedo, más apegaditos a la estación y que tenía un hermano mayor, que era como el más serio de ”los Cancino”.

            Esa familia era muy piadosa y ambos padres, se dedicaba en esas pocas horas del descanso y del hogar, con gran dedicación y entrega, a las actividades de la Parroquia “San Rafael” con un gran impulso y compromiso adquirido voluntariamente, y que unían sus espíritus, bondad y generoso servicio, tal cual lo hacían otros grupos numerosos de familias como lo fueron los Nef, los Calderón, los Yupanqui,  los Salinas, los Rojas con la Sra.  Isolina a la cabeza, los Valencia, Alfonso Espinoza, los Pizarro con Dn. Enrique y la Sra. Olga, los Ramos, los Rodríguez, los Valdés,y tantos hombres y mujeres que nos dieron ejemplos de sus vidas al servicio de la Evangelización, comprometidos en tareas de catequistas, guías de matrimonios, Cursillistas, JOC, (Juventud Obrera Católica), y que lo dieron todo desinteresadamente para la gran obra del Señor.

            Por mi edad de aquellos años, veía ocasionalmente al “John Kennedy”  “subir” desde el fondo de la calle Acevedo, muy cercano  la Estación, con su invariable e impecable camisa blanca y su pelo colorín y una hermosa sonrisa alba, tenía un gran parecido, hasta en la forma de su cabeza y corte de cabello y peinado al entonces Presidente de Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy, y tengo la memoria clarísima de  ese joven,  caminando rápidamente  hacia  la plaza, pues era  muy entusiasta  para caminar y no sé si habrá pertenecido  a la Academia de Gimnasia Cuadro Blanco por sus características físicas y  atléticas,  pero que lo hacían todo un personaje  importante a nuestra mirada de niños en mi barrio;  vivía cercano a los “Miño”, que también eran una familia muy ligada a la  iglesia, y en  esa misma acera, los Vargas, cuyos padres  eran de misa diaria  y servicio permanente a la Parroquia.

            Recuerdo un importante acto desarrollado frente a la Escuela  Consolidada,  tiene que haber sido un homenaje a algún héroe de algún acto de la efeméride nacional, o me atrevería a  decir, que era toda una celebración exclusiva por la Independencia Nacional, pues se realizó en el  monolito dedicado a la Independencia de Chile y no en el tradicional  Busto a OHiggins,  que daba  a la avenida principal de la plaza.

            La Banda Instrumental bajo la siempre disciplinada “batuta” del querido Maestro  Don Florencio Guardia,   después de los saludos protocolares del locutor de la ceremonia al cuerpo de profesores y autoridades presente, iniciaba con sus inconfundibles sones marciales, el Himno Nacional, el que era siempre bien coreado y con gran entusiasmo por nosotros, los estudiantes, y entonces había un par de alumnos que se habían preparado convenientemente, con guantes blancos,  y su mejor tenida de escuela, para  lo que era sin duda  la más importante acción del acto patriótico cultural de celebración: El Izamiento de nuestro bello  emblema nacional.

            Los protocolos de estos actos, eran muy estrictos para nosotros los estudiantes;  siempre fuimos bien educados y guiados en el respeto a nuestros símbolos patrios, en especial el reconocimiento a nuestros valores de la historia, y el inmenso amor a Chile, representado por la sagrada e insigne  bandera tricolor y  a ella, de verdad, le rendíamos un  hermoso culto  de respeto por lo que representa, y  cuando cantábamos el himno patrio, era la efervescencia sanguínea de grandes emociones las que sellaba todos los rincones de esos cursos que formados en ordenadas filas, con sus profesores encabezando las pequeñas columnas de los cursos,  queríamos gritar  a todo pulmón, con nuestro canto  de voces blancas,  que  sentíamos en lo profundo del corazón, ese gran orgullo y amor a nuestra patria, representada  a través de la tricolor bandera.

