domingo, 12 de julio de 2009

Capítulo IV

Resulta tormentoso vivir en una familia al borde de la crisis, por una inesperada situación de accidente del padre, en una sociedad hasta ese entonces machista, que exige la responsabilidad paternal del hombre frente a la familia, considerando a la mujer, no por incapaz sino por respeto a su naturaleza femenina, asumir tareas fundamentales derivadas de la crianza y apoyo en la educación de sus hijos y a obligaciones de ama de casa. Esto no impedía que la mujer no pudiera participar en la sociedad del trabajo, en tantas diversas tareas que, en ese entonces, ya ofrecía la industria salitrera, aceptándose desde ese tiempo su personal libertad y derechos que la ley otorga hoy a nuestras mujeres. Se comprenderán entonces que en el involuntario cambio de roles de un hogar, los fantasmas agoreros y destructores de la mente, comenzaran a entrelazar sus tejidos e intrigas e infundados temores, especialmente en aquel hombre al cual, el destino le daba un vuelco insospechado para su propia vida. Había que fortalecerse en los hermosos recuerdos de esos años de gran felicidad compartidos junto a Alicia y a sus hijas, al haber estado juntos en todas las situaciones que les había deparado la vida, permitiéndoles construir un hogar donde reinaba la felicidad verdadera. Juntos, conformaban una fuerza indestructible sustentada en un sentido de fidelidad producto del amor, eran una muestra clara de que la familia se construye con esfuerzos compartidos, y que en la construcción de ella, está presente la más importante prioridad de toda unión: Dios.
Por ello que cada noche que Alicia terminaba la jornada, al volver fatigada, deseosa de buscar el descanso y la paz de sus habitaciones, debía sobreponerse a las dificultades, atender a Juan, ordenando detalladamente su humilde casa, lavar las ropas, y perder el más precioso tiempo en lo que mejor sabia hacer: conversar.
En la pensión, se notaba el cambio de los rostros de los asiduos pensionistas que se iban produciendo matemáticamente en el ciclo de los turnos de las faenas. Comenzaban para el huaso, las dos semanas de martirio más largas. No tenía explicación el porqué fue dejando que la red de la sonrisa de Alicia lo atrapara, envolviéndolo en una situación que él mismo no esperaba. En un principio, comprendía que había entre ambos una barrera infranqueable. Comenzaba a sentir las dolorosas ansiedades de las nostalgias, y esas interminables dos semanas de trabajo de “tardero” o en el turno de “nochero”, le causaban tanto dolor, que acumulaba fuegos que se apagaban solamente con los jugos refrescantes del vino.
Por ello que la gente en la faena se extrañaba cuando asumía sus tareas, envuelto en un sopor somnoliento, hasta de desconcentración, que no era su tradicional postura.
Así entonces, florecían irremediables hacia adentro, las espinas de extrañar la presencia de quien en silencio amaba en su corazón, y soñaba, soñaba mitigando de ilusiones la larga espera, para renacer sonriente, en el reencuentro de cada tercera semana.
Claro que se notaba. En ese retorno, era todo diferente. Volvía a ser el huaso alegre, amigo de sus amigos, responsable en sus tareas y se le arreglaba mágicamente el carácter, oprimido de tantas horas de incesante espera. Una de esas tantas noches, cuando la luz de la luna, inundaba los oscuros callejones, en la hora del término del trabajo de la pensión, se ofreció galantemente a acompañar a Alicia. Ya habían entablado algunas charlas amenas y la sonrisa de ella, era siempre una muestra de sana amistad y de aprobado advenimiento.
Caminaron por la calle hacia el galpón de la oficina, lugar donde se instalaban en el día, tiendas, heladería, almacenes menores, zapatería y sastrería. A esa hora de la noche, la gente en sus casas acomodaba los cuerpos para recuperar energías en el descanso, muchos ya dormían. Caminaron como amigos, hablando de la vida, los proyectos y los sueños, se enfrascaron en recordar cada uno, distintos parajes de sus vidas, entregándose mutuamente, el uno a la otra, las muestras de sinceros afectos deseando en parte, no terminar la inolvidable velada.
– Aquí es donde vivo -, señaló al fin Alicia. Agregando de inmediato - Gracias por la agradable compañía-
Se empinó en sus cortas y delgadas piernas, para alcanzar el rostro amigable del huaso, y en el más absoluto sentido social de la amistad, selló con un beso, pequeño, cariñoso, hasta insignificante en medio de su hermosa sonrisa, ese gesto que despertaría, confusos y desordenados sentimientos.
Después de ello, caminó el huaso tambaleante, con una dulce ebriedad de profundas e inexplicables emociones. Muchos pensamientos corrían por su mente, tratando de hacer realidad lo imposible. Miró hacia el cielo la constelación de Orión con sus tres marcadas estrellas pegadas en la comba del cielo, mientras que el cuarto menguante encendía en sus ojos el fulgor de una inexplicable ilusión. Había sentido en su rostro curtido de noches, tardes y madrugadas, la inocencia de un beso húmedo y simple que desde hoy no le dejaría. Tal vez podría él iniciar una conquista, podría él dar nuevas luces a su vida, podría sonreír desde hoy, alegre. Ese beso de amistad, de tan poco significado para Alicia, le conectaba a un mundo distinto, no es que se creyera un cuento diferente, no es que fuera en su alma un inmaduro, era lo que había despertado en él, era el resultado de esas redes suaves como seda que le envolvían. Quiso imaginarse ese momento para guardar eternamente ese recuerdo. Se acostó feliz, preparado para las tareas de mañana, con su mano cubrió su rostro, para no sacar de allí, ni la más mínima molécula del más grande de sus tesoros obtenidos en el día. Algo había, alguna posibilidad tendría, se iniciaba entonces la etapa de un nuevo sueño, con tan pequeño gesto, se sintió confundido y atrapado en esas extrañas redes.

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Carlos Garcia Banda s d r o S n e p t o 4 f u 0 b r 2 2 6 l 5   g 8 5 0 7 7   2 l 2   o a e i e e d 2 6 r f 5 t 4 3 2 g d 8 e 6 f 2 1   g 6 ...