Grandes profesores y profesoras de la Escuela Consolidada de María Elena. Saludos al cielo para Aurelia Soto, Lucila Pozo y todos los que ya están en los brazos de Dios.
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La máquina se detiene y su motor principal deja
de funcionar, y ya no tiene vuelta ni remedio. Es la vida que se acaba así, en
un segundo, en el más breve de los
instantes, en esa hora que jamás queremos “vivir”, pero que es un alto para la agitada vida que nos ha tocado
vivir, y el inicio del camino a la paz más
profunda que tiene la existencia humana, ese descanso que llamamos la
eternidad, y que ya no podremos superar, pues se nos acaban las sonrisas, las preocupaciones, las tristezas y todos los
proyectos de vida y aquello que nos consumía el día, sencillamente se acaba
y en un segundo, casi sin darnos ni
cuenta, ya no podremos seguir en este camino, porque el día y la hora, solo
Dios lo sabe, y nos sorprende en el momento menos pensado.
Hablamos con nostalgias y tristezas
contenidas en la partida de los amigos.
Recordamos a los que se fueron antes, los que se preparan en medio de sus enfermedades y nos parece que nunca nos
iremos, sobre todo cuando amamos la vida y no queremos nunca enfrentar esos
momentos, aun cuando aquello nos signifique reunirnos con nuestros seres
amados, en ese cielo prometido para los
creyentes en que veremos el rostro de Dios, y estamos inquietos, pues nunca
estamos preparados para esa partida que no nos gusta pero que es irremediable,
y cuánto tristeza produce el tener que
irnos, y dejar este paraíso llamado
vida, que a pesar de ser muchas veces
ese “valle de lágrimas” que imploramos en La Salve a María en nuestras humildes
oraciones, nos ha regalado amigos
excepcionales, familia, nietos y tanto sabor a la existencia, que no terminamos jamás de gustar de ese encanto por el día a día, sean
malos o buenos y que nos permiten la búsqueda incesante de los recursos
del trabajo para la supervivencia, matizada con el compartir con quienes han
resultado ser los amigos de toda la vida.
Y así enfrentamos hoy la partida de uno de los
nuestros, el que estaba siempre
dispuesto y presto a cooperar, de gran
generosidad y con una predisposición y alegría permanente, que
lo hacen ser el amigo inolvidable de tantos y que está en este minuto metido en nuestras almas y conciencia, pues
así de drástica es la vida, y nos cuesta tanto
entenderla y no logramos doblegarnos al
destino porque no queremos dejar eso que tanto amamos el universo de personas
que nos quieren y nos aman, nos respetan
y esos son aquellos con quienes hemos
caminado a través de la vida de estudiantes, de trabajadores y con quienes
hemos fomentado el compañerismo y la
amistad por ese casi medio siglo de tiempo y que nos hacen ser eternamente amigos e
inmortales.
Hace algunos días, despedíamos a
Arturo Basadre, el amigo , compañero y estudiante de nuestros días de
juventud, un hombre catalogado por todos
como un líder natural y servicial, con
una hermosa familia con la cual logró descubrir la mayor felicidad, junto a sus
nietos, esposa e hijas.
AllÍ estuvimos compartiendo la Santa
Misa de exequias y rezamos con la fe propia de quienes vivimos
esperanzados en una vida eterna después
de este paso por la vida, para que sea
recibido en los brazos alados de los ángeles que le llevan a la presencia del
Señor.
Y en este lunes 19 de Mayor, siendo
las 18 hrs. se produce ese fulminante malestar que detiene el compás
del corazón, y sin más ni menos, el alma
comienza a trascender y a iniciar el camino
al inicio de esta nueva y desconocida etapa, que no entendemos pero que
es parte de nuestra vida.
No nacemos libres de esa fecha final de la partida, la traemos impregnada en nuestro ser,
y ese día y esa hora, no la conocemos,
solo los que creemos en Dos sabemos que
ese día y esa hora está inscrita en el
libro personal de cada vida,
Nos
sentimos tristes, después de haber reído en nuestro último encuentro
como ex alumnos en esa inolvidable velada “estudiantil”, con gritos y recuerdos.