 

            Mirábamos con gran orgullo lo que acontecía en la tribuna frente a nuestros ojos, dando inicio al acto desde el inicio del himno, observando el alto mástil enhiesto frente a la escuela  y ubicado en un monolito en la vereda superior de la plaza, donde se desplazaría la bandera ceremoniosa y flameante por la driza,  que  guiaban esas manos enguantadas de los alumnos seleccionados, con tanta delicadeza y finura, que aquel era un momento casi religioso,  que  hacía hervir el alma de patriotismo y recuerdos de la historia.

            Sonaba entonces en el aire, los sones marciales y las voces cantaban: “Puro Chile, es tu cielo azulado, Puras brisas te cruzan también y tu campo de flores es bordado, es la copia feliz del edén….”

            ¡Qué maravillosa experiencia de unirnos todos en esa muestra de amor tan patriótico, tan nuestro, tan orgullosos, y mientras las  gargantas respiraban profundas bocanadas de aire salitroso para alcanzar las notas y expulsar ese aire con la melodía patriótica,  seguía subiendo la bandera impulsada por la driza paralela al mástil, arrullada también con alguna leve brisa tan necesaria en medio de tan caluroso día. Calor, temperatura alta, alguna corriente de aire leve, y el roce de la cuerda en la roldana superior, seguía su lenta marcha de llevar la bandera a hasta su  cima:  “Dulce Patria, recibe los votos, con que Chile en tus aras juró. Que o la tumba serás de los libres, o el asilo contra la opresión… y justo en el “bis”  de: ¡O la tumba!, vino entonces  la desgracia, de esa mañana, casi mediodía,  que nos dejó perplejos, sin aliento, mientras la Banda  Instrumental seguía con su notas interpretando nuestro amado himno patrio, y las voces opacadas por el “susto”, seguían la interpretación.

            Sencillamente la driza se cortó, y entonces esa bandera que subía  orgullosa hacia la máxima altura del mástil, como un ave  con el ala herida, y titubeante, comenzó a caer, a desplazarse en caída libre lentamente, acompañada del leve viento,  que quería  acunarla y soportarla,  y llevarla en “andas” para no hacerla caer y revolcarse en los jardines de ese sector de la plaza y  fue entonces una caída lenta, eterna, silenciosa, expectante,  diría: “sin palabras”,  como cuando viene un paracaidista desde el cielo con su cúpula inflada, y la bandera se movía como esos volantines heridos de septiembre, o esas “cambuchas” pampinas  vacilantes, y en su caída, se movía en sus intentos de equilibrio, y se desplazaba lentamente como una gigante pluma de tres colores, con su tamaño mágico y   la cuerda  fláccida y ya inerte, se doblaba como esas derretidas vigas  metálicas que se someten a altas  y mortales temperaturas, de  algún fuego.

¡Dios Mio!  Dijeron los cientos de miradas en silencio.

¡Se cae la bandera! ¡Se cortó la driza°! 

            Y entonces, surgió de esa muchedumbre infantil de cientos de estudiantes, con su característica camisa blanca, pulcra como su dentadura siempre  alba, el pequeño o gran niño pampino: El  “John Kennedy” y  corrió presuroso traspasando las barreras de estudiantes y cordones policiales,  con ese ímpetu de los héroes de nuestra  historia patria  que dieron su vida en los campos de batalla, y sobrepasando todos los obstáculos, rápido como un rayo, y en el segundo final en que la gravedad habría consumado su obra  evitando el tumulto de niños y maestros, y aún oyendo los cantos del: ¡Oh el asilo contra la opresión”, tomó truinfante, antes de que cayera al suelo, ese trapo santo, que sostuvo con sus manos y  no solo evitó que la bandera cayera   humillada al suelo polvoriento,  despojada de sus honores junto a los músicos del Maestro que soplaban con mayor potencia sus instrumentos, sino que el “John Keneddy”, se envolvió la bandera con respeto en su cuello, tomó la driza cortada, y  jamás en mi vida supusimos  ni de sueño lo que haría: Comenzó a subirse por el mástil enhiesto,  recién pintado, y subía y subía con una destreza de puma, con la bandera como gran bufanda afirmada en su cuello y la   soga de la driza entre sus manos. Y apretaba sus piernas fuertes al fierro del mástil, y sus manos heroicas y poderosas, sólo  subían y subían y alcanzaban cada vez más altura, y el himno no cesaba, continuaba y los instrumentos de viento y los compases de la Banda, ya no miraban  las partituras, estaban clavados sus ojos en la valiente maniobra, casi o muy heroica del pequeño o grande “John Kennedy” y comenzaron todos los presentes de nuevo a entonar el himno nacional: ¡Puro Chile es tu cielo azulado…”, para darle más tiempo. ¡Todos unidos, todos los “pampinos” haciendo fuerza y apoyo espiritual, todos impregnados de un  espíritu heroico que rasgaba el aire con esas notas del himno patrio, porque el John Keneddy en medio de la batahola  y la emoción contenida,  seguía en su personal esfuerzo, en su gran intento, lo amamos en ese instante como héroe, todos queríamos ser “él”, todos queríamos estar allí subiendo el mástil, adoramos ese momento  cuando  en ese último impulso, llegó a la cima, llegó a la cúspide, llegó al “cenit” tan cercano al cielo,  y allí con la sencillez y calma,  arregló la cuerda, pasó la cortada soga por el orificio de la roldana, la ató, y entonces desplegó en esa altura inmensa, el gallardo tricolor que en ese minuto ondeó con una brisa fresca  que surgió de la nada   y con las notas del himno aún latiendo por los aires, hasta los pimientos se doblaron  satisfechos, cuando el John bajó, con su alba sonrisa y con esa sencillez y virtud heroica de pampino al sentir muy en el fondo de su alma esa satisfacción interior que sienten las personas que hacen el bien y con su hermosa sonrisa volvió por el sendero que había sorteado, se ocultó de las autoridades,  de la gente, y  terminó cantando como todos  el final de nuestro himno:  “¡O el asilo contra la opresión”.

            Nadie pudo aplaudirlo, nadie pudo agradecerle,  había que seguir la ceremonia, y nunca nadie dejó de cantar por un instante en todo ese larguísimo y casi eterno tiempo  en que nuestro pequeño o grande John Kennedy  salvó la bandera, de caer en manos del polvo del olvido, subiéndose como  puma poderoso o enrabiado, sin dejar de sonreír, por ese mástil que está allí aun, que se mantiene silencioso  y que fue esa mañana testigo del mejor ejemplo de heroísmo de un simple joven estudiante de nuestra escuela.

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            Ya no supe nunca más  del “John Keneddy”  que veía  “subir” desde el fondo de la calle Acevedo, muy cercano  la Estación, con su invariable e impecable camisa blanca y su pelo colorín y una hermosa sonrisa alba, y que tenía un gran parecido, hasta en la forma de su cabeza y corte de cabello y peinado al entonces Presidente de Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy.

            Cada vez que pasaba por la calle Luis Acevedo, subiendo desde la estación hacia la plaza, mi mamá nos decía muy orgullosa y sonriente : ¡¡Ese es el John Kennedy el que salvó  de la humillación y la derrota de la caída de nuestra amada y tricolor bandera!!

 

viernes, 23 de diciembre de 2022

Recordando al "Picarón López"

 

  

                                                             FOTO DE LA GALERIA DE SOMs.

La vida y sus vueltas nos sorprenden con lo pequeño que es el mundo. A veces viajamos con alguien obligadamente como compañero (a) de ruta, y lo hacemos en tal estado, que  nos interesa solo saber de nuestro boleto, del equipaje, de la hora de llegada, de las coordinaciones que nos preocupan,  la ubicación del baño,  ideal que nos toque al “lado” de la ventana, para tener el paisaje a nuestro haber, y sentir el dominio de la mirada de la soberbia sobre ese espacio que también lo sentimos “nuestro” y aunque nos duela el cuello de tanto mirar el aire, la tierra o las nubes, estamos empeñados en hacer de ese momento,  algo  solamente para nosotros,  muy nuestro, muy personal y es el momento que casi esperábamos tanto tiempo para sentarnos a recorrer las hojas del libro amarillento que comenzamos a leer hace varias tardes pero que se quedó olvidado en el estante  donde hay muchos otros textos sin abrir, pero que  “ya tendremos tiempo”, como ahora en el viaje,  para abrir y recorrer con la mirada  eso que nos apasiona y que quedó  marcado con un doblez  en el vértice de la hoja y que, de tanto tiempo transcurrido,  ya pasó a ser parte natural del libro, por lo que hay que  recorrer todas las páginas en un  acción parecida  a ir soltando  las hojas como acordeón y descubrir cual es la que nos señalaba la página en que quedamos, si es que  “de algo” nos acordamos o de “qué se trataba”.