Estas partidas inesperadas son
tristes en esencia, y afloran a la mente todas esas cosas que juntos
compartimos: la sonrisa, la broma, la alegría, el brindis con el que se sellan los
buenos momentos de la amistad fiel y pura que nos hermana en todo lo que hacemos, el recuerdo de la
labor profesional, ejercida con tanto
interés y entusiasmo, el espíritu de
servicio en los momentos en que alguno necesitó
algún consejo o servicio propio
de su profesión, y estuvo allí presente
sin condición. La sinceridad de sus palabras, y la siempre eterna sonrisa que nos deja para el buen recuerdo de todos los días que
nos puedan quedar, antes de un nuevo reencuentro en esos espacios siderales y
cósmicos que llamamos cielo.
Así te recordamos Jorge Escobar, el “Yuyo”, que nos alegraba esas mañanas de estudiantes
con tus bromas y tu espigada figura y tus cuadernos con que anotabas todo lo que que fuera de interés en esas inolvidables clases. Supimos de tu humor,
de tu espíritu amistoso y eso no quedará en esos involuntarios olvidos.
Rezamos con fe por este paso los que
somos creyentes, y los que no lo son te
abrazan también en esta hora en que
nunca pensamos que fuera tan inmediata, aunque sabíamos de tus debilidades de salud, pero que jamás impidieron ser una gran persona,
trabajador, alegre, y lleno de proyectos
para hacer de tu profesión y vida un constante
servicio a los demás, sea inicialmente en tus labores de maestro educador, o
trabajador incansable de los proyectos propios de tu profesión.
Que
sea el abrazo sincero, o el brindis cariñoso que compartimos
en tantas ocasiones, el mejor homenaje para tu hora de partida. Estaremos
allí, Dios mediante acompañándote, pero también para agradecerte por todo lo
que significó para nosotros tu paso por esta
vida, que cada día que trascurre se aproxima irremediablemente el ciclo final
de cada cual y esperamos alguna tarde reunirnos en ese lugar que creemos y soñamos
para estrecharnos nuevamente que nos unirá para esa eterna vida que nos espera.
Descansa en paz amigo.
Tus amigos y compañeros de ayer ,
hoy y siempre.
LA ESCUELA “PAGÁ”
Nuestras abuelitas de la pampa, que ya habían criado y educado a sus
hijos(as), se entretenían en las tardes
calurosas típicas de la pampa salitrera, a ayudar en la economía del hogar.
La mayoría se dedicaban a hacer roscas, queques, pan
amasado y brazos de reina con manjar de tarros de leche condensada
cocinados en un tambor con agua en sólo “dos”
horas de intenso hervor pues más allá de ese tiempo, se corría el riesgo de una
explosión de los tarros que se sometían a
esa ebullición constante de no más de dos hora que le daban ese color rojizo a
la leche blanca azucarada y que llamábamos hasta hoy, manjar.
En la pequeña cocina de la calle Acevedo de nuestra
casita pequeña donde vivimos el mejor
palacio de los sueños, con subidas furtivas y ocultas a los tejados, con juegos de “chaya” en los veranos con mangueras,
tarros y baldes de agua, y con las sopaipillas
eternas del invierno cocinadas en la cocina a leña del patio, aprendimos esa dura lección del cocimiento del manjar, pues mi
amada madre, que jugaba como niña con nosotros a los “Partidos peleados”
con balón de goma en la calle, dejó esa tarde confiada, sus tarros de manjar,
con los que nos regalaba esos brazos de
reina esponjosos y que disfrutábamos en
esas onces interminables de la cinco de la tarde, con la rica taza de té pampino, y la conversa e historias de vida que nos alegraban la tarde
y el alma.
De modo que,
para no alejarme del tema, una tarde jugando mi madre en la calle con
nosotros, sentimos la inmensa explosión
en la cocina y ella corrió desesperada, con quizás que remordimiento de conciencia,
a apreciar en vivo y en directo un espectáculo dantesco de betunes de manjar chorreando
por las paredes, pegado en los techos, cubriendo todos los rincones de la cocina.