No nos damos el tiempo de mirar para el lado, porque no nos gusta conversar o no queremos terminar con el cuello adolorido para “el otro lado”. Al menos estar del lado de la  ventana, nos permite dormitar en el viaje, acomodarnos con un almohadón hecho con la misma parka o jersey de lana bien doblado a propósito,  y   acomodar  los músculos del cuello suavemente para no terminar acalambrados o con tortícolis, mientras que los pies, ya comienzan a sentir el sufrimiento de estar metidos  abajo, entre medio de esos incómodos fierros y chocando con los bolsos que a veces la gente del lado delantero  pone bajo su asiento, para asegurarse que  tener todo “a mano”, y listo para bajarse del transporte en el más breve tiempo,  aunque éste aun ni siquiera  acelere o encienda sus motores para partir.

Y así somos y caemos, como en los viajes, con las personas que conocemos y que  van con  nosotros en la misma ruta, en el mismo camino, en el mismo sentir, en la misma “parada”; es decir  estamos juntos pero no nos conocemos, vamos para allá mismo,  pero desconocemos hasta sus nombres, nos saludamos todos los domingos en la “Misa” a la distancia, pero  nadie nos dice quién eres, cómo te llamas  o con quien andas, no interesa tampoco conocerte, pues  nuestro tema del viaje es tan personal  y  “nuestro”, que no queremos perder ese precioso tiempo que a veces nos  cambiaría la vida, la personalidad, los sentimientos y  “perder” ese tiempo  nos haría crecer como personas, pues  ya veremos en el otro no a un peregrino o viajero que te acompaña circunstancialmente, sino a quien   quisiéramos conocer, o saber más  o sencillamente  ahondar un poco  en la profundidad de su corazón y darnos cuenta que  a veces tenemos muchas cosas en común que nos unen, más que las que nos separan, y  basta que nos demos cuenta de quien era el otro o la otra para rectificar el rumbo y    ya sin poder volver atrás quedarnos con la amargura de no haber sabido más del otro.

Una tarde, de esas de tertulia de soldados, un viejo  camarada militar, en esos recuerdos  entrañables que florecen siempre a la luz de un vaso de un buen y tibio vino generoso y lleno de recuerdos, me decía que  cuando comenzó su vida militar,  lo hizo como soldado conscripto cumpliendo la Ley del Servicio Militar entonces vigente, y que al llegar a  su hoy “querido” Regimiento, después de pasar los primeros tres duros meses de acondicionamiento  físico e intelectual, como combatiente básico, le tocó entonces trabajar, en la distribución de los soldados que ayudarían a tareas menores en  algunas oficinas  específicas,  y que a él lo habían seleccionado para trabajar de ayudante  en la Sastrería, quedando muy agradado de no tener que andar madrugando para  preparar los desayunos, o lavando los fondos inmensos con restos de comida en el Rancho de la tropa , o tener que estar interminables horas  apostado en los puestos claves de la Guardia del cuartel, sometido a las inclemencias del clima, el sueño,  cansancio y sometido al control  frecuente de oficiales y suboficiales de guardia,   para no ser sorprendido tratando de  escapar a la responsabilidad y no tener que caer exhausto en algún rincón dormido de cansancio. Lo que me contaba mi amigo,  es que  eso para él fue un regalo: Trabajar en la sastrería con un  viejo suboficial, casi un padre para él, y recibir las orientaciones de un buen amigo sin escatimar esfuerzos en sus consejos para hablarle de la “vida”, y tener la dicha de “perder tiempo” en  conversar largas horas y trabajar juntos en la entrega  y costura de los duros parches y  grados militares que a más de alguno les significó en sus hogares, un pinchazo de aguja en los dedos,  pero que en la tertulia del trabajo, entre telas plomas y  tijeras y el “traqueteo” de la máquina mecánica de coser, a la que había que a veces cambiarle la correa, fue creciendo en su  madurez de soldado y aprendiendo tanto de su viejo suboficial, con quien entonces cultivó más que una jerarquía,  propia de un lugar donde la disciplina hace que los hombres se establezcan en un lugar donde les corresponda sin sobrepasar ni para arriba ni para abajo, cada cual haciendo lo que le corresponde y “bien,”  y mantenerse en la línea del humilde servicio, lo cual significó para él toda una enseñanza de vida,  y fue muy doloroso vivir el tiempo en que su querido maestro Sastre, el “viejo” suboficial, debió irse a retiro por tiempo cumplido y dejarlo solo a cargo  de algunas tareas menores, mientras se presentaba algún otro postulante de mayor conocimiento y experiencia, (muy escaso por lo demás),  a cumplir ese puesto disponible de sastre del regimiento.