Nadie puede imaginarse, si no lo ha
visto, cuánto manjar se desparrama cuando explosa el manjar en la olla grande, para
dejar todo mojado, todo embetunado y todas
las paredes quemadas y chorreando esa
crema dulce que ya resulta imposible rescatar por haberse repartido sin timidez
ni prejuicios en los rincones más imposibles de esa cocina. No había lugar donde
no hubiera quedado la huella del manjar, y eso lo vivimos en más de una
ocasión, por ser mi mamá distraída y quedarse a jugar con nosotros en la calle.
De modo que cercanos a nuestra casa, por el número 93, vivía
la abuela “Antuca”. Una de esas viejitas de cuentos de hadas, que tenía un delicado
y muy bien cuidado moño, bien afirmado al centro de su cabeza blanca de canas,
con esos lentes ópticos tradicionales de antaño que se afirmaban con una cadenita para no caerse y
quebrarse, pues eran enteros de vidrio y cristales puros y muy frágiles.
Ya estábamos próximos a entrar a las
clases al Primer Año Básico, y doña Rosa
Banda, mi madre, siempre atarantada y
queriendo adelantarse a los tiempos, habló con la abuelita Antuca, y con un contrato de amistad que consideraba un
pequeño pago de ayuda, para justificar los de “Escuela Pagá”, y también ella entregando lo mejor de su
tiempo y descanso por sus servicios y el correspondiente alivio de mi madre de
no tener que estar mirando al crío toda la tarde, llegaron a un acuerdo entre ellas, y con eso podía dedicarse libremente y sin preocupaciones a sus manjares que cocinaba seguidamente
pues con el tiempo aprendió a hacer esos
dulces, que se llamaban alfajores, o “dulces chilenos” y entonces también los vendía a los
trabajadores que pasaban por el barrio camino de la estación a sus hogares, y
que a pesar de mi padre haberle puesto una vitrina de vidrio y de madera
confeccionada en la carpintería, los
ricos alfajores, los ricos brazos de reina, los “cachitos” con manjar y esos embelecos, desaparecían por arte de
magia de ese lugar de exhibición, siendo
nosotros, los mejores clientes, y como
ella era puro corazón, nos permitía esas
licencias de niños malcriados y su
esfuerzo por ayudar a la economía resultaba siempre un fracaso, siempre
quedaba al debe, y en eso, nunca pudimos prosperar con la idea de tener negocio,
pues nos comíamos el dulce, el esfuerzo,
la inversión y la ganancia y como guinda
de la torta había que periódicamente
estar haciendo arreglos de pintura de paredes, donde quedaban las huellas
marcadas en las explosiones de los tarros de manjar en la cocina dejando esas marcas imborrables en las paredes, cubiertas
de latón grueso, con que de una u otra
forma nos asegurábamos de que no se produjera
algún incendio.
Así que aparte del tema de los dulces, la “escuela pagá”, era importante para nosotros, al menos para mí,
que concurría con mis pantalones cortos, mi cuaderno de hojas verdes y mi
lápiz con una goma atada con una pita, y
lo que nunca deje de amar y apreciar, mi
primer libro para aprender a leer: EL OJO, con que la abuela Antuca del vecindario, nos enseñaba en sus
amenas clases, a balbucear las primeras
palabras con su libro.
No recuerdo si aprendí a leer bien
de inmediato. Las clases ya estaban por comenzar en la Escuela. Así que esas
semanas, sin duda que me sirvieron para tomar ese ritmo de estudios, ya que también
la escuela funcionaba en las tardes y ya
apenas tocaban el pito de la una y cuarto, peinados con linaza o limón, y los zapatos bien
lustrados, las uñas cortas y el pañuelo blanco en el bolsillo derecho, me encaminaba por la calle Latorre para
llegar siempre a una hora prudente a mis primeras clases en mi amada Escuela.