Todo lo aprendido le sirvió para la vida;  no hubo tarde en que no recordó a su viejo instructor y soldado de ayer, y fue tanto el entusiasmo adquirido por la vida militar que entonces abrazó la misma vocación y el mismo amor al uniforme, que tantas veces ayudó a “costurear” o a aplanchar, que pronto entonces estuvo con sus papeles y documentos  de postulación de “voluntario” a los cuadros de personal permanente  y  después de una exhaustiva preparación física e intelectual, someterse a los exámenes de rigor y finalmente, ser aceptado como le había aconsejado tanto el ”viejo”,  y formar parte en ese entonces de los cabos alumnos del antiguo cuartel de la Escuela de Artillería en Linares, lugar entonces al que  llegó con la experiencia de soldado y con todas las enseñanzas que alguna tarde captó como esponja absorbente de su viejo amigo que ya nunca más vio ni supo de él.

Pero las noticias, (sobre todo las malas),  siempre vuelan, y aunque para mi amigo ya habían pasado más de 35 años de ese inicio,  con su vida hecha y habiendo cumplido su período también de vida útil en la institución y haber alcanzado la máxima graduación que un  joven Cabo aspira desde muy joven, como lo es llegar a Suboficial Mayor, mi apreciado  camarada me contó la tristeza que le invadía en esos días, y que se referían a que se había enterado que el viejo soldado que tanto quiso y del que recibió tantos consejos de amigo y padre,  había fallecido y que  curiosamente residía en su misma ciudad y que estaba a no más de diez o quince minutos para ir alguna tarde a saludarlo, lo cual nunca hizo.

Y allí viene ese mensaje profundo del sentirse arrepentido por haber tenido tantos espacios disponibles, pero que fueron dedicados a las tareas de su trabajo y situaciones propias de familia, y trabajar con tanto esfuerzo en sus obligaciones, que no se dio el tiempo necesario, que no quiso ahondar más en la vida del otro y  se quedó solo con el recuerdo, y quizás si hubiera visto un momento a su viejo amigo, en esta hora de su partida, habría enfrentado ese instante, con muchas paz, mucha tranquilidad y también con una  cuota de legitimas emoción.

“NO” hubo tiempo….Nunca hay tiempo…Se nos acaba el tiempo.

Se nos va entonces la vida, no hay mucho tiempo para el hogar, la familia, ni siquiera  para la paz y la tranquilidad, ni siquiera para el estudio, pues no estamos nunca dispuestos  a perder esas horas inútilmente,  tratando de conocer a quienes nos rodean o con quienes tratamos y compartimos y ¡vaya que nos cambiaría la vida! si supiéramos qué  es lo que hace el “vecino”, qué parentesco  hay,  que esté quizás cercano a nosotros y nuestras puertas y corazones no estarían cerrados con la “tranca” del candado de la indiferencia y podríamos entonces saber más de los otros y querer más a los otros, y hasta cambiaríamos el barrio, el trabajo, la Escuela, la Iglesia,  la Comunidad y hasta  el tema que nos afecta a todos: la familia, porque “familia” es la palabra que más nos retrata cuando queremos sentirnos unidos  y hasta protegidos por alguien, pero que en la práctica, salvo honorosas excepciones,  a veces es la misma familia la que más soledad despliega, muchas veces se pierde el contacto, y entonces las circunstancias, hacen que en los momentos más importantes y en la mayor necesidad , es la misma familia la que te regala la peor indiferencia con su olvido.