Tengo recuerdos claros de mi primer
día de clases, en una sala grande, la
Sala "Estados Unidos", allí nos juntaron a todos los pequeños y nos hicieron una prueba
de diagnóstico, la que consistía en
marcar palitos en los renglones de un cuadernos que nos fuera regalado y
que conforme a resultados nos conformaban en los cursos respectivos.
Quizás por eso quedé entre los del “C”
que al parecer éramos los más “porros”,
pues los A y los B eran casi de privilegio…. En fin el C fue casi siempre
mi curso
salvo cuando pasé a 7mo y luego a 8 en el que al fin, caímos a un curso
A…(En la básica los del A, eran siempre los “distinguidos”, los de familias “patricias”,
los más estudiosos y mateos y siempre andaban mejores vestidos que nosotros los
del C jajaja. Al menos así lo percibía en mi ignorancia de muchacho aprendiz.
Después de aprender a leer
definitivamente con la Profesora Mercedes
Sandivari, la “Mechana”, que era una
maestra de gran dulzura y preocupada de nosotros, mi madre nos regaló con mi
hermana nuestro Primer Libro: CORAZÓN de Edmundo de Amicis….}
Aun siento correr mis lágrimas
saladas, las primeras que surgieron en forma natural de niño emocionado en la lectura, (las "otras" lágrimas, eran por los tirones de la chuletas y no tenían ningún vínculo con la emoción, al contrario, era amigas del dolor) en esas
noches cuando con mi hermana leíamos el cuento “DE LOS APENINOS A LOS ANDES”,
y mi mamá nos daba agua con azúcar para
calmar las penas. No teníamos televisión por que no aun no existía y radio había solo
una en la “Sala” (living) y la escuchaba mi padre cuando llegaba del
trabajo sentándose al lado del dial y girando
esa perilla para oír algunas radios internacionales que llegaban con mucha dificultad en sus ondas a casi todas nuestras casas. Habían sistemas de
antenas de todo tipo, y mi papá amarraba la salida de la antena de la radio al
cable que subía al techo de la vivienda,
tratando de oír alguna emisora que casi siempre resultaba ser boliviana, y muchas veces
alguna extranjera en altas horas de la madrugada. Claro que desde las 6 de la tarde,
al ritmo de la marcha alemana “KAMARADE”
o algo parecido, se iniciaban las
transmisiones de la radio Coya, y esa sí
que era la fiesta de la familia. Todos oyendo música, mientras tratábamos de
hacer las tareas, las cuales muchas veces me
costó un coscacho de parte de mi padre por ser tan re tonto para aprender las divisiones. Las “chuletas” del pelo al lado de la oreja, las
subía con tal destreza e intensidad que parece que estaban conectadas a los “lagrimales”,
pues cuando me decía: ¿Cuántas veces cabe el 2 en el 4…? Yo contestaba “8”- ¡¡Pero PIENSA!!. Y yo
titubeaba preso del pánico para no recibir el castigo doloroso de las “chuletas”,
que era inevitable. Sentir las tiradas
de chuletas y de inmediato abrirse los
canales lagrimales, mientras miraba borrosamente la ventana por donde jugaban,
felices e indiferentes mis amigos del barrio….
Debe ser de allí que fui tan torpe para aprender a leer, a sumar a
restar, pero que en el camino de a poco lo fui superando, manteniendo siempre
el temor a que me llegara mi “coscacho” correctivo.
Hay tantas cosas que contar y decir.
Solamente esta tarde de otoño recordar
a la Maestra, la abuela “Antuca” que me enseño a leer con el “OJO,” y después a la “Mechana” con su libro LEA,
que fueron los primeros libros con los
cuales aprendimos a identificar el OJO y la LUNA, (“Lalo loa a la Luna”) en esos inolvidables libros que aprendí, al
menos el Ojo, a conocer en la inolvidable “Escuela Pagá”….