Hace más de treinta años, también  comencé mi vida militar, en un Regimiento al que llevo en lo más profundo de mi corazón mi “Escuela y Templo del Saber” como lo fue y es el histórico y Glorioso Regimiento de Infantería N° 7 “Esmeralda”, cautivado en mis años de juventud por la lectura de los textos de la historia y por las novelas de Inostrosa como fue el “Adiós al Séptimo de Línea” y, en  tal sentido,  después de cumplir con mi servicio militar y ser  despachado a la reserva, surgió entonces esa necesidad interior de amor al uniforme y al trabajo militar y nació en mi eso que se llama “vocación” y que no solo se siente con el servicio a la patria, pues la vocación es un llamado interior que todos vivimos y cada cual lo canaliza en lo que más le hace feliz.

Allí conocí, en mis primeros años de joven Cabo 2do, inepto, ignorante, inútil y artesano aprendiz, a varios “viejos” y “cuadrados” Suboficiales, y entre ellos, al llegar a servir a la Comandancia del Regimiento, al querido y recordado “Picarón” López, (proveniente de otra Unidad de Infantería como lo fue el Regimiento de Infantería N° 15 “Calama”). Llegaba siempre en las mañanas lleno de optimismo. Por cierto era muy serio como buen Suboficial Infante,  pero con la  talla a flor de labios, casi siempre con un paquete oculto entre sus manos,  con algún delicioso queque con manjar, que compartía generosamente  desde el Comandante del Regimiento, hasta el último soldado  que trabajábamos cercano a  él,  y no había nadie en ese Segundo Piso”  de la Comandancia del “Esmeralda”, que no disfrutara alguna mañana de un dulce al paladar en medio de las amarguras de las tareas diarias.

A veces llegaba cantando, y lo hacía con una hermosa voz. Tenía esa voz recia de cantante y de tono grave, nos hablaba fuerte como  soldado y nos hacía tiritar las piernas al correr cuando nos llamaba, aunque a veces fuera solo para brindarnos un saludo cariñoso o saber de cómo nos encontrábamos. Era naturalmente muy paternal.

Lo recordamos también con su gran figura  de soldado, alto, fornido, enérgico, lleno de vida, y con libreta en mano tomando apuntes y notas,  pues se desempeñó también como Ayudante del Comandante, puesto y honor que  no muchas personas tienen y que él manejó con sabiduría, humildad y grandeza de corazón.

Después de mucho tiempo de compartir las tareas propias de soldados,  y conocer juntos el rigor de ser militares, de infantería por supuesto y  saber de las fortalezas y debilidades, o ser mutuamente comprensivos cuando nos sentimos  mal por una llamada de atención,  nuestro viejo camarada, al que apodábamos con el cariño y respeto tan propio de hombres de armas como el “Picarón” López, le tocó ese tiempo que nunca queremos que llegue, el tener que irnos por tiempo cumplido, a continuar con nuestros sueños y esperanzas en la vida civil. Lo admirábamos por su temple, y porte o  “postura”  militar, y su recio espíritu de buen soldado de infantería.

Lo tuvimos cercano también, en las reuniones propias de Suboficiales en Retiro, cuando teníamos los actos de celebración del Día del Arma de Infantería y   entonces compartíamos el mismo “rancho” de soldado, sencillo y sin mayores lujos, pero con la conversa agradable y esa necesidad de “perder el tiempo” en seguir conociéndonos, y continuar su siempre permanente labor educativa, hablando de la experiencia de su propia vida. En eso tuve la suerte personal de hablar mucho con grandes soldados como éste, que no pasaron inadvertidos por nuestra vida y que nos enseñaron el arte de la vida,  el arte de obeceder y también en el futuro, el de “mandar”. Fue siempre un ejemplo  de entrega, decisión , vocación y espíritu de sacrificio. Dulce pero estricto,  amable pero exigente,  caballero pero veraz en las irregularidades.