La magia
del té
Sabemos los pampinos, por experiencia y vida, los beneficios que nos otorga esa deliciosa bebida de excelencia, tomada casi siempre en la hora de los ingleses (“Five o clock”) en esas inolvidables tardes de agobiador sol pampino, y con esas hojitas que al ser humedecidas con el agua hirviendo nos iban regalando ese tinte cargado a sabor de la India, y que muchos preferían “colar” para no tragarse esos tallitos u hojitas blandas, pero que otros preferíamos dejar permanecer danzantes y móviles en el fondo de la taza o el tacho de fierro enlozado, y esquivar en cada sorbo su camino hacia la boca, para sacarles el jugo de sabor máximo a la noble bebida que tomaron por siglos las generaciones antiguas de otras culturas, pero que nos deleitaron en el más maravilloso momento de esas tardes de tertulia familiar de nuestra vidas.
Una tacita de té , pero “de tetera”, con
una pizca de canela o una aromática hierba “Luisa”, o el
otro mágico “cedrón”, hacen que se haga
“agua la boca”, de solo pensar en esos sabores que deleitarán la lengua y el
paladar, y que irán entibiando las vías interiores del cuerpo, dándonos ese encanto que los pampinos tuvimos el gusto de vivir,
conocer y disfrutar. Por allí en alguna página de recuerdos escribí algo sobre el “Té pampino”, lo dejaré
al final por si desean recordar esas reuniones familiares de la tarde, pero que
hoy, en el grato encuentro de los inolvidables amigos de siempre, nos han
permitido sacar a relucir desde los recónditos recuerdos, la caja de madera terciada de 1 mt x 1 mt, forrada al
interior con papel plateado (aluminio),
en el que se importaba directo
desde la India (TE CEYLAN), ese delicioso té, que era almacenado en bolsitas blancas de papel de 1/4, 1 /2 y
hasta de 1 kilo y que se vendían en un
sector en el rincón de la pulpería de María Elena, en un espacio con olor a hierbas y a alimento para pollos y
aves de corral y que atendía el Sr. Jiménez, un joven trabajador
muy servicial, de rostro “seriote”, pero efectivamente amable, y que después de
pesar en las balanzas, cuando la compra era a “granel”, lo envolvía con destreza de maestro y dando
vueltas, sin perder un gramo, formando
un bolsón o cambucho de dos orejas resistentes que obligadamente depositábamos en las bolsas de
las compras. Había también sobres de papel que, una vez completado el peso,
acorde al tamaño, se sellaban con un
papel engomado de una máquina ingeniosa que al girar una palanquita se
humedecía el lado de la “goma” con una esponja con agua, con lo cual se sellaban
los envoltorios, asegurando firmemente las granos o las hojas en esos
inolvidables cambuchos, que no
contaminaban.
Al igual que en los millones de años
del té, como la bebida de todos los tiempos y culturas, aun este brebaje nos
regala esa magia que permite ir
sorbiendo su tinta con el agrio
sabor pero invitándonos a conversar, a contar, a rememorar, a vivir lo de ayer
y a entregarnos en esa actividad de la que nadie habla como es
el “hoy” por los tantos tiempos ocupados en otros menesteres y que casi se han
olvidado interponiéndose en nuestras más importantes acciones, como los es el
CONVERSAR…..
Hace tan bien conversar de la vida,
de los sueños, del pasado y el futuro, o lo que de él nos queda.
Conversar de los sufrimientos
superados que nos hicieron personas justas y equilibradas pero que en la suma
de los aspectos dolorosos siempre fueron más
los momentos agradables y los
logros que nos brindó el esfuerzo
de cada cual por la vida fueron nuestro mejor dulce de la existencia.