Fue un gran soldado y un buen consejero y amigo.

Quizás el mayor defecto y propio de la vocación: Dedicarse como todos los militares de vocación enteramente al trabajo, agotador y esclavizante, sólo atribuible al sentido de comprensión que nos da el tener que responder por una familia, que siempre va en silencio al lado del soldado, pero que nunca llevamos al ámbito del trabajo, pues nuestra mayor motivación y entrega está en ellos, nuestras esposas, e hijos a quienes criamos y educamos con cariño y a cuenta  de nuestros mutuos sacrificio  en el que no está ausente el espíritu de la gran esposa del soldado.

En esos tiempos ser militar era de verdad, toda una odisea,  siempre admiraré esa entrega y generosidad de esos viejos  “Robles” que nos guiaron en nuestra vida militar.

Había que estar siempre disponibles  en esos interminables turnos o jornadas que hoy llaman de 7 x 24, con la diferencia que  esos trabajos extraordinarios no tenían ni una regalía ni menos  un incentivo de orden económico todo lo contrarios, todo era por “amor al servicio” y   en esa jornadas largas e interminables, de muchas  noches y semanas ausentes dejando a nuestras esposas a cargo de los hijos, porque la obligación era mucho más importante como parte del deber,  y había que estar siempre dispuestos a todo lo que fuera entregar, sin saber  las condiciones ni menos el resultado de alguna dificultad que pudiéramos enfrentar. Siete por veinticuatro todo el año y toda la vida.

El querido amigo, SUBOFICIAL MAYOR CARLOS ENRIQUE LOPEZ MORALES, lo vi y tuve el gusto de saludarle varias veces, con su hermosa esposa, Fresia Ahumada.  en sus paseos por la ciudad o ya inserto en la vida civil.

“Chechita”,  una dama que  en esos tiempos de servicio  interminables, también se daba el tiempo de dedicar, dejando de lado su  justo   descanso y tiempo a su familia,  para ayudar al prójimo en las funciones del “Voluntariado Femenino”,  especialmente algunos días específicos de la semana,  compartiendo  tardes completas con sus inseparables amigas y “comadres”  de ese entonces, (me recuerdo de la esposa del SOM. Méndez, que también venía del Calama y con quien me unen grandes lazos de amistad especialmente con su hija Adela  y su yerno Joaquín), en  sus visitas a soldados enfermos, los que muchas veces estaban en situación precaria, alejados de sus familia y estas nobles señoras llamadas en ese tiempo las “Damas de Gris”, (de la cual Fresia  fue también “Socia Fundadora”,), concurrían todas las semanas a brindar apoyo   al contingente, muchas veces dotándolos de  elementos necesarios para su aseo personal, y repartiendo   golosinas e implementos,  y hasta ropa cómoda para cambiarse en las enfermerías regimentarias que a veces adolecían de muchos insumos, pero que ellas lo procuraban muchas veces de su propio esfuerzo económico y  solamente con ese único afán natural de amar y de servir y compartir la tarea vocacional de sus propios esposos.

Las  “Damas de Gris” marcaron una bella época de entrega  y sacrificio a los soldados del Regimiento y yo puedo decir con mucho orgullo que fui testigo de su trabajo anónimo, servicial y lleno de vocación, que muchas veces obligó también a ellas, mismas organizar sus hogares y   programar sus horarios para cumplir todas estas tareas “extras”,   de madres y esposas, con gran desprendimiento de sus tiempos y  que hablan mucho de la nobleza de sus almas.

Cuando supe esa tarde del accidente de “mi” SOM.  López, concurrí a la clínica a visitarlo. Me siento agradecido de Dios que no quedé con mi inquietud en el alma de no haber podido ir a saludarlo, como le pasó a mi amigo señalado más arriba.  Lo vi en su lecho de enfermo, (siempre sonriente), animado y optimista, lleno de una increíble vitalidad, pero profundamente golpeado y con los moretones visibles de una involuntaria caída accidental.

Fue la última vez que lo vi, y nos despedimos como era siempre su costumbre: alegre, optimista lleno de historias y  un ser grande, tan noble, tan sencillo, tan buen esposo y también padre, pero sobre todo un extraordinario y orgulloso soldado de Infantería del Glorioso Ejército de Chile.

No tuve tiempo de conocer en ese tiempo a sus hijos, pero estaban siempre en sus preocupaciones y conversas diarias. Sé que habrá pasado, como yo también lo pasé en años posteriores, en esas soledades y preocupaciones económicas, esas dificultades que tenemos todos los sodados y que solamente nosotros conocemos, porque  hay que “haber estado allí” para conocer la realidad dolorosa que debemos vivir, y más  en esos tiempos   en que servir al ejército  no tenía ninguna garantía, ni menos alguna aspiración económica,  material o de cualquier tipo. Nuestro mundo, y más el de nuestros viejos soldados de ayer, era solamente trabajar y cumplir el reglamento militar que decía claramente que: “El militar se declarará conforme con su sueldo”…Si lo recibía, bien. Y si no había “Haberes”, también, puesto que muchas veces en las boletas de descuentos anexadas a la colilla principal, se adjuntaban una serie de notas de descuentos, principalmente porque a veces, había que abastecerse de mercaderías al “crédito”, como en la pulperías pampinas, pero que se hacían por intermedio de los “Casinos Militares” donde algunas tardes que no podías ir a tu casa por actividades del servicio, debías comer, o pasar largas horas,  “arranchándote” en las dependencias militares, pero que nunca, nunca fueron comida  gratis;  Todo, pero todo se pagaba, no había pan gratis, ni comida gratis, ni tiempo gratis. Por eso que a veces los Haberes económicos se reducían al extremo, porque de alguna forma el casino militar, te salvaba de la emergencia de no terminar el mes, pero que se devolvía todo su favor en las cuentas del próximo mes, lo que hacía muchas veces una cadena con mucho tiempo para recuperarse y dejar de vivir al “Vale”. (Crédito).

 

Y así es esta historia simple que quería compartir.

Hace algunos días, conocí a Evelyn López, y que después de muchas casualidades, descubrí que era hija de nuestro “Picarón” López.

Le compartí esta historia, puesto que  cruzamos muchas veces nuestros pasos y camino, y nunca nos dijimos ni una palabra, por aquello que decía anteriormente que no nos damos tiempo de conocernos, pues cada cual vive en su propia burbuja.

Y entonces, nos hemos encontrado en actividades religiosas, hermanados y unidos por el Amor a María, y la vida del Santuario; las oraciones, la amistad, el canto,  la necesidad de crecer cada día,  y conmueve o  quizás sorprende, que estando tan cerca de las personas, a veces estamos tan lejos.

Su padre, fue un amigo común. Para mí un excelente y gran soldado, y para ella un padre ejemplar, y conservo el recuerdo grato inolvidable de su prestancia y caballerosidad, pero también su rectitud, honorabilidad y seriedad de la cual quizás yo también heredé como formación al trabajar ocasionalmente juntos, por lo que  a veces sigo siendo, en muchas circunstancias de la vida, más militar que civil, pero no por eso mala persona.

Y así es la vida.

Algunas veces es bueno detenerse y conversar, hasta “perder ese tiempo”, es bueno, para saber del otro,  y así entonces descubrimos cosas comunes que nos unen y no  frágiles y poco importantes diferencias que nos separan.

Es el arte de vivir feliz hoy y sembrar para cosechar frutos para el mañana.

 




Nota:

 Estimada Sra. Evelyn López: Me atreví  a escribir esta nota en recuerdo de su padre, la tenía guardada hace varias semanas . La comparto hoy, pues el mañana es incierto. Nunca se sabe el "día ni la hora". Un abrazo fraterno.

 

Hoy habrá una “Pichanga” en el cielo….

  Hoy habrá una “Pichanga” en el cielo….               Una de “esas” noticias de las que no nos gusta enterarnos y que marcan de inmediato...