Conversar, “PERDER EL TIEMPO”, es
batir las “carretillas” en los mecanismos de las mandíbulas de la boca, para
que en ese ejercicio de abrir y cerrar, de respirar y exhalar, y como tarea
"extra" y simultánea de masticar y tragar, vayan aflorando, conectados con la mente
intacta la cual jamás envejece, esas
vivencias personales o de conjunto que tuvimos la dicha de vivir, de palpar, de soñar, y de
hacerlas realidad en nuestras tan pequeñas y casi
imperceptibles vidas, que fueron y que
por más que le buscamos grandeza, son sólo eso: nuestra simple vida, y que siendo parte de nosotros, como un
sello personal, solo entendemos nosotros en el “cada cual”, y eso ha sido
lo mejor que nos ha regalado la
creación, la naturaleza o el Dios que nos permitiera estos “titantos” años de
recorrer tantos senderos distintos, pero
que no se pueden olvidar, y que nos conectan con ese inicio, con la raíz y los
comienzos de nuestras propias experiencias.
Historias de
amores inolvidables que nos hicieron suspirar en las tardes de escuela, encuentros amistosos y fraternos en los
hogares de nuestros padres, oyendo desde el viejo pick up las melodías de la moda, y produciendo esa hermosa sensación de amar en el silencio a
nuestros amores imposibles y que fueron las más
bellas ilusiones; encontrarnos en el
escenario de la cancha de los deportes de las preferencias personales y marcar el único gol del triunfo de la tarde
jugando a escondidas de nuestros padres , y que nos delatara el locutor de la
radio con los resultados deportivos y los autores de los goles, sentir
esas tremendos desafíos de los
aprendizajes en los inicios del conocimiento de la música, instrumentos, notas
que se escribían en las pautas y pentagramas,
recordar a nuestras madres y padres que lo dieron todo por
nosotros, vivir el encuentro individual
de nuestras vidas con nuestras propias familias. Recordar a la dulce Maestra
“Rosita” que nos regaló su juventud, su amor y compromiso en nuestra educación
y muchos haber seguido sus inolvidables pasos,
sentirnos que a pesar de nuestras condiciones del desgaste de la vida
nos sentimos tal cual como ayer, llenos de vida y optimismo que son los regalos de la magia del té, en las
vivencias de estos encuentros de pampinos amantes de nuestra raíces, de
nuestras vidas y de los caminos
recorridos.
Nunca podremos entender por qué la vida pasa tan
rápidamente, quisiéramos tener miles de años para vivir, miles de horas
para disfrutar, bailar, cantar, llorar o
trabajar, miles de minutos para estar con nuestros padres, con nuestros hijos
con nuestras mascotas, con nuestros hermanos, tantas cosas que tenemos que
hacer, tanto “campo que sembrar”, tanto libro que leer, tanto pero tanto de
todo, que no alcanza el tiempo, porque la vida es solamente un suspiro en la
inmensidad y hoy nos quedan esas
sonrisas, entre dientes ausentes que
muestran lo mejor del alma, lo mejor del interior de lo que somos, pues
así es como nos hemos ido consumiendo en la naturaleza de nuestra existencia
pero sin jamás dejar de florecer.
Esa magia del té de amigos, en la mesa de la amistad, en el
camino de los sueños, son los que te regalan
esperanzas.
Ya no hablamos mucho del
mañana, todo el mañana quedó en el ayer de los recuerdos, lo que nos queda
por cumplir quizás aun no sea nuestra mejor realidad pero ya eso está en las
decisiones que el destino y la vida nos quieran
ofrecer en esta senda final.
Hoy es el día para ser felices.
Qué bien hace para el alma
estrecharnos en el cariño sincero, en el afecto, en sentirnos amigos de toda
una vida, desde siempre, amigos del hoy y lo que nos queda de mañana.
¡¡Y todo con una simple y aromática
taza de té!! Bien cargado, con tinta fuerte y amarga, con sabor a canela o en
la mente el recuerdo imborrable del sabor a “cedrón” y la hierba “Luisa” en
esas tardes de paseo por el Rio Loa, cuando en medio de los tábanos
furiosos, nuestros padres nos daban ese
tacho de té y esa simple tostada, llenos de inocencia, sin trancas, sin
envidias, sin “competencia”, pues éramos niños dulces e inocentes, y hoy con
más de “setenta y siempre” a las
espaldas, seguimos siendo los mismos,
con nuestras propia vidas con nuestros propios deseos, con los proyectos personales que nos van regalando días de esperanzas en medio de la sencillez y
humildad de ese té bebido en la tertulia
de la amistad, la invariable e imborrable amistad, que nos permite
expresar nuestra gratitud a Dios, a la
Vida, y a nuestros anhelos de ser siempre mejores.
Gracias amigos, que el tiempo que nos queda sea para estrecharnos
en cada oportunidad para volver a beber ese té
amistoso que nos une hasta la
partida individual que cada cual debe enfrentar con los equipajes del amor y la
gratitud y la amistad de nuestra propias vidas.
La magia del té es la esencia de
lo que somos, fuimos y de lo que hoy con tanto amor vivimos. Que
nunca nos abandone esa magia del té.
https://hojarascadelavida.blogspot.com/2022/02/una-taza-de-te.html
Hoy es un día especial para quienes conformamos este selecto grupo de amigos, ex alumnos todos, del recordado 8vo Año “A” de la Escuela Consolidada “América” de María Elena, y que vivieran juntos esa experiencia de la vida de estudiantes pampinos en esas inolvidables aulas, disfrutando de esos paisajes tan propios de nuestra tierra inerte, pero acogedora; calurosa tal vez, pero llena de esos crepúsculos frescos de las tardes con olor a polvo húmedo sobre los pimientos de la plaza y con esos coloridos y encantadores atardeceres que se pintaban mágicamente y distintos cada día, hacia el lejano horizonte y que nos deleitaban como pinturas llenas de magia y colores nuestra vida de estudiantes que quedaron marcadas en nuestras pupilas con esos colores arrebolados y amarillentos de esas eternas nubes lejanas que nos regalaban sueños y esperanzas.
Y digo día especial porque en la
sana alegría de ser hoy jóvenes adultos del ayer, (como me decía un amigo del
“siglo pasado”), recordamos el cumpleaños de uno de los iconos pampinos, “amigo
de todos” y de toda la vida, y que por su amistad, sencillez y humildad, hemos tenido la dicha de sentirnos acompañados
estos hermosos y eternos años, recordando
de él, su amistad, su natural liderazgo y
esa figura de amigo que no destiñe y que
ya con algunas canas plateadas sobre su sien, no deja de ser el
muchacho en quien nos vimos reflejados
como un ejemplo del ayer, y a quien le
dedicamos estas líneas que quizás pueda leer su familia, en especial su hija,
que se alza recién a la vida y que
quizás no ha tenido el tiempo de conocer ese pasado de su padre, pues la barrera generacional es distinta y que ella conoció en esta etapa como la figura
paternal de su agrado y compañía, pero
que quizás desconozca ese pasado de
amistad que nos unen desde hace tantos años a esta generación que ya se encuentra en el ocaso del otoño de la
vida, y que es necesario rescatar con espíritu de conocimiento y humildad, pues
todos nosotros hemos sido protagonistas importantes de épocas distintas,
pero que en medio de las tecnologías y épocas diferentes
no hay diferencia en el deseo de sentir
en cada tiempo vivido ese sueño de
alcanzar las estrellas, en los ideales personales, en las tareas del día a día
y en ese a veces tan esquivo y lejano
futuro muchas veces incierto que no
sabemos o no sabíamos cómo enfrentar.
De modo que extendiéndome un poco más de lo previsto, junto
con saludar a nombre de todos nosotros a nuestro compañero de curso Cristian
Rojas Ossandón, que hoy 4 de Marzo cumple un nuevo año de vida, queremos
decirle a él que nuestra amistad
invariable al paso de los años, permanece llena de gratos recuerdos, de
muchas anécdotas y de gran reconocimiento a sus virtudes de hombre de bien, y
que nos permiten hoy estrecharle en un
afectuoso saludo y abrazo, y decirle a
quienes son la herencia de su propia vida, que
tienen un padre y esposo ejemplar, que en nuestros tiempos de estudiante
fue un guerrero de mucha fuerza, que vivió esos años de juventud en esa cultura
pampina que solo conocemos los que allí estuvimos, y que fue el amigo de la “pichanga” de fútbol de su
barrio, el escritor y eximio creador de esas notas que ornamentaron esas composiciones amenas con
su cultura y entusiasmo en esos diarios
murales de la época, o que nos deleitó
con sus cantos y música en el acto
escolar de los días lunes de la Escuela,
cuando mirábamos en él al modelo de
joven, y que nos “hacía soñar” con los
versos de esa inolvidable canción que él tan bien entonaba: “Era un muchacho
, que como yo, quería ser Beatle o Rolling Stone,” sintiéndose protagonista
de ese joven rockero norteamericano, que debía
ir a combatir al Vietnam y que solo tenia sueños de paz y esa canción nos llegaba al alma, y nos identificaba plenamente, sin conocer en
mayor detalle su significado u origen, pero que disfrutábamos por su calidad de
interpretación y que marcaron nuestra lejana época de estudiantes.
Personas como él son la esencia de
nuestros tiempos de estudiantes. Siempre
lo he dicho que fue como nuestro líder juvenil, en el sano entendido que
queríamos parecernos un poco a él, porque sentíamos que era libre y que contaba con el aprecio y cariño de sus
amistades, y que sin proponérselo, irradiaba ese espíritu amistoso compartido
en todos los escenarios de esa vida de estudiantes que nos tocó vivir en
nuestra amada pampa salitrera y que perduran hoy como ayer, en nuestros mejores
recuerdos para toda la vida.
Un hombre bueno, de principios
nobles, de espíritu altruista y de sentimiento leal y generoso. No sería justo
no decir que también esforzado y sacrificado, y
que su vida fue también un camino
lleno de alegrías, pero también en algunas circunstancias difícil, pero
que lo llevaron siempre con ese
optimismo tan natural y espontáneo,
a vencer con todas sus
capacidades y sentido de superación cada
etapa, y que fueron para nosotros
siempre, un gran ejemplo a seguir.
Sabemos de su grandeza y humildad, con
una mirada siempre más allá de las circunstancias, de férrea fidelidad y
entereza y con esa altura moral que lo hacen un ser de excepción y que en el tiempo de hoy permanecen en él sus valores que son y serán
su mejor herencia de la vida.
En eso estamos unidos todos, con ese
mismo valor que enfrentamos, algunos con mejores condiciones y oportunidades,
otros con mayores éxitos o dificultades, pero ninguno con debilidad o con temor frente a la vida, todo
lo contrario, superando nuestras propias
debilidades, con lo cual fue posible salir adelante y en eso nuestro amigo Cristian, nos regaló ese optimismo y esa fortaleza que
hoy queremos retribuirle justamente en este inicio de Marzo, en el que veremos seguramente sus anhelos concentrados
en el inicio de las tareas propias de educador, que es también la fuente de inspiración para muchos jóvenes que conocieron de sus virtudes
de maestro educador.
Así que de esta manera, simple, pero con este largo saludo y homenaje, queremos
desearle al amigo pampino, al hermano de la tierra y del polvo del molino, a quien
lleva también en sus torrentes sanguíneos interiores esa fuerza característica del heroico pampino de ayer y siempre, que sea éste un hermoso día junto a su esposa
y en especial a su bella hija, la que sabemos, le ha dado y le seguirá dando muchas
satisfacciones, las cuales son y serán también su herencia, orgullo y satisfacción y con quien seguramente celebrará hoy, este
nueva vuelta del sol, que lo encuentra en un estado de madurez y con las
mejores energías y fuerzas para seguir luchando como ayer, siendo el ejemplo de
su familia y para alegría nuestra sus amigos, el invariable amigo de ayer, hoy y siempre.
Que sea un lindo día, venturoso y
lleno de alegrías y satisfacciones.
Con cariño.
Tus
compañeros de curso
Maestras de la escuela…
Hoy habrá una “Pichanga” en el cielo…. Una de “esas” noticias de las que no nos gusta enterarnos y que marcan de inmediato